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13 de Abril de 2001

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Un café al amanecer

Por Agustín Jiménez

A las cuatro de la mañana, Robert Ludlum se ponía a hacer café. Cuando el café empezaba a hacer gárgaras, se ponían en marcha las pesadillas y él las describía para nosotros en largas jornadas de trabajo. Desde que, en 1971, publicó "The Scarlatti Inheritance", fue acumulando veintitantos bestsellers que han leído ávidos doscientos millones de seres humanos. Las pesadillas han sobrepasado las particularidades de setenta y pico países distintos agrupados en treinta y dos lenguas, lo que prueba que la gente tiene miedos comunes o que los magnates de la ficción americana han impuesto sus miedos a todo el planeta. ¡Extraña responsabilidad la que tenía este hombre, de quien los críticos decían que encontraba sus personajes en las etiquetas de los paquetes de cereales! Los críticos decían eso con despecho porque las novelas de Ludlum los tenían despiertos hasta altas horas de la noche.
Ludlum era muy malo, pero sus novelas había que acabarlas. Él mismo nunca pensó que fuera Shakespeare —"nosotros, los escritores comerciales..."— y nunca dio la impresión de creer que la musa le había regalado secretos privilegiados. Un día, en una entrevista en la que salieron a colación los celos y las insidias de la profesión, declaraba como un rústico bendito: "¡Por Dios, con las patatas que hay en la mesa de esta pensión!" Seguro que Goethe no está de acuerdo con la comparación —el tal Ludlum era sin ninguna duda un simple de espíritu—, pero hay quien cree que frases así mostraban que era un tío generoso, incluso honrado. En la misma entrevista (una que le hizo Martin H. Greenberg, por si tienen oportunidad y gana de leerla), Ludlum, a quien los críticos apresurados denostaban por lo elemental de sus personajes —aunque aún no han explicado por qué los héroes de la mitología son arquetipos grandiosos y los de las novelas populares unos pelandruscos—, se oponía así a los esquemas de Reagan que, en su calidad de mitógrafo electo de su gran país, acababa de identificar a los rusos como el "imperio del mal": "Cuando un país pierde veinte millones de seres humanos en una guerra en la que luchamos juntos, yo no puedo llamar a esa gente, cualesquiera que sean los errores de su gobierno, un imperio del mal".

Esa frase proporciona algunas claves para la obra de Ludlum. Autores de epopeya y prosopopeya, estilo Clancy, han hecho su agosto explotando la idea de la cruzada. El asentador de tal corriente filosófica fue sin ninguna duda Ian Fleming con sus novelas de James Bond, aunque el mérito de iniciar el estilo correspondió probablemente a su compatriota Eric Ambler. Ambler, hoy relativamente olvidado, fue el primero que compaginó suspense y literatura. Quien se aburra con Clancy, puede hojear "Coffin for Dimitrios", aquellos "Journey into Fear" o "Passage of Arms", el comentadísimo "To Catch a Spy"" y así. Los personajes de Ludlum no tienen claros los bandos de la lucha. Normalmente no tienen claro ni quiénes son ellos mismos. Son, por ejemplo, pacíficos profesores de universidad que un día reciben una revelación trastornadora y descubren que a lo mejor son máquinas de matar, que bucean en su pasado y tienen serias dudas sobre su futuro.

Ludlum se integra mucho mejor en una corriente a lo Conan Doyle, aquel excéntrico escritor de teosofías. Cuando divaga sobre su buen historial, Sherlock Holmes alude con frecuencia a su resolución de crisis tremendas que pusieron en peligro el curso de las monarquías y la seguridad de la Historia. Lo que no impide que Sherlock Holmes fuera un burgués de pipa y bata, lo que no hay forma de afirmarlo de James Bond. Y puede parecer una ramplonería, pero los personajes de Ludlum no dejan de representarnos a los burgueses modernos, aficionados a un poco de acción, pero, en el fondo, anclados en las comodidades rutinarias y ansiosos de una buena posición.

Pues ¿qué quieren los personajes? Está clarísimo: establecerse. Pero no los dejan. Cuando les va bien, se enteran de que, en realidad, se llaman Jason Bourne y que tienen que salir a pelearse contra Carlos, que es su Moriarty particular. Si se niegan a aceptar su identidad, otro se la usurpa y, para que nadie profane falsamente su nombre supuesto, se avienen a un teatro en que no saben de qué actúan ni qué realidad persiguen. Es el argumento de "The Bourne Supremacy", que se mantuvo veinticinco semanas seguidas en la lista de superventas del New York Times. Si el apelativo no estuviera gastado, diríamos que Bourne es un personaje de Kafka, el pobre judío de Praga que pasó su vida aspirando a ser normal ("Cartas a mi padre"). Bourne y los otros personajes de Ludlum se enfrentan a cosas tan raras como las de los héroes de Kafka.

Ludlum reconocía que sufría de la paranoia de autoridad. Así que, igual que Kafka se batía con su compañía de seguros, Bourne y los otros son hombres batiéndose con las telarañas: el grupo Prometeo, el consorcio Medusa, el círculo de los Matarese, la amenaza de Aquitania, el Directorio. Descubrir que uno es Jason Bourne o que no es Jonas Barrett ("The Prometheus Deception") debe de hacer tan poca gracia como amanecer metamorfoseado en un insecto. Y, partir de ahí, arreciarán los peligros: la autoridad en general pero, de forma más concreta, los "gobiernos secretos" ("Trevayne"), los nazis renacidos ("The Holcroft Covenant", "The Apocalypse Watch"), los fundamentalistas árabes ("The Icarus Agenda") e incluso las mujeres malas ("The Scorpio Illusion"). En el último libro ,"The Hades Factor", escrito en colaboración con Gayle Linds, Ludlum se enfrenta a nuestro enemigo más actual: un virus de la cepa de Ébola.

Pero ¿este señor se tomaba en serio? Pues sí y no. En medio de tanto apocalipsis, encontró tiempo para escribir dos novelas que son para partirse de risa: "The Road to Gandolfo" y "The Road to Omaha". Los protagonistas son los mismos: un general expulsado del cuerpo y un abogado desgarbado de seso. Podían ser hijos de Chester Himes. En el primer libro, tratan de raptar al Papa y cambiarlo por unos cromos más sustanciosos: un dólar por cada católico del mundo. En el segundo, los mismos reclaman directamente a la administración la propiedad del estado de Nebraska.

No lo obtuvieron, y tampoco ha obtenido la inmortalidad Robert Ludlum, que se apagó un día de marzo del corriente y ya no tomará más cafés escribiendo para nosotros desde el amanecer.
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