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4 de Mayo de 2001

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PRIMERO DE MAYO

Una fiesta impresentable

Por José Ignacio del Castillo

La semana que termina volvió a ser testigo de las celebraciones anuales del primero de Mayo, seguramente el día más desagradable de todo el calendario. Como sabrá el lector, la fecha se corresponde con una manifestación violenta que tuvo lugar en Chicago en 1889, reivindicando la jornada laboral de ocho horas. Los cabecillas, que fueron detenidos, juzgados y ejecutados según la ley, pasaron a convertirse en los "mártires de Chicago". La II Internacional que por entonces se estaba constituyendo en París, decidió celebrar desde entonces todos los años, "jornadas reivindicativas de la clase obrera y de fraternidad del proletariado". Con la llegada de los socialistas al poder, la jornada acabó incorporándose al calendario oficial de cada estado.
El significado de la fecha constituye un insulto a muchas cosas y antes que nada al Estado de Derecho y al imperio de la ley. Los terroristas son conmemorados como héroes y los jueces y policías que aplicaron la ley, como salvajes reaccionarios. La celebración también es una afrenta a los cerca de cien millones de asesinados que la aplicación de las ideas de "lucha de clases, movimiento obrero y fraternidad del proletariado" han dejado en el camino. ¿Se imaginan una jornada festiva para celebrar la lucha de razas? Además, el día sirve para mantener viva la gran mentira según la cual los salarios se han elevado y la jornada laboral se ha reducido gracias a la lucha de clases y a la conciencia social de los legisladores.

La realidad es muy distinta. La acumulación de capital, la perspicacia empresarial, los beneficios derivados de la extensión de los mercados y la alfabetización y civilización de sectores de población enteros, han hecho posible todo eso. Uno se pregunta, ¿por qué tras cuarenta años de dictadura del proletariado en Corea del Norte, la jornada laboral es allí de trece horas y la retribución no permite siquiera alimentarse? y ¿por qué en Corea del Sur —donde los sindicatos de clase han estado prohibidos mucho tiempo— los niveles de bienestar entre los trabajadores asalariados son infinitamente superiores? ¿Me he perdido la manifestación o el decreto merced al cual los futbolistas de primera división en España —trabajadores asalariados por cuenta ajena— trabajan sólo dos horas al día y cobran alrededor de cinco millones de pesetas al mes?

Detrás del primero de Mayo sigue vivo el espantajo de la explotación capitalista, de la teoría marxista de la plusvalía y de los intereses enfrentados de capitalistas y trabajadores. La teoría según la cual todo el valor de la producción es aportado por el trabajador que sin embargo, no recibe el producto íntegro de su trabajo, está tan cargada de falacias que es imposible siquiera citarlas todas, en menos de diez folios. (He intentado presentar un compendio muy resumido en el último número de La Ilustración Liberal).

Las relaciones laborales son ricas y complejas. Existen empresarios cumplidores y empresarios que no cumplen, lo mismo que existen trabajadores fiables y trabajadores informales. Presentar exclusivamente segmentos de la realidad distorsionados es simple demagogia. Más que en cualquier otro contrato es necesaria una precisa definición de las obligaciones asumidas por cada parte —retribuciones, jornada u obra pactada, servicios a prestar— y el cumplimiento de buena fe de las mismas. La asistencia legal y las dotes negociadoras juegan sin duda un papel importante. Agruparse o sindicarse —siempre que no sea obligatorio y que no se impida a nadie negociar por libre— para beneficiarse de las ventajas que de esa forma pueden obtenerse no sólo es lícito, sino recomendable. Lo inaceptable es ejercer la coacción física para obtener mejoras retributivas o para prolongar un contrato, cuando los servicios que se prestan dejan de ser interesantes. Al igual que es inaceptable que un empleador retenga por la fuerza —esclavice— a un trabajador insatisfecho o con mejores alternativas. Algo que por cierto hace Castro en Cuba.
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