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27 de Julio de 2001

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AUTORES Y GéNEROS

Y ¿qué podemos recomendar?

Por Agustín Jiménez

Uno de los signos más extraños de los últimos meses en la Europa editorial es la irrupción de libros dedicados a la nada. O al cero, que es la nada de los números. En los anaqueles de novedades hay un libro precioso de Siebald –Zero–, otro de John D. Barrow –The book of nothing– y un tercero de Robert Kaplan cuyo título lo aclara todo, porque aclara la nada: The nothing that is. El hecho debería hacernos reflexionar. Nietzsche decía que la mentira es condición de la verdad. En la nueva etapa, no hay forma de imaginar un mundo donde no tenga asiento la nada. El libro de Siebald, combativo y, a su manera, lírico, difumina perplejidades tan insistentes como la de decidir si el milenio dio comienzo en el año 2000 o en el 2001. El problema es que, en nuestra cronología –la de Beda el Venerable, por ejemplo– pasamos del año uno antes de Cristo al año uno después de Cristo. A los mayas, que empezaban a contar por cero, nunca se hubieran armado tal lío. Nosotros seguíamos a los griegos de Aristóteles, que desterraron de la realidad todo lo que no era geométrico, a los griegos iluminados del desquiciado de Pitágoras, que hizo ahogar a uno de sus discípulos por revelar al público el secreto engorroso de la existencia del cero. Zero merecería un puesto de bestseller. Sólo autores como Crichton y, naturalmente, Asimov y, genialmente, Arthur Clarke se atreven en la ficción con temas así. Clarke –El hundimiento del Titanic– predijo con varios años de antelación las dificultades que tendrían los ordenadores en el cambio del milenio, el famoso y exagerado virus del 2YK.
A lo que sí se enfrentan muchos autores de hoy es a disquisiciones, a menudo confusísimas, sobre el vaivén del tiempo, una medida mágica de la muerte de los seres que los más vagos, apelando a Einstein, conciben ahora como un simple pasillo reversible de dos direcciones. Terry Pratchet se ha especializado en estos asuntos. Thief of time presenta un esfuerzo definitivo para detener el tiempo y, de paso, su correlato más desagradable, la muerte. Pero ¡ay!, como se le reveló de niño a San Agustín, más fácil es contar las arenas de la playa o las gotas de agua que contiene el mar. Lo que no impide que Pratchet tenga lectores encendidos que —en el estante del fondo— saben dónde encontrar sus libros.

Pratchet –como los autores citados en el primer párrafo– nos recuerda, en todo caso, un dato elemental. Mucha gente que lee para evadirse, en realidad se evade devanando pesadísimos enigmas de la metafísica. Mirad las novedades de la cartelera. Ponen una película metafísica, aunque chistosa, llamada simplemente Evolution. Ponen otra, un remake terrorífico de Tim Burton, El planeta de los simios, que ayuda a recapacitar sobre quiénes somos, por qué mandamos, de qué nos gloriamos, qué pinta el G-8. Uno de los novelistas más bregados en metafísica pop es el abultadísimo Stephen King. No importa que este año, King se descolgara con un librito de preceptiva literaria. Lo que le gusta de verdad es investigar posibilidades ontológicas, magnificar los canguelos que imaginamos en la oscuridad. A dreamcatcher no le falta de nada. Los alienígenas robacuerpos que llegan al bosque –donde, en la época de Caperucita, sólo llegaba el lobo–, el enfermo de Down que les abre la puerta –como el loco abría la puerta a Drácula–, la posibilidad de que hombres con su crisis de mediana edad se conviertan en zombies, refleja, por mucho asco que las páginas resumen, por mucho gore que reclamen sus fans, pequeños detalles cotidianos –miedo, miedo, miedo– que aluden a nuestros destinos desatinados, a nuestros enemigos rampantes. Los enemigos los pone el Diablo, nuestros destinos son de Dios o, hablando en laico, del devenir metafísico. Metafísico King, aunque él no quiera.

