EXPOSICIONES
Un recorrido por el retrato femenino
Por Pablo Jimenez
El Museo Municipal de Madrid acaba de presentar una exposición que con el título "El retrato elegante" plantea un recorrido por el retrato femenino a través de una larga sesentena de obras de los artistas más conocidos del cambio de siglo. La exposición pretende plantear las transformaciones en el gusto, no sólo estético, sino general, desde mediados del siglo pasado hasta nuestra guerra civil.
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Intentando descubrir cómo a través del retrato se produce una escenografía de la vida, de la vida moderna en este caso, y cómo, al mismo tiempo, se nos explica no sólo la ascensión de una nueva clase social como la burguesía al poder, sino también los sucesivos cambios de valores que se reflejan tanto en la manera de vestir como en las actitudes y los gestos.
Pero, además la exposición sirve para plantear una reflexión sobre el retrato como género artístico y su pervivencia en el mundo de la estética moderna. El retrato es uno de los géneros artísticos más antiguos. Desde los egipcios conservamos ejemplos de este arte de mostrar no sólo la imagen sino también el poder y el esplendor de los poderosos. La historia de occidente, nuestra historia sería incomprensible sino concediéramos al retrato la importancia que se merece.
Y es que resulta más que curioso esto del retratar y ver retratados a los demás. En principio, si algo debiese definir a un retrato es el parecido físico. Pero, entonces, ¿Por qué nos siguen fascinando los retratos de personas que nunca conocimos ni conoceremos? ¿Qué sentido tiene esa fascinación que producen esos personajes cuyo secreto se llevó la historia? Además, la cuestión se complica más en la época en la que vivimos ya que lo importante del retrato es, por encima del parecido, el propio talento pictórico del retratante.
Y es que en una época como ésta que, desde el punto de vista artístico, se caracteriza fundamentalmente por la desintegración de los géneros tradicionales, ¿es lícito seguir hablando del retrato? Resulta evidente, y no sólo cuando hablamos de modernidad y de arte contemporáneo que todo género encierra en sí mismo sus propios problemas de identidad y plantea siempre, desde la misma fórmula de su definición, la incertidumbre de sus límites. Entendemos, en general, por retrato, o tendemos a entender una categoría estanca, perfectamente cerrada y delimitada por una definición de principio: la de la imagen de un determinado personaje, la imagen de un individuo, representado de busto o de cuerpo entero, estático o en movimiento, sobre un fondo neutro, un interior o un paisaje, o incluso tal y como veremos más adelante, como un mero signo pictórico entre otros muchos signos. Pero desde la antigüedad a nuestros días, por mucho que los cambios que se producen en este siglo hayan sido especialmente drásticos e inclementes con la tradición, no resulta demasiado difícil encontrar ejemplos que parecen empeñados en poner a prueba la elasticidad de esta formula.
Aun con todo ello, hay que reconocer que a la hora de hablar del retrato contemporáneo los problemas que se plantean son también más drásticos y el terreno en el que nos movemos es mucho más resbaladizo que lo que pudiera ser en la tradición. Y eso aunque sólo fuera por el hecho de encontrarnos ante un arte que pretende desligarse de su función representativa e internarse por los caminos de la interpretación, o caminos meramente formales sin referente reconocible, abandonar la reproducción de la realidad visual para pasar a interpretar y a definir un determinado sentimiento de la propia realidad, algo que de forma más que evidente da al traste con conceptos que pueden ser fundamentales en este asunto como resulta ser el del parecido. "Ya se le parecerá", se cuenta que le dijo Picasso al hermano de Gertrude Stein cuando éste mostraba su sorpresa ante el hoy más que famoso cuadro; aunque también parece oportuno recordar que cuando se le reprochó a Miguel Angel, en la pintura de unos frescos, la falta de parecido de algunos de los personajes se dice que comentó: "¿Qué le importará a los hombres de dentro de cuatrocientos años que se parezcan o no?". Proféticas palabras, si no las tomamos en su sentido literal, ya que es evidente que sin tener que llegar a los cuatrocientos años, lo del parecido, no ya de esos personajes, sino en general, parece interesar a muy pocos, al menos a muy pocos de aquellos que, de una forma u otra, mantienen viva, en el arte contemporáneo la vieja tradición del retrato.
Estas y estos elegantes que nos miran desde la exposición que acaba de inaugurarse nos van a contar también la evolución de la pintura en esos años que arrancan del romanticismo y llegan a las vanguardias. Pero sobre todo nos van a contar qué es lo importante en cada momento. Qué es lo que nos define frente a los demás. Porque, en definitiva un retrato no es más que una manera de definirnos en un mundo como en el que vivimos en el que lo individual va perdiendo sus perfiles. Un mundo moderno que tiende a convertirse en un mundo sin clases sociales y sin sexos.