MáS QUE NúMEROS
Woodhead y “Los tres hombres sabios”
Por Alicia Delibes
Hasta ahora, y desde hace ya más de medio siglo, las Comprehensive Schools han cumplido correctamente con el proyecto que el Partido Laborista británico tenía sobre la educación secundaria. Un proyecto que exigía la misma escuela, la misma enseñanza, los mismos profesores y las mismas aulas para todos los ciudadanos hasta bien pasada la adolescencia.
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Hace escasamente un mes, Tony Blair declaró el fracaso de ese modelo escolar que, hasta ahora, había supuesto una cuestión casi de principio para su partido. Con sus declaraciones ha destapado la caja de los truenos de la educación británica y ahora, a menos de sesenta días de las elecciones, los dos partidos mayoritarios se lanzan todo tipo de reproches, de culpas, de responsabilidades y ya se han olvidado de guardar el silencio que, durante tantos años, ha tenido a la sociedad británica convencida de que la única opción democrática de escuela era la de las comprehensive.
Nunca gustó a los conservadores ese sistema escolar pero quizás por respeto al entusiasmo con el que una gran parte de los ciudadanos ingleses había acogido la implantación de las llamadas Comprehensive Schools, el gobierno de Margaret Thatcher dejó hacer a las administraciones educativas durante ocho años y terminó su segundo mandato sin apenas haber dictado disposición alguna que afectara al terreno de la educación.
Hasta 1988 no se promulgó la nueva ley, el National Curriculo que establecía grupos de distintos niveles en inglés y matemáticas y exámenes oficiales para los escolares a los 7, 11 y 14 años. La medida, que no gustó a los fanáticos de la “comprensividad” pues suponía romper con el precepto igualitario que había regido entre el progresismo pedagógico, trajo consigo una enorme complicación burocrática.
Tres años después, Robin Alexander, profesor de la Universidad de Walwick, realizó un estudio en Leeds que demostraba que, tras la inversión de 26 millones de dólares, los resultados académicos continuaban siendo alarmantemente malos.
Se formó entonces un comité de estudio que se llamó el de “Los tres hombres sabios” formado por Robin Alexander, el inspector de secundaria, Jim Rose y Chris Woodhead, entonces, responsable de los planes de estudio.
El informe que aquellos tres expertos elaboraron determinaba que el descenso en los resultados académicos se debía a la existencia de “unos dogmas pedagógicos más que cuestionables” imperantes entre los profesores. Este informe motivó la creación, en 1992, de una oficina, la Ofsted para la inspección de la enseñanza primaria dirigida por Woodhead. La Ofsted emprendió un trabajo de inspección de centros de Enseñanza Primaria hasta entonces inusual en Inglaterra. Woodhead atacó abiertamente los métodos didácticos que llamó de “inspiración progresista y poco rigurosos”. Los análisis que su oficina llevó a cabo demostraban que los resultados escolares podían variar enormemente aunque los alumnos provinieran de ambientes parecidos y con problemas sociales muy similares.
Cuando, en 1994, Tony Blair se convierte en presidente del Partido Laborista, el portavoz de educación David Blunkett, influido por los informes elaborados por la Ofsted, elabora un política educativa radicalmente distinta a la que hasta entonces había seguido su partido. Los laboristas dejaron de sostener que los problemas que tenía la educación se resolvían con dinero y comenzaron a admitir que el fracaso escolar tenía sus causas en la mala gestión de los centros y en los métodos didácticos empleados.
Al ser elegido en 1997 Tony Blair Primer Ministro, Blunkett, nombrado nuevo ministro británico de educación, decidió mantener al conservador Chris Woodhead en su puesto de Inspector Jefe de su Majestad.
Pues bien, Woodhead, que ha abandonado hace tres meses su cargo, está publicando en el Daily Telegraph una serie de artículos con los que pretende explicar, tanto las razones que le llevaron a permanecer como responsable de la Enseñanza Primaria con el gobierno Blair, como las que le movieron a presentar su dimisión.
Además de explicar una actitud personal, Woodhead quiere dirigir la política educativa de su partido y ataca con fuerza las propuestas de los laboristas. Propuestas que, según él, supondrán un desembolso cada vez mayor de dinero, una complicación aún más grande de la burocracia y que contienen más palabrería que medidas efectivas que puedan resolver la situación de desprestigio en la que han quedado las progresistas e igualitarias comprehensive.
A pesar de las grandes diferencias que siempre han existido entre nuestra educación y la británica, en estos momentos y desde que el PSOE impuso con la elaboración de la LOGSE su particular modelo de “Escuela Comprensiva”, no podemos apartar nuestra atención de lo que está sucediendo en Inglaterra porque, antes o después, también la sociedad española se dará cuenta del gran timo que se oculta tras el demagógico igualitarismo que ha inspirado ese invento socialdemócrata que es la tan traída y llevada “comprensividad”.