Este decálogo de política económica es el resultado de la experiencia de los países exitosos, que han sabido cambiar sus estructuras para ser más eficientes. Ahora sabemos que el costo del gobierno puede ser excesivo y convertirse en una verdadera carga para la sociedad moderna.
En el pasado, cuando el crecimiento económico era resultado de la capacidad de movilizar autoritariamente los recursos nacionales en alguna dirección, el tamaño del gobierno y su capacidad centralizadora fueron “activos” importantes. Muchos regímenes autoritarios del siglo XX fueron relativamente exitosos durante algún tiempo. Los gobiernos de la Unión Soviética, entre 1922 y 1970, y la Alemania Nazi mostraron lo que podían lograr tales sistemas. México fue otro ejemplo de régimen movilizador entre 1940 y 1982. En cambio, el esfuerzo movilizador autoritario de la China de Mao Zedong de 1949 a 1976 terminó en un sonoro fracaso. ¿Había cambiado el mundo o era China diferente? Probablemente ambas cosas. Los regímenes autoritarios y centralizadores fueron relativamente exitosos durante la fase de la llamada industrialización paleotécnica. Esa etapa de la industria estaba basada en los combustibles fósiles y el uso del hierro y del acero. Eso exigía grandes tamaños y una eficiente administración burocrática.
México comenzó ese proceso en los años 40; fue la etapa del mal llamado “milagro mexicano.” Nunca fuimos verdaderamente exitosos, aunque mejoró el nivel de vida. La población creció, se alargó la expectativa de vida y aún la estatura promedio de los mexicanos aumentó como resultado de una mejor alimentación y mejores condiciones de salud.
China, en cambio, con una enorme población campesina dispersa en su inmenso territorio se encontraba mal preparada para lograr una movilización intensiva y centralizada de los pocos recursos con los que contaba. El énfasis maoísta en la pureza ideológica tampoco ayudó. Lo que se lograba en un momento, se destruía en el siguiente. La “revolución cultural” y el “gran salto adelante” dieron como resultado inmediato dos grandes retrocesos económicos para China. Sólo después de la muerte de Mao, con la nueva política económica descentralizadora y pragmática de Deng Xiaoping, China inicia un explosivo crecimiento económico que la podría convertir en una de las grandes potencias económicas del siglo XXI.
Y es que la nueva economía, la economía de la información, requiere no tanto movilizar recursos, sino promover la creatividad individual. Las actividades neotécnicas están basadas fundamentalmente en procesos descentralizados y desburocratizados, desregulados y privatizados, de alta calidad, regidos por los mercados. Así, las diez acciones del decálogo Mundelliano son simplemente los requisitos para ser exitosos en el mundo globalizado de la nueva economía.
En esta nueva economía, la palabra clave parece ser “calidad y más calidad”, ya que la globalización y las comunicaciones han convertido al planeta en una pequeña aldea en la que todos competimos contra todos: gobiernos contra gobiernos, industrias contra industrias y consumidores contra consumidores. Es una realidad de la que no podremos escaparnos sino a costa de convertirnos en verdaderos fósiles vivientes. Sólo si el gobierno instrumenta el decálogo podremos convertirnos en un país exitoso.
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AIPERoberto Blum es presidente del
CILACE, fundación privada mexicana de estudios públicos.