Parece que a casi todo lo que no le pertenece al gobierno se le aplican impuestos hasta hacerlo desaparecer o —por el contrario— recibe altos subsidios del estado. Esto explica por qué siendo una de las naciones que produce más petróleo, la gasolina es más cara aún que en la Unión Europea (a la cual no pertenece) y por qué los noruegos compran sus autos en Dinamarca, mientas van a Suecia a comprar la carne y los pollos.
Las restricciones abundan. Si quiere comprar una aspirina, no consigue algo tan peligroso en el supermercado, sino que tiene que hacer largas colas en las farmacias del gobierno, donde le venden un máximo de 40 pastillas por 6 dólares. Si su esposa tiene un bebé, debe consultar la lista gubernamental de nombres aprobados.
Cuando se llega al aeropuerto de Oslo, uno espera ver un letrero que dice: “Bienvenido a Noruega, donde hay una ley para todo”. Aquí existe una religión oficial, pero la verdadera religión nacional es la aceptación general de que el gobierno sabe lo que más nos conviene a cada uno, por lo cual no sólo tiene el derecho sino la obligación de hacer todo por dirigir la vida ciudadana, a través de toda clase de prohibiciones, restricciones, dádivas, aranceles, etc. La preferencia noruega por el control estatal se nota en su Sindicato Oficial de Escritores, en el monopolio estatal en la venta de licores (una pequeña botellita de vodka cuesta 30 dólares) y en la menor proporción de estudiantes en escuelas privadas del mundo occidental.
Oslo, con una población de medio millón de habitantes, es la capital más cara de Europa y hay más de media docena de diarios, todos los cuales reciben jugosos subsidios estatales y (qué sorpresa) defienden efusivamente la socialdemocracia.
En cuanto a preferencias individuales, olvídese, esas son malas palabras y sinónimo de egoísmo, avaricia, falta de sentido colectivo y rechazo a la solidaridad. El problema es que la juventud noruega está retando la conformidad socialdemócrata de una manera en la que sus padres jamás se hubieran atrevido. Hay planes para privatizar las farmacias y los cines, algo que hasta hace poco parecía imposible.
No hay duda que el estado nodriza noruego, en un país donde hay siete u ocho partidos políticos importantes, está a punto de ser dramáticamente reformado. La nueva popularidad de los partidos no socialistas es vista como un terremoto político y parece que el contrato social entre el gobierno y los gobernados, existente a lo largo de medio siglo, está a punto de desaparecer.
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AIPEBruce Bawer es escritor. Este artículo apareció en el Cato Institute Policy Report, de donde ha sido adaptado.