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23 de Febrero de 2001

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CRóNICAS COSMOPOLITAS

¿Volverán las oscuras golondrinas?

Por Carlos Semprún Maura

Un amigo internauta me telefonea (¿qué remedio?, no tengo ordenador, que antes se llamaba computadora, de “computer” y ahora, no sé por qué, será por ansias inconscientes de orden, se califica ordenador), pues este amigo, por teléfono, me reprocha mi tono displicente en una de mis últimas “Cartas de París” para con Charles Trenet. En absoluto, me encanta Trenet. Yo ironizaba muy deprisa sobre la jerarquía de valores de ”Le Monde”, que resultó ser la de todos los medios informativos que han dado una importancia desorbitada a la muerte del fou chantant, infinitamente más que a la de Balthus y, pensándolo bien, más que a otros famosos difuntos que se lo merecieron o no. Además, tengo con las canciones de Trenet, como ocurre con las canciones cuando las has escuchado de niño o adolescente, recuerdos íntimos que aún me emocionan.
Cuando llegamos a Francia, en 1939, parte de la familia se instaló en una aldea a 17 kilómetros de París, y aquel verano, con las ventanas abiertas, yo escuchaba a los chavales en la calle cantar canciones a la moda que me enfurecían. Me decía que un país en donde todo el mundo canta canciones tan imbéciles sólo podía ser una puta mierda. Luego me enteré de que eran de Maurice Chevalier y siguieron sin gustarme, aunque sin aquella indignación infantil. Más tarde, en 1943-44, escuché por primera vez, y por radio, canciones de Trenet y algunas me entusiasmaron. No tanto por su música swin agradable, sin más, inspirada del norteamericano jazz sinfónico o comercial, como lo calificábamos nosotros, los puros del “Jazz-Hot”. Nuestro enemigo principal era Glenn Miller y nuestros ídolos Louis Amstrong, Duke Ellington y varios más. En Trenet me gusta sobre todo la letra, tan fantasiosa y poética.

¿Cantan aún los chavales por las calles? Hace siglos que no oigo voces juveniles que recorran las calles cantando canciones al amor. Oigo ruido, eso sí, el ruido tecno o el ruido rap, que me indignan tanto como las canciones de Sevalle de antaño, y gritos histéricos que acompañan dichas cacofonías. Ya no cantan los chavales por las calles. Another season- Another reason.

Esta semana en la prensa francesa, los cantos fueron más bien salmos fúnebres a Trenet, a Balthaus ( y a Salvador Calabuig, otro español de París, pero sobre este, nada en la prensa salvo la esquela familiar y la pena de los amigos). También se celebró el 50 aniversario de la muerte de André Gide y con este motivo, volvemos a la sociología política, para llamarlo de alguna manera. Porque si se habló algo de su obra literaria, bastante olvidada es cierto, si se citó muy de paso su labor de editor, cofundador de la NRF con Gaston Gallimard y otros, primera piedra de la casa Gallimard, se insistió más, mucho más, en su viaje a la URSS. ”Le Monde”, por ejemplo, que consagra una página a este aniversario, la ilustra con tres fotos: en una Gide con Jean Paul Sartre, en otra con Stalin en el entierro solemne de Gorki.

En el artículo, obedeciendo a su prudente hipocresía habitual, se señala que volvió decepcionado de la URSS. No mienten, más bien enfocan los hechos como más les conviene, de manera que aparezcan Sartre, y sobre todo Stalin, como momentos esenciales de la vida de Gide, lo cual es totalmente falso. Gide y Sartre se conocían, sí, pero esa relación no tuvo mayor importancia para ninguno de los dos. El viaje a la URSS, siendo algo episódico en la vida y obra de Gide, tiene cierto interés desde el punto de vista histórico. Por aquellos años 30, el potente aparato de la Internacional comunista se lanzó a una gigantesca campaña de apoyo a la URSS utilizando el máximo de personalidades, lo más célebres posible: escritores, artistas, científicos, etc, con la hábil coartada del antifascismo. En escala diminuta, por motivos obvios, lo mismo hace e intenta hacer Fidel Castro. Y aun más bajo en la escala de la importancia mundial, pero a alto nivel de inmundicia, Polanco y sus súbditos con su embustera campaña “acoso a “El País”, por ejemplo. No se pueden comparar los resultados, pero sí los métodos.

