DRAGONES Y MAZMORRAS
Un mundo inhabitable
Por Julia Escobar
Los meses de enero, febrero y marzo han sido siempre considerados como "fechas bajas", en las que se publican los títulos menos destacados desde el punto de vista comercial. Se supone que todo el mundo ha comprado ya los libros de texto (el curso está a la mitad), que han pasado las fechas de los regalos de Navidad y que todavía falta bastante para que asome el otro gran hito editorial: la feria del libro de Madrid, preludio de las lecturas de verano, que para algunos son las únicas del año. Y sin embargo he leído en alguna parte que la mayor parte de los libros se compran durante el primer trimestre del año. ¿Cómo se explica este misterio?
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Si el dato es cierto esto quiere decir que así como la mayor parte de los títulos que se publican en las llamadas "fechas claves" son de relumbrón, también lo son sus lectores y que los verdaderos compradores de libros aprovechan esos meses huérfanos para ponerse las botas, sin tener que sufrir las pilas de novedades que no dejan ver el bosque. Me gusta esta idea; me reconforta pensar que el mercado todavía vive gracias a un grupo de lectores puristas (y pudientes) que lo evitan cuando está saturado de productos híbridos. Para estos fieles parroquianos, las librerías a partir de abril se convierten en lugares inhabitables.
Como inhabitable se está convirtiendo también el mundo para algunos escritores con este asunto de los plagios y la defensa de los derechos de autor. Que no se me interprete de manera torcida: los derechos de autor, en cualquiera de sus vertientes: creación, adaptación, traducción, etc.son sagrados. Y, en ese sentido los españoles tenemos una ley modélica, la Ley de Propiedad Intelectual de 1987, tan generosa que aquí no podría haberse dado el caso de Alice Randall, a la que han prohibido judicialmente publicar una parodia de Lo que el viento se llevó. Yo encuentro esta decisión de lo más discutible y creo que los americanos llevan demasiado lejos el principio de propiedad intelectual. Sobre todo los herederos de Margaret Mitchell, la cual, (como muy bien recuerda Martine Silber, una amiga mía francesa, periodista del diario Le Monde que sabe mucho del caso), no parece que desconociera a su vez la novela de Julia Peterkin Scarlett Sister Mary, que obtuvo el premio Pullitzer en 1929, en la que se cuenta la vida en una plantación del Sur, durante el siglo XIX. ¿Les recuerda a algo?
Pues bien, los celosos herederos de la Mitchell llevan persiguiendo a varias generaciones de autores del mundo entero con el propósito de que no les roben lo que consideran de su exclusiva propiedad. Durante siete años intentaron proceder judicialmente contra la francesa Régine Desforges por su novela La byciclette bleu, publicada en 1987. Fue en vano. Tampoco pudieron hacer nada contra Yuliya Hilpatrik, pseudónimo que oculta a una serie de escritores rusos que han publicado en Rusia varias novelas rosa con títulos tan sugestivos como como La llamaban Escarlata, El secreto de Escarlata y El último amor de Escarlata. Sin embargo, en 1979 acabaron con una comedia titulada algo así como La escarlatina y fueron bastantes los autores a los que negaron la autorización para que "continuaran" la famosa novela. Sólo lo consiguió Alexandra Rippley, como todo el mundo sabe, y al parecer hay otra novelista que prepara un tercer ataque, también debidamente autorizado.
Pero sepan que no es el único caso, también el hijo de Nabokov ha conseguido quedarse con el 5% de los derechos de autor de unos "Diarios de Lolita" en los que la novelista Pia Pera narra la escabrosa historia desde el punto de vista de la "nínfula". Todo hay que decirlo: Dimitri Nabokov entregó lo recaudado a una asociación de escritores. ¡Imagínense la gracia que le habría hecho a Ramón Tamames si hubiera tenido que darle a CEDRO o a la SGAE la mitad de los derechos de su novela inspirada en La Regenta! Pero no demos ideas.
Francamente, me parece excesivo, sobre todo porque la historia de la literatura es la historia de una larga digestión de historias. Recuperar un personaje o un argumento par dar otra versión de los hechos, con nuevos planteamientos, lejos de constituir un plagio, hay que entenderlo más bien como un enriquecimiento o como una regocijante diversión. Da reparo citar lo mil veces citado pero ¿qué habría sido de Shakespeare, qué habría ocurrido con nuestros autores del Siglo de Oro, qué con Racine, Molière, Goethe y un etcétera tan largo como una enciclopedia de la literatura universal, de haberle nacido prematuramente a la humanidad un sentido tan puntilloso y tan literal de la propiedad intelectual? Pues que ahora las librerías, durante ese extrañamente provechoso primer trimestre del año, estarían doblemente vacías. Ni más ni menos.

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