El problema, claro está, es lo empantanadas que están las finanzas públicas argentinas. El gobierno debe 140 mil millones de dólares y tiene dificultades pagando hasta los intereses. Recientemente pidieron y consiguieron una línea de crédito del FMI por 40 mil millones de dólares. Algunos observadores creen que la Argentina va a incumplir sus obligaciones este año. Pero, como dicen los banqueros, el incumplimiento no hace que la deuda desaparezca, sino que empeora la situación.
Veamos por qué continúa la recesión argentina. Un reciente estudio del Banco Mundial indica que la diferencia entre el crecimiento potencial argentino y su crecimiento actual equivale a 11% del PIB. En el último trimestre tanto de 1998 como de 1999, lo mismo que en el primer trimestre del 2000, parecía que la economía se recuperaría. Pero en cada oportunidad una nueva crisis financiera acabó con la recuperación. Los consumidores se frenaron en vista de la nueva incertidumbre.
La clave de la recuperación argentina yace en la confianza de los consumidores y de los inversionistas debido a la naturaleza de su economía cerrada. Las importaciones y exportaciones argentinas suman apenas 19% de su PIB. Reducir las primeras y aumentar las últimas no logrará gran cosa a corto plazo.
Algunos analistas argumentan que hay falta de liquidez debido a la convertibilidad uno por uno del peso con el dólar. La convertibilidad impide que el gobierno expanda el circulante por encima de las reservas en dólares (y oro). La falla de tal argumento es que hay mucho dinero disponible, pero los argentinos no quieren ni gastarlo ni invertirlo en su país. En diciembre, los depósitos bancarios alcanzaron una cifra récord y eso es sin contar los miles de millones de dólares que los argentinos tienen fuera de su país, cantidad desconocida hasta por el propio gobierno.
Entonces, ¿por qué la renuencia a gastar y a invertir en un país con gran potencial de recursos agrícolas y en industrias de servicios? El problema es que gastar e invertir los expone al riesgo de confiscación por parte del gobierno, a través de impuestos excesivos, extorsión por leyes laborales de los tiempos de Mussolini y de la corrupción oficial. Estos son los verdaderos problemas que requieren la atención del Dr. Domingo Cavallo, de nuevo a cargo del ministerio de la Economía.
En lugar de eso, Cavallo anda remendando la moneda y jugando con las reservas bancarias para tratar de incrementar el circulante, en momentos que los bancos privados argentinos tienen 72 mil millones de dólares en depósitos, más que suficiente para extender el crédito que los inversionistas requieran.
Los economistas podrán debatir los méritos de la propuesta de Cavallo de anclar el peso no sólo al dólar sino que también relacionarlo con el euro y de rebajar las reservas bancarias. A los bancos esto sólo les complica la vida. Y todos estos asuntos secundarios sólo logran aumentar las interrogantes acerca de los riesgos políticos —o económicos— de invertir en Argentina.
El mejor consejo para Cavallo es que se olvide de cuánto están prestando los bancos y, más bien concentre su atención en cuánto está cobrando el gobierno en impuestos y cuánto está gastando. Si él se ocupa de eso, los banqueros se ocuparán de lo demás.
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AIPEOwen Lippert es académico del Fraser Institute, fundación privada canadiense de estudios públicos.