Gide fue, pues, a la URSS, participó en ceremonias oficiales, hizo discursos incoherentes, pero pro soviéticos, se le trató como a un Pedro Domeq y a un sultán de Persia a la vez: cada noche se le ofrecía un ramillete de soldados maricas para que escogiera, y si hubiera sido drogadicto como Melrauz, se le hubiera ofrecido drogas mil. Lo que fuera. Pero no sirvió para nada. Gide vuelve a París y escribe “Retour d’ URSS” en donde manifiesta su inquietud ante esa sociedad tan inhumana y totalitaria cuya tremenda realidad no pudo conocer, llevado y traído de ceremonia a banquete, de palacio a palacio. Pero es que en Moscú estaba su amigo Pierre Herbart, un comunista francés totalmente desilusionado y convertido en anticomunista, que no tardaría en volver a París. Sé de buenas fuentes que Herbart, buen escritor, pese a estar aún más olvidado que Gide, se mostró insatisfecho del libro de Gide sobre su viaje a la URSS y le convenció de que escribiera una adenda y así salieron los “retoques”, mucho más lúcidos, y por lo tanto, más críticos.

Esta semana, entre homenajes fúnebres y tiempo gris, me venía a la mente otras de las grandes operaciones propagandísticas de la Internacional comunista por los años 30: la de nuestra guerra civil. No me refiero a la conquista parcial del poder “republicano” por el NKVD, ni a sus crímenes, ni al abandono, en 1938, de “la causa del pueblo español” por Stalin para aliarse con Hitler. Ya lo he tratado y lo volveré a tratar. Me refiero a esos “viajes organizados” por el NKVD de famosos por tierras españolas en guerra cuyo objetivo era convertirlas en propagandistas de la URSS. Como con Gide, el tiro les salió a veces por la culata, pienso concretamente en Ernst Hemingway y John Des Passos, a quienes esa traumática experiencia les convirtió en anticomunistas decididos. Hemingway, de manera discreta, se limitó a hacer un mutis por el foro de la progresía prosoviética, mientras John Des Passos, mucho más izquierdista antes de viajar a España que su colega y compatriota, se convirtió en anticomunista radical.

Pese a no haber vivido esos “viajes organizados”, escritores como mi admirado George Orwell y Arthur Koestler, también fundamentaron en sus experiencias españolas su anticomunismo radical posterior. Y el propio André Malraux, cosa que nadie dice y que aún se ve utilizado por los náufragos del comunismo, también cambió radicalmente de opinión sobre la URSS y el comunismo en España, aunque nunca lo analizara a fondo, pero bueno, ¿no fue en 1944, y hasta su muerte, el lugarteniente preferido del general de Gaulle? Y pese a todo, de Gaulle no era Stalin.

No fue así con todos los turistas progres, claro. Pablo Neruda, por ejemplo, seleccionó muy cuidadosamente la sangre que veía por las calles. Pero este señor constituye un buen ejemplo de cómo se puede ser un gran poeta sin tener la menor ética, ni política ni humana.

La golondrinas volverán, pero no serán las mismas. El resorte está roto. Esa gigantesca operación política, ideológica, militar mundial que realizaba el mal absoluto en nombre del bien ha venido a menos. Los intentos por resucitar el cadáver o imitar los métodos sin las divisiones acorazadas fallan o hacen el ridículo. Como por ejemplo, y sin ir más lejos, estos días en Madrid, Lise London, que sigue vendiendo el cadáver de su marido Arthur y sus mentiras, que declara haber sufrido tanto por creerlo traidor que hasta llegó a divorciarse... No sólo, señora, también exigió que se fusilara a ese traidor. Cómo vamos a creernos un segundo que esa pareja de aparatchiks, además policía de la Internacional, él en España y ministro en Checoslovaquia comunista, no conocían la norma comunista, según la cual, no hay más inocentes o culpables que los que decida el partido. Basta ya.
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