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HISTORIA

Una carta de Aranda a Churchill

En Años de hierro expuse algunas entradas de los diarios de Gil Robles, hacia el fin de la guerra mundial, y una noticia general de las intrigas de Aranda, pero no dispuse de la carta secreta de este último a Churchill, en otoño de 1944, publicada en 2005 por Richard Wigg, un historiador no muy serio que atribuye a Churchill la supervivencia del franquismo. La carta, empero, tiene el mayor interés histórico.

En Años de hierro expuse algunas entradas de los diarios de Gil Robles, hacia el fin de la guerra mundial, y una noticia general de las intrigas de Aranda, pero no dispuse de la carta secreta de este último a Churchill, en otoño de 1944, publicada en 2005 por Richard Wigg, un historiador no muy serio que atribuye a Churchill la supervivencia del franquismo. La carta, empero, tiene el mayor interés histórico.
Aranda empieza así:
Una vez más acude confiada la Nación española a la generosidad y comprensión de la inglesa como único medio de terminar con un Régimen de tiranía que se oculta tras la farsa y que es tan sólo la trágica caricatura del nazismo y el fascismo, aunque hoy lo nieguen sus beneficiados por temor a participar en el mismo fin. La situación ha llegado a un grado de indignidad tan insoportable que favorece el proselitismo de los extremistas de izquierda y si no se le pone remedio urgente hará estallar en breve plazo la guerra civil latente (...) A evitar esta catástrofe tienden solamente estas líneas, apasionadas sin duda de amor a España y a la Libertad, pero sinceras y desprovistas de todo odio, rencor o interés personal.
Después asegura:
No se pide intervención ni ayuda material alguna; sólo, y es bastante, que Inglaterra nos escuche y nos comprenda; que deje de apoyar la dictadura imperante en la seguridad de que interpreta el sentir de la inmensa mayoría de la Nación y de que los intereses de Inglaterra quedarán mejor garantizados. Solo pedimos que los ingleses no sostengan en España lo que rechazarían indignados en Inglaterra.
Según Aranda, el franquismo se había sostenido tan solo por el apoyo alemán, pero "desde 1943, Franco y el Partido vienen proclamando contar con el apoyo de los Aliados (excepto Rusia) para ahora y para después de la guerra; la masa menos culta lo cree, y ha reaccionado violentamente creyéndolo un absurdo dada la oposición absoluta de ideas" (sic. La sintaxis de Aranda es bastante embrollada). La Falange, odiada por el 95% de la población y por el ejército, sería "una pobre creación artificiosa y servil de un dictador", y estaría en "plena descomposición". "España está hoy más dividida y más desigualmente que en los peores días de nuestra guerra civil". A su juicio la solución sería una monarquía
que sea conservadora en la defensa de lo permanente, llena de autoridad y fuerza, pero que en lo social vaya resueltamente a la solución de los problemas urgentes. (...) Que se apoye en nuevos partidos (procurando crear despacio un partido de centro) y utilice nuevas personas. Muy fundamentalmente que no sea deudora de una minoría y gobierne desde el primer momento para todos, incorporando a su programa y régimen las masas moderadas de izquierda y restituyendo las libertades a medida que vaya arraigando su prestigio.
Imagino que la letanía retórica final haría sonreír a Churchill, como a cualquier político avezado, por lo pueril y contradictoria. Una monarquía llena de una "autoridad y fuerza" de la que carecía casi por completo en la izquierda o en la derecha, apoyada en "nuevos partidos" forzosamente improvisados y sin arraigo, y en nuevas personas (evidentemente, Aranda pensaba en sí mismo), e "incorporando" a unas izquierdas moderadas que simplemente no existían entonces. Y también "restituyendo las libertades", eso sí, poco a poco, según arraigara un prestigio y una fuerza que en esas condiciones nunca alcanzaría, ni siquiera bajo protectorado inglés.