Seguramente la filosofía se inventó para discutir qué hacer con la muerte. En las novelas fetén, siempre muere el protagonista. Pocas novelas se entienden sin la muerte. El gran bestseller infantil de este año, Harry Potter y la copa de fuego, introduce la muerte en los juegos de los infantes. Los bestsellers permiten elegir entre muerte gloriosas, muertes ignominiosas, muertes injustas, muertes deseadas, muertes por vicio, muertes por estupidez... El catálogo completo. Examinemos las novedades. Jonathan Kellerman ha publicado Dr. Death para glosar un asunto muy actual: la eutanasia. El Doctor Muerte es el inventor del "Humanitrón", una máquina preparada al efecto. En castigo de haberla patentado, alguien lo ajusticia con la misma. Como quizás saben sus incondicionales, Kellerman es un psicólogo, profesión que resulta útil para encarar el drama de la vida. Kellerman es bastante conocido en su campo , la psicopatología infantil. Otros médicos, menos prominentes en su profesión –Coon– han hecho su agosto con el bestseller. De la mezcla de muerte y espíritu policiaco surgió , después del filón de las novelas médicas, el filón de las novelas anatómicoforenses. El sillón donde reinaba incontestada Patricia Cornwell está siendo solicitado por Kathy Reichs –apuntad el nombre–, que ha popularizado las pesquisas de Temperance Brennan. Tempe, así la llaman sus amigos, investiga cadáveres con menos lujo pero con igual morbo que la Doctora Scarpetta. En los cuatro títulos que ha publicado la Reichs, figura la palabra "muerte". En el último, Viaje fatal, Tempe se ocupa de un accidente de aviación. El cuadro extremo de la escena de este crimen ilustra las diferencias sobre la Cornwell y añade su nombre al gran trío de damas macabras que forman ya ella misma, la Cornwell y, por supuesto, la más clásica: P.D. James.

Para protestar contra la muerte, algunos dan pábulo a los monstruos –pues los monstruos, por carácter, están por encima de las contingencias–, otros se ilusionan con poderes sobrenaturales, otros se empeñan en la lucha social y otros se hacen los graciosillos. Esta temporada hemos leído Hannibal de Thomas Harris y hemos popularizado un poco a Breston Ellis de American Psycho y Glamorama. La lucha social la desarrolla estas semanas Minette Walters, una autora habitualmente dada a argumentos desagradables, que esta vez –The Shape of Snakes– sacrifica durante años el bienestar de su personaje para investigar el asesinato de una negra pobre de su vecindad.

Los poderes sobrenaturales positivos sigue representándolos Noah Gordon. La hija del curandero está disponible en una librería de vuestro barrio. Como estará pronto, me temo, la gracia más reciente de John Irving, La cuarta mano, historia de un periodista de televisión muy guapo al que un león indio se le zampa la mano –antes de zamparse la cara de su última novia– y a quien luego le reponen una tercera y una cuarta, la del título, perteneciente al difunto de una viuda con quien el protagonista se entiende... Allá vosotros. A mí John Irving me carga un poco.

Pero ¿que alguien busca una lectura más sólida, una novela policíaca de las de antes? Sue Grafton ha puesto en librería P de peligro. Sus fans ya lo saben: como ha escrito alguien, Sue Grafton es un Ross Macdonald con estrógenos. Y aquí investiga la desaparición de un médico (véase párrafo anterior). Y, al que lo enardezcan las muertes gloriosas, nada mejor que una nueva aventura del Sharpe de Bernard Cornwell. Trafalgar no presenta la batalla desde el mismo punto de vista que Pérez Galdós, pero verano es tiempo de turismo y, con el turismo, se mezclan las antiguas naciones enfrentadas. Cornwell ha hecho que su Sharpe se pasee invicto y, sobre todo, entero, por todas las guerras napoleónicas. Si alguien tenía dudas, el calor con que Cornwell narra sus andanzas confirma cuánto les gustaban los campos de batalla a los ingleses antes de que hubiera competiciones de fútbol. Richard Sharpe se ensarza en lo de Gibraltar después de una gira por la India (como el reportero de John Irving). Aún le queda mucha mili. Eso es en 1805. En 1813 estará en la gran escaramuza de Tormes (sic), que ya se puede leer en versión electrónica.

Un inglés más constructivo que Bernard Cornwell es, en opinión de muchos, John L. Carré. Varios críticos han atribuido a las denuncias sobre la industria farmacéutica que se hacen en su último libro –The Constant Gardener– el éxito reciente del gobierno surafricano sobre las multinacionales de la salud. Le Carré llega a apuntar, novelísticamente, que las multinacionales crean enfermedades nuevas en África para apuntalar nuevos negocios. Un admirador de Le Carré ha dicho, pues, que esta novela contundente es, en términos prácticos, la más eficaz de la Historia, mucho más que La cabaña del tío Tom, que casi acabó con la esclavitud. Porque a lo mejor, al final, la literatura sirve para algo.
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