Una forma común de pensamiento débil propugna que las naciones ricas deben aplicar sus recursos financieros a los países en vías de desarrollo en términos de obligación moral. Sin embargo, y de una forma más pragmática, como casi todo el mundo sabe en lo referente al dinero, las únicas obligaciones que se cumplen son aquellas a las que obligan los tribunales; expresado de otra forma, podríamos decir que las Juntas de Accionistas no suelen mostrarse demasiado proclives a la caridad.
Por eso llama la atención que en Accra (Ghana), en el oeste de África, la compañía Cisco Systems ha desarrollado un programa para la formación de 660 técnicos en Internet (pueden obtener más información acerca de este programa en
CNN en español) y las clases se dan de forma completamente gratuita. Esta iniciativa forma parte de un programa de Cisco en el que la firma ha invertido más de 100 millones de dólares en distintos países. En términos de marketing, es lícito decir que la empresa busca un posicionamiento en territorio virgen, pero no es menos cierto que lo que
realmente está llevando a cabo es una función social. De suyo, las Naciones Unidas colaboran en este tipo de programas (véase el
Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo y también
Voluntarios de Naciones Unidas).
Pero llama mucho más la atención que ante programas de esta índole se levanten voces que denuncian la explotación a la que serán sometidos estos técnicos una vez formados. “Explotación” es una expresión que siempre me ha llamado poderosamente la atención; en el contexto al que nos referimos, invoca indudablemente a la apropiación de la fuerza de trabajo por parte del capital, pero no está claro qué panorama se presentaría si no se generase dicha transacción. En realidad, el capital carece de sentido por sí mismo: el objetivo del dinero concierne a lo que ese dinero puede producir. Un capitalista del siglo XXI que pretenda generar el crecimiento de su capital sobre la base de la apropiación de la fuerza de trabajo del prójimo está condenado a la ruina; sería un capitalista estúpido, y además... es poco probable que ni siquiera llegase a ser capitalista algún día.
La riqueza personal o corporativa muestra una intensa dependencia de las riquezas o formas de bienestar correlacionadas. Por supuesto no es lo mismo el concepto de bienestar en Ghana que en Madrid, por ejemplo, donde un individuo puede sentirse enormemente desgraciado si no puede cambiar de automóvil cada año, mientras que en Ghana hay gente que vive con menos de 200 pesetas al día (suponiendo que podamos llamar “vivir” a lo que se puede obtener a cambio de esa suma).
Si finalmente resulta, como parece ser que así es, que la estructura global del planeta se basa en el crecimiento bajo la condición
de lo sostenible, ese crecimiento debe necesariamente aparecer vinculado con el desarrollo de todos los entornos e individuos sin excepciones de ninguna índole. La experiencia china, en particular, la modificación de su Constitución en 1999 mediante tres enmiendas que permitieron el reconocimiento de sectores no estatales, es tal vez el laboratorio mundial donde verificar el funcionamiento de una transición bajo control de un sistema económico, por supuesto, con todas las implicaciones políticas correspondientes. Se recordará que la firma del protocolo de acuerdo con los Estados Unidos relativo a la incorporación de China a la OMC marca un hito sin precedentes en cuanto a la visión política de un país consciente de su potencial humano y que no se deja engañar por los cantos de sirena de su pasado político, el cual, de no haberse mantenido bajo el mencionado control, hubiese invocado la famosa
explotación para impedir todo tipo de crecimiento bajo la excusa de no ceder ante el imperialismo internacional.
Precisamente, ha sido la sabiduría popular china la que ha dado al mundo el famoso proverbio: “si das un pescado a un hombre, lo alimentarás ese día; si le enseñas a pescar, lo alimentarás toda su vida”.
La incorporación de los ciudadanos de los países en vías de desarrollo a los procesos internacionales económicos y de nuevas tecnologías constituye una tarea absolutamente imprescindible y que, lejos de provocar merma en los aterrorizados capitalistas populares de Occidente, acaso pueda determinar la misma supervivencia de éstos. Digamos que el refrán arriba mencionado podría ser ahora: “enseña a pescar a un hombre y los dos os alimentaréis toda la vida”.