MáS QUE NúMEROS
Una escuela deliberadamente anticultural
Por Alicia Delibes
En estos últimos tiempos las quejas sobre nuestro sistema de enseñanza se van haciendo cada vez más frecuentes y atronadoras. Empieza a ser un lugar común reconocer que nuestros jóvenes no leen, no escriben, se expresan con dificultad y, en general, desprecian el conjunto de saberes que constituyen la herencia cultural de Occidente.
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La situación caótica en la que se encuentra una gran parte de los institutos españoles, tras la ampliación de la escolaridad obligatoria hasta los 16 años de edad, ha hecho que se atribuyan estas deficiencias a la última Ley de Educación dictada por los socialistas en 1990. No es fácil suponer un pensamiento racional a los responsables de la educación de la era felipista cuando decidieron que todos los individuos hasta los 16 años tenían que estar sujetos a un mismo aprendizaje.
Sin embargo, no les faltaba razón cuando aseguraban que el sistema era común a todas las democracias europeas. Porque, si bien es verdad que algunos países, como Alemania, Luxemburgo o Italia, no se habían apuntado a ese modelo de escuela que se ha dado en llamar “comprensiva”, también lo es que Estados Unidos, los países nórdicos y el Reino Unido desde hacía ya muchos años educaban a todos sus escolares de forma homogénea y en los mismos centros estatales hasta los 16 ó 18 años de edad.
En el Reino Unido fue el laborista James Callaghan quien, en 1976, ordenó que las autoridades locales reorganizaran sus sistemas escolares según un modelo de escuela al que llamaron Comprehensive School y que agrupaba en el mismo tipo de centros a todos los alumnos hasta los 16 años, evitando que cualquier forma de examen estableciera diferencia entre ellos. Los conservadores nunca creyeron que fuera este un buen sistema educativo pero, a pesar de que el gobierno de Margaret Thatcher abolió la disposición de Callaghan, el número de comprehensive schools fue creciendo poco a poco hasta hacerse necesaria, en 1987, la promulgación de una nueva ley, el National Currículo, que estableció ciertas modificaciones en el sistema. De todos es sabido que ahora es el laborista Tony Blair quien lucha con mayor pasión para devolver a la enseñanza británica la calidad perdida y aboga por el elitismo intelectual del que tanto se había renegado en los últimos años.
En Suecia la ley que introdujo la escuela comprensiva data de 1970. La decisión fue tomada, pese a la oposición de una buena parte del profesorado, por el partido socialdemócrata cuando ya llevaba 40 años en el poder. Ahora más del 60% de los profesores de secundaria con preparación universitaria están convencidos de su gran fracaso y empieza a surgir un movimiento entre los padres a favor de la creación de centros privados de enseñanza, algo insólito en el país nórdico.
Pues bien, a pesar de todo esto, hay quien sigue convencido de que esta escuela comprensiva es el único modelo democrático de escuela, el único aceptable por una sociedad que debe escolarizar a todos sus ciudadanos y procurarles la mejor formación, una sociedad, en fin, que se rija por la búsqueda de una verdadera igualdad de oportunidades para todos los individuos.
Estos países que con tanto fervor adoptaron el sistema unitario de escuela, enseguida se dieron cuenta de que era imposible aspirar a una buena e idéntica instrucción para todos. Si el programa educativo tenía que ser común sólo cabía una solución, que las escuelas y los institutos se convirtieran en simples guarderías y que se renunciara al cultivo de la inteligencia y a la transmisión de conocimientos.
Por otra parte, y aunque resulta un tanto esquizofrénico, la pedagogía dominante en el mundo occidental durante este último tercio de siglo ha hecho gala de un total desprecio por la inteligencia, por el saber, por el esfuerzo y por el estudio.
Según afirma Jean-François Revel en un capítulo de su obra El conocimiento inútil que, con el título “La traición de los profes”, dedicó totalmente a la educación, la decadencia que viene sufriendo la enseñanza desde hace treinta años no puede deberse exclusivamente al incremento de la población escolar que exigió la precipitada adaptación de profesores mal preparados, sino que “es consecuencia de una opción deliberada, según la cual la escuela no debe tener por función transmitir conocimientos.”
Para el pensador francés, dos fueron los componentes ideológicos, procedentes de la contracultura norteamericana, que, tras las revueltas de mayo del 68, inspiraron la pedagogía dominante en Europa. Uno de ellos era un feroz antiliberalismo que llevó al profesorado del 68 a combatir abierta y decididamente la sociedad capitalista y el otro que “la simple transmisión del conocimiento era reaccionaria”.
Para los pedagogos de aquellos años, las desigualdades intelectuales entre los individuos se debían, exclusivamente, a las diferencias sociales entre ellos. Con una misma educación todos estarían en idénticas condiciones para alcanzar la metas deseadas. Era, pues, evidente que el objetivo de una escuela que se preciara de ser democrática no debía fijarse en la transmisión de una cultura, patrimonio de las clases sociales más privilegiadas.
Esta explicación de Revel, aunque atrevida, permitiría entender la razón que llevó a esa escuela integradora a despreocuparse de los contenidos académicos, a valorar de forma ridícula y exagerada los procedimientos pedagógicos y a eliminar todo tipo de evaluación de los conocimientos adquiridos por los escolares.
El caso francés que tan minuciosamente analiza François Revel tiene su versión española. Una versión que puede ser aún más dantesca porque nuestros profesores progresistas, probablemente por mimetismo con los “soixante-huitards”, decidieron despreciar una formación intelectual de la que muchos de ellos carecían.
Gran parte de la enseñanza franquista estuvo en manos de la iglesia, la formación que en ella se recibía era más rica en adoctrinamiento religioso que en instrucción académica. Las carencias intelectuales de la generación que copó en los años setenta la mayor parte de los puestos de enseñanza en España, eran, aunque cueste aceptarlo, muy superiores a las de sus homólogos franceses, por eso, quizás, tuvo aquí tan buena acogida el ideario político que luchaba contra el elitismo intelectual en nombre de la igualdad y de la justicia social.
Aunque haya sido la implantación de la LOGSE la que ha hecho estallar la crisis, la situación en España viene deteriorándose desde los últimos años del franquismo, desde que se implantó la Ley General de Educación de 1970 que trajo consigo la supresión de todos los exámenes oficiales, la funcionarización masiva e indiscriminada del profesorado y una filosofía pedagógica copiada de los más simples modelos progresistas que estaban, entonces, de moda en Europa.