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30 de Marzo de 2001

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EL PRESIDENTE PUTIN

Un año después de las elecciones

Por Víctor A. Cheretski

Hace precisamente un año que millones de rusos votaron, en las elecciones presidenciales, a un hombre completamente desconocido, tanto dentro como fuera de su país. Vladímir Vladímirovich Putin, un teniente-coronel retirado del KGB, pasó a ser presidente del país más grande del mundo.
¿Por qué le votaron? Unos, porque no se le conocían escándalos escabrosos. Otros, porque parecía una persona normal y corriente, uno de los millones de rusos, silenciosos y modestos. Y todos juntos, porque veían detrás de su mirada fría una voluntad de hierro capaz de devolverles un Estado fuerte. Una fortaleza que tanto les ha gustado a los rusos a lo largo de su historia.

Y tenían razón. Sin ninguna piedad, haciendo caso omiso de las protestas internacionales, Putin arrasó la región separatista de Chechenia. Esta vez no hubo protestas internas como durante la primera guerra de 1994-1996 bajo la tutela del senil Yeltsin. Putin no vaciló como su antecesor: “los separatistas son unos asesinos y hay que acabar con ellos”. Cientos de civiles chechenos, que murieron en los bombardeos rusos, fueron catalogados como "víctimas lamentables”, producidas, por supuesto, por culpa de la guerrilla.

El mismo Putin sigue desempeñando su papel de “modesto” y casi nunca habla de sus “éxitos”. Para eso tiene un ejército de profesionales. Estos días de su primer aniversario han escrito cientos de artículos, dedicados a quien no paran de comparar con el zar Pedro el Grande, creador, a principios del siglo XVIII, del imperio ruso, de la flota y de San Petersburgo.

Otro gran “mérito” de la época putiniense, según estos politólogos, es la “desprivatización del Estado”. “Gracias a los esfuerzos de Putin, el Estado fue arrebatado de las manos corruptas de oligarcas financieros y regionales y devuelto a la nación”, escribe Serguey Márkov, director del prestigioso Instituto de Estudios Políticos. El politólogo se refiere a que en los tiempos del anterior presidente Yeltsin, un puñado de empresarios sin escrúpulos manejaba la política del país en beneficio de sus propios intereses económicos.

La lucha contra los oligarcas, que para el pueblo ruso fueron el símbolo de todas sus desgracias, ha proporcionado a Putin una popularidad sin límites comparable, según la prensa, sólo con la del antiguo dictador, Iosif Stalin. Para muchos rusos ya no es una persona normal, sino un legendario guerrero que vence al dragón, opresor de la madre Rusia.

Una de las “cabezas” de este “monstruo”, el magnate Borís Berezovski, se refugia, hoy en día, en París, en compañía de jovencísimas modelos que “patrocina” como “admirador del arte y de la belleza”. Otros oligarcas han tenido menos suerte. Vladimir Gusinski pasa el rato libre en España, entre su mansión en Sotogrande y la celda en Valdemoro, su segunda residencia. El rey del aluminio, el oligarca, Mijaíl Cherni, está acosado por la policía israelí, mientras los demás lo pasan aún peor: detrás de las rejas en la propia Rusia.

Y sólo unos pocos han podido reaccionar de forma adecuada y a tiempo. Ahora son más putinistas que el propio Putin. Hacen grandes donaciones “voluntarias” para el partido presidencialista, “Yedinstvo” (Unidad), y se declaran servidores de la “grandeza de Rusia”, igual que su “adorado” presidente.

A las medidas “anti-oligarcas” se añade la persecución de los caciques regionales que gozaban de enormes poderes en los tiempos de Yeltsin. Putin nombró a sus supervisores en todas las regiones de Rusia y destituyó y castigó a los que se consideraban demasiado independientes. A todos los jefes regionales les echó de la Cámara Alta del parlamento para que no pudiesen influir en la política del Estado.

Mientras tanto, la oposición democrática ve en toda esta política de Putin sólo un propósito: hacerse con el poder absoluto en Rusia. Hay bastantes razones para esta conclusión. Por ejemplo, los puestos claves del Estado pasan, poco a poco, a manos del “grupo de San Petersburgo”. Éste último está compuesto por antiguos compañeros de Putin del KGB, sus fieles amigos y paisanos. Su ascenso se debe más bien a su lealtad al mandatario que al profesionalismo o la experiencia política. El último ejemplo ha sido el nombramiento de Borís Grizlov, un ingeniero electrónico, novato en la política, como titular de Interior.

Pero lo peor, según la oposición, es que Putin ve la grandeza de Rusia en su versión bolchevique. Y no se trata sólo de que haya restaurado los símbolos del pasado comunista: el himno y la bandera del Ejército. Siguiendo los antiguos principios, no ha movido ni un dedo para intentar mejorar la desastrosa situación socio-económica del país. No ha aprovechado, con estos propósitos, los grandes beneficios que obtuvo Rusia gracias a los altos precios internacionales del petróleo.

Y es que la principal preocupación del presidente son las Fuerzas Armadas y la industria militar. Ahí, sí que dedica fondos suplementarios y realiza las reformas.

Esta misma postura de grandeza mal interpretada se refleja en la política internacional de Putin. Se restablecen las relaciones privilegiadas con los antiguos socios de la URSS, marginados por la comunidad internacional, como Irak, Cuba o Corea del Norte, y se venden armas a los países de política dudosa, como Irán, en pleno desafío a la opinión pública.
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