MáS QUE NúMEROS
Violencia entre iguales
Por Alicia Delibes
Cuando se quiere citar a alguien y se teme que ese alguien sólo sea conocido en su casa se suele adornar su nombre con el título de “experto”. Una denominación que se está haciendo tan frecuente como imprecisa. De entre todos los expertos, los más fastidiosos son los expertos en educación. Son fastidiosos porque en la mayoría de los casos, sin haber pisado en su vida un aula, exponen sin ningún rubor sus teorías sobre el comportamiento del “alumno/a”. Mantienen que este comportamiento sigue unas pautas de conducta perfectamente catalogadas y descritas en la infinidad de textos que abarrotan las bibliotecas especializadas y que, dicho sea de paso, sólo interesan a estudiantes de pedagogía que aspiran, a su vez, a convertirse un día en nuevos expertos en la materia. La falta de experiencia y la excesiva teorización hacen que, en muchos casos, realidad y virtualidad se confundan en sus análisis de la vida escolar.
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Pues bien, estos teóricos de la educación llaman “violencia entre iguales” a la que un escolar ejerce sobre otro y, explican que el chico que pega, insulta, roba o se aprovecha de un compañero sin darse cuenta que le infringe un mal lo hace porque sufre un “cierto tipo de desviación moral”. Lo que ya no suelen explicar es cuál debe ser la actitud de un profesor cuando esa desviación moral convierte en irrespirable el clima del aula.
El suplemento dominical del diario El País dedicaba, la semana pasada, unas páginas a esa “violencia entre iguales”. Según los expertos consultados, esta violencia es consecuencia del desajuste que se ha producido entre el modelo tradicional de enseñanza, que hoy se imparte en las escuelas, y la nueva forma de ser de nuestros jóvenes alumnos. Dicen que el profesorado no ha sido preparado para los nuevos tiempos y que sigue, como antaño, esperando de la escuela que respalde su autoridad. Aseguran estos expertos que el nuevo profesor no debe ser distante ni amenazador sino que debe tratar al alumno como si fuera un adulto. Insinúan, además, que los profesores no deberían dar tanta importancia a la asignatura que imparten como a los valores que la escuela debe transmitir.
No sé si estos expertos tienen en cuenta que, desde hace ya casi treinta años, los profesores se forman para no ejercer la autoridad, para tratar al alumno como a un igual, para no mantener distancias ni utilizar amenazas. Hace ya treinta años que el profesorado busca sistemas democráticos y consensuados para resolver los conflictos y lo que ahora ocurre es que esos sistemas no están demostrando su eficacia. Sucede que cuando los profesores se fueron dando cuenta de las peligrosas consecuencias de su antiautoritarismo y su demagogia, a las administraciones educativas socialistas no se les ocurrió otra cosa que rizar el rizo de la modernidad e imponer un sistema “hiperprogresista” donde el igualitarismo debía imponerse a costa de la convivencia escolar y en el que era obligada la renuncia a cualquier solución que mirase hacia modos de hacer y pensar de tiempos pasados.
No entiendo el veredicto de estos expertos cuando la experiencia de multitud de profesores denuncia día a día que, si de algo estamos sobrados en los centros de enseñanza pública, es de antiautoritarismo y de técnicas democráticas enseñanza.
El citado artículo de El País termina con dos ejemplos de escuela tan tendenciosos que provocan el vómito. Uno de ellos habla de un colegio de niños ricos donde un profesor quiere “impartir valores democráticos” y es abucheado por alumnos “ultraderechistas” que reclaman más enseñanza y menos doctrina. El otro, en un instituto de Getafe donde se “negocian los conflictos” y funciona un consensuado reglamento que, milagrosamente, no precisa dictar medidas contra los “insurrectos” porque el sólo hecho de negociar las normas parece que evita la insumisión a las mismas.
Cuando los expertos, para resolver los problemas escolares reclaman “técnicas democráticas de resolución de conflictos, consenso en las normas de convivencia y un mayor sentido de la integración” no queda otro remedio que pensar que estos expertos deben ser muy jóvenes o muy nostálgicos pero que difícilmente se han encontrado con la realidad no virtual del mundo escolar”.

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