CRóNICAS REALES
Un Rey emocionado
Por José Apezarena
Las ojeras que don Juan Carlos mostraba aquella mañana del 22 de noviembre de 1975, producto de una noche pasada en blanco puliendo línea a línea, palabra a palabra, su decisivo discurso ante las Cortes como nuevo Rey de España, han estado otra vez presentes, veinticinco años después, en la solemne sesión celebrada el miércoles, en el viejo caserón de la Carrera de San Jerónimo.
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Pero en esta ocasión los deterioros visuales no se han debido a la falta de horas de sueño, ni a la preocupación que le embargaba aquella primera vez por la larga tarea que le esperaba, cuyo futuro resultaba, además, incierto. Ahora don Juan Carlos lo que expresaba con esos ojos afectados era emoción, una profunda emoción, que se le notó.
A su recuerdo venían durante esos minutos, sentado frente a los diputados y senadores de nuestra joven democracia, el camino hecho, los obstáculos salvados, la meta alcanzada. Y el Rey no podía evitar sentirse conmovido.
Finalizada la sesión, y cuando abandonaban el estrado, doña Sofía, que conoce bien -porque la vivió en primera persona- aquella ceremonia de hace veinticinco años, y también los sentimientos que embargaban ahora a su marido, le expresó su cariño y felicitación agarrándole del brazo. Otra vez, la Reina, compañera, amiga, cómplice de don Juan Carlos, como cuando empezaron, cuando -como ella ha dicho- “no éramos nadie”.
Y el sentimiento contenido estalló también en una apretado abrazo a José María Aznar, que en ese momento estaba igualmente a su lado. Alguien tenía que recibir la descarga emocional, esa felicitación a todos, y a sí mismo, por la obra realizada.
Don Juan Carlos es -lo ha sido desde siempre- hombre de corazón. En ocasiones, ese impulso le ha llegado a poder. Por eso, en la celebración de su aniversario -insisto, una conmemoración más bien parca que otra cosa, y, desde luego, ennegrecida por el terrorismo- no pudo por menos que dejarse llevar de la emoción. Y eso -creo- hasta es bueno.

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