Aranda demuestra una asombrosa ignorancia sobre la política internacional: no sospechaba siquiera que Inglaterra había salido de la guerra en bancarrota y con un pueblo totalmente harto de sangre, sudor y lágrimas, como demostraría pronto al echar a Churchill y sustituirlo por Attlee, mucho más pro soviético y pro Frente Popular español. Se atrevía, presentándose como "la Nación española", a invocar una "generosidad y comprensión" inglesas que con respecto a España tenían sus manifestaciones más claras en la colonia de Gibraltar y, más recientemente, en el semiestrangulamiento de la economía española, que tanta parte había tenido en el hambre de varios de aquellos años. Ignoraba asimismo lo mucho que Inglaterra debía a la política de Franco, el cual había mantenido a España al margen de la guerra para enorme beneficio, quizá incluso salvación, en algunos momentos, de Gran Bretaña (algo que Churchill tenía muy presente, por lo demás). Y, absurdamente, no le pedía intervenir en España, sino solo retirar el apoyo al régimen, cuando su propio y peculiar análisis de la situación demostraba que no había ninguna fuerza dentro del país capaz de derribar al Caudillo. Por lo demás, Churchill no apoyó realmente a Franco, solo se limitó a no extremar las medidas contra él –por muy buenas razones–. Y bien pronto los vencedores de Alemania hicieron algo más que privar de apoyo al franquismo: lo hostigaron, intentaron aislarle y apoyaron de diversos modos a la oposición, incluso a la guerrilla o maquis, sin lograr tampoco hacerle caer.

El análisis arandeño de la situación interna no resulta menos extravagante. No había, para empezar, peligro alguno de guerra civil, pues los desórdenes e intentonas que pudieran propiciar conspiradores como Aranda carecían de cualquier respaldo popular y serían desarticulados sin dificultad: la policía estaba al corriente de esas intrigas, y en casi cualquier otro régimen el propio Aranda habría sido fusilado. Tampoco existían las temidas "masas izquierdistas": después de la experiencia del Frente Popular, con sus hambres, persecuciones, guerras civiles internas, la huida de los jefes llevándose ingentes tesoros robados y dejando abandonados a sus seguidores, los antiguos votantes de izquierdas habían perdido toda nostalgia del pasado, como comprobaban los comunistas en sus desesperados intentos de reorganización bajo la bandera de "la república". La única posibilidad real de guerra civil venía de una intervención armada exterior para destruir al régimen y poner en el poder a monárquicos tipo Aranda. Esto lo entendía muy bien Churchill: una nueva guerra civil en España habría puesto en el mayor peligro el intento de asentar unas democracias en Francia y en Italia, y de ahí la cautela churchilliana hacia Franco, máxime sabiendo la inconsistencia de los antifranquistas, bien demostrada en documentos como la carta de Aranda.

Por lo demás, tampoco era la Falange tan impopular, ni muchísimo menos, ni el régimen había sido nunca "una trágica caricatura del nazismo y del fascismo", ni había vivido gracias al apoyo alemán ni al apoyo aliado. Lo que ocurría era que Aranda, como casi todo el mundo, daba por descontado que con la derrota alemana vendría la caída de Franco: el embajador de Stalin en Usa anunciaría pronto que el Caudillo sería juzgado como "criminal de guerra", y ¿cómo iba a resistir el Caudillo la decisión de Stalin, Roosevelt y Churchill en Yalta? A los súbitos amantes de la Libertad y la Patria les daba igual que Franco hubiera librado al país de la revolución, lo hubiera mantenido fuera de la guerra mundial y, en condiciones muy arduas, hubiera logrado éxitos considerables en economía, expansión educativa, sanidad, etc. El régimen estaba condenado porque así lo habían decidido los Tres Grandes, y era el momento de ofrecerse a los vencedores, como hacían a su vez los exiliados, peleándose entre ellos por situarse en las mejores posiciones. También se peleaban sordamente los monárquicos: Gil-Robles expone con profundo desagrado "el deseo vehementísimo de Aranda de ser el hombre de la restauración" monárquica. Y debe reconocerse que posibilidades de derrumbe del régimen eran reales: habría bastado que sus máximos dirigentes flaqueasen. Entonces el maquis habría cobrado verdadero peligro, las querellas entre los antifranquistas habrían abocado con toda probabilidad a una guerra civil y a la intervención armada de los Aliados, como ocurriría en Grecia.


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