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29 de Junio de 2001

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Vuela, vuela, Gagarin

Por Alicia Delibes

Hace unos días recibimos la visita oficial de Valentina Tereshkova, directora de la Fundación Alexander Pushkin, equivalente ruso de nuestro Instituto Cervantes. Esta visita quizás hubiera pasado totalmente desapercibida si no fuera porque esta dama rusa, de 68 años de edad, fue la primera mujer lanzada al espacio. Lo hizo a bordo de la nave espacial rusa Vostok 6, que abandonó la tierra el 16 de junio de 1963, dio 48 vueltas a su alrededor y permaneció 71 horas en el espacio.
Valentina no era cosmonauta profesional y tras su hazaña, que le valió el título de héroe de la Unión Soviética y el galardón de la Orden de Lenin, nunca más volvió a volar. Como miembro activo del Soviet Supremo ha ocupado siempre cargos relevantes en la política de su país.

El nombre de Tereshkova ha despertado en algunas memorias una tonadilla que se cantaba en España a principios de los sesenta: “vuela, vuela, Gagarin …uh, uh, uh”. Y es que, dos años antes del lanzamiento del Vostok 6, la URSS había enviado al espacio al primer cosmonauta de la historia, Yuri Alekseyevich Gagarin.

Yuri Gagarin tenía entonces 26 años, había nacido en una granja colectiva al este de Moscú y, una vez aprendidas las primeras letras, recibió formación en un instituto tecnológico de la capital rusa. Su interés por la aviación se despertó cuando era todavía estudiante y, en cuando tuvo una ocasión, se apuntó a las clases de vuelo de una escuela local. Su afición y habilidad para volar llamó la atención de sus maestros que le facilitaron, al terminar sus años escolares, el ingresó en la Fuerzas Aéreas Soviéticas.

Gagarin se ofreció voluntario para ser cosmonauta, pasó todas la selecciones tanto físicas como psicológicas y consiguió formar parte de un pequeño grupo de seis pilotos entrenados con esmero para volar en el espacio. Tres días antes del lanzamiento del satélite, Vostok 1, Gagarin recibió la noticia de que sería él el elegido para pilotar la nave. Hay quien dice que la pequeña talla del joven Gagarin le había convertido en el candidato ideal para ocupar el pequeñísimo recinto de la nave.

El 12 de abril de 1961 a las 9:07, hora de Moscú, Yuri Alekseyevich Gagarin subió a los cielos en una nave espacial, se situó a 300 km de distancia de la tierra, dio una vuelta completa en 1 hora y 48 minutos y regresó a casa sano y salvo.

Como Tereshkova, Yuri recibió honores y galardones hasta que un accidente, ocurrido durante un vuelo rutinario siete años después, puso fin a su vida.

Tres semanas más tarde el primer cosmonauta americano, Alan Bartlett Shepard a bordo del Mercury 3 se distanciaba 185 Km de la tierra y lograba mantenerse allí durante 15 minutos. Los rusos confirmaban así su triunfo en una carrera por el dominio del espacio que había comenzado cuatro años antes, cuando los americanos fueron sorprendidos por el primer Sputnik ruso que giró alrededor de la tierra.

Mal debió sentar en los Estados Unidos una segunda derrota. Tras el triunfo de Gagarin el presidente Kennedy prometió a los ciudadanos americanos que antes de acabada la década su bandera sería hincada en el suelo de la luna.

La guerra de la Galaxias había comenzado el 4 de octubre de 1957, cuando la URSS deslumbró a los Estados Unidos con el lanzamiento del Sputnik 1, el primer satélite que lograba girar alrededor de la tierra. Dio una vuelta cada 90 minutos enviando señales de radio a los sorprendidos americanos y al mundo entero. Un mes después un segundo Sputnik viajó con un astronauta a bordo, la perrita Laika que murió por falta de oxígeno.

La respuesta americana tardó unos meses en llegar, el 31 de enero del 58 el Explorer 1 surcó el espacio, la carrera espacial entraba en unos años de intensa competitividad. Los Estados Unidos debían recuperar el tiempo perdido.

Un profesor de Matemáticas de la Universidad de Nueva York, Morris Kline, que ganó celebridad con la publicación, en 1973, del libro Why Johnny can’t add, The failure of de New Math, sostenía la teoría de que el nerviosismo americano ante el triunfo soviético había hecho que las autoridades gubernamentales se preocuparan por la enseñanza de las ciencias y, en particular, de las matemáticas. En aquellos años la discusión sobre la extensión a la enseñanza media de la llamada Matemática Moderna estaba en su momento más decisivo. El apoyo que grandes profesionales de la matemática, afamados psicólogos y conocidos pedagogos daban a este movimiento renovador terminó por convencer a las administraciones educativas de que la nueva forma de enseñar matemáticas aceleraría la formación de grandes científicos y dieron así su apoyo decidido a la reforma.

Esta explicación podría ser clave para entender por qué esa Matemática Moderna que hizo furor en Occidente no traspasó las fronteras del Este. Rusia y todos sus países satélites parecieron ignorar aquella corriente pedagógica.

En cualquier caso, con o sin Matemática Moderna, América no estaba dispuesta a dejarse ganar de nuevo y el 20 de julio de 1969 Neil Armstrong y Edwin Aldrin, tripulantes del Apolo 11, pisaban el suelo lunar.

Esta vez sí, el triunfo era americano.
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