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13 de Abril de 2001

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POLéMICA

Tusell y el liberalismo

Por Jesús Gómez Ruiz

Uno de los males más característicos de nuestro tiempo es el relativismo moral e intelectual, y su síntoma más evidente es la reacción alérgica de muchos intelectuales ante cualquier afirmación categórica que no provenga del campo de las ciencias experimentales. Es políticamente incorrecto tener las ideas claras y apoyar las teorías en conceptos y argumentos sólidos. Seguramente porque quienes no tienen las ideas claras, o no pueden oponer otros argumentos igualmente sólidos, o no quieren tomarse la molestia de ser más claros y sistemáticos. De ahí su queja contra el "pensamiento único", denigración omnicomprensiva de la economía liberal.
Javier Tusell opinaba el martes en El País que "quien basa, de entrada, cualquier respuesta a un problema concreto en un genérico repudio del intervencionismo gubernamental o estatal está demostrando en la práctica partir de una solución de fondo que se basa en que todo problema sólo puede tener una correcta solución en todo tiempo y lugar y que las demás, por definición, no lo son de ninguna manera. Eso nos remite a una actitud demasiado abstracta que, por eso mismo, puede resultar muy peligrosa".

Esto es lo que pensaban los cultivadores de la Escuela Histórica Alemana, cuyas secuelas intelectuales pueden rastrearse sin dificultad desde la Alemania de Bismarck hasta la Alemania Nazi, y contra la que contendieron Menger, Jevons y Walras, los fundadores de la Economía moderna, hasta desacreditarla completamente.

La prudencia aristotélica, y el sentido común de la mayoría de la gente, aconseja, entre dos extremos, situarse en el medio, donde mayores probabilidades de verdad hay. Pero se suele olvidar que esos dos extremos han de ser igualmente condenables. Nadie en su sano juicio sostendría que entre la salud y la enfermedad, lo conveniente es estar moderadamente enfermo, que entre el asesinato y el respeto a la vida hay que elegir las palizas, o que entre la libertad y la esclavitud habría que conformarse siempre con la servidumbre.

Este último parece ser el punto de vista del sr. Tusell, quien en su artículo hace una amalgama cochambrosa de ingeniería social, jacobinismo, totalitarismo y liberalismo; no sabemos si porque no tiene las ideas demasiado claras o porque quiere, deliberadamente, desacreditar el liberalismo, cuyos valores, según él, ya están plenamente asumidos, y cuya época ya ha pasado.
Existen absolutos morales y leyes económicas, de cuyo respeto y observancia dependen la conservación y el progreso de la sociedad, y, lo quiera Tusell o no, esos absolutos y esas leyes no dependen de la época histórica o de las circunstancias del momento, porque existe una naturaleza humana de la que dependen; ya que, de no existir, no tendría sentido escribir la Historia.

El sr. Tusell parece no darse cuenta de que un liberal de verdad, muy leído o poco leído (él, por lo que cita de Isaiah Berlin sobre la tolerancia y la competencia entre ideas, parece no haber leído a Hayek, quien lo formula mucho mejor) lo que verdaderamente quiere es que le dejen cooperar con sus conciudadanos cuando él lo quiera, no por obligación, y que no se use el poder coactivo del Estado para privarle de su libertad y de su hacienda con el pretexto de la atención a los desfavorecidos, de la igualdad, o de sagradas misiones históricas de la patria. Lejos de la mente de cualquier liberal de verdad el intentar imponer sistemas, convicciones o modos de vida a sus conciudadanos, que es precisamente lo que hace el Estado a través de la educación y los impuestos.

Son precisamente los que han ahondado en el pensamiento totalitario desde la honradez intelectual y los que lo han sufrido en sus carnes quienes se dan cuenta de que no existen, como dice Tusell, "pócimas, ungüentos o piedras filosofales", y de que la diferencia entre el Estado Social y el Estado Social-ista, sufijos aparte, es sólo de grado, no de esencia. De ahí que entre las filas liberales abunden tanto los ex-castristas, los ex-maoístas, los ex-estalinistas y los ex-totalitarios en general, a quienes el sr. Tusell, en un arranque de "generosidad", no menciona. Ellos ya han probado lo que da de sí la falta de libertad y no quieren que se le arrebate a nadie ni un sólo ápice más.

Pero, si defender la libertad individual frente a la intromisión y la violencia del Estado le convierte a uno en protototalitario y en jacobino, ¿cómo habría que calificar al sr. Tusell?
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