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8 de Junio de 2001

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FUNCIONAMIENTO DEL MERCADO

Tuertos o hemipléjicos

Por José Ignacio del Castillo

Las viejas suspicacias contra el funcionamiento del mercado siguen impregnando declaraciones políticas y exposiciones de motivos legales. Quizás sea verdad que los enemigos del mercado ya no aspiran a eliminar por completo el sistema basado en la propiedad privada, la libre contratación y la libertad de precios. La inviabilidad de alternativas que permitan proporcionar niveles mínimos de subsistencia a la población, es algo que la mayor parte de ellos parecen reconocer. Tras décadas de experimentos zoológicos con humanos, el rastro de miseria, muerte y terror es demasiado enorme como para ser ignorado. Sin embargo, existe un campo donde el desborricamiento está tardando lo indecible en llegar. Me refiero a la incapacidad palmaria para comprender el significado y la función de la Economía Financiera.
Por ejemplo, hace pocas semanas el Ministro de Economía argentino Domingo Cavallo anunció un nuevo impuesto a las transacciones financieras, que fue bienvenido por analistas seudo-económicos e ideólogos políticos. El impuesto, supuestamente, no sólo no perjudicaba a la economía “real”, sino que además iba en la línea de castigar la “especulación financiera”. Otras propuestas similares aparecen ya amenazadoras en el horizonte de diversos gobiernos cuya voracidad se ha demostrado insaciable.

Sostener que la economía financiera no tiene relación con la real, es como mirar un balance de situación del que se ha arrancado la parte del pasivo. Es como padecer una hemiplejia y ser incapaz de relacionar la aplicación con el origen de los fondos. Para que me entiendan los legos, es saber qué hay, pero no de quién es cada cosa o a quién se debe cuánto. Vamos, algo muy propio de los socialistas que piensan que las personas son como las abejas que producen miel compulsivamente sin importarles que luego llegue el apicultor y se la arrebate.

Los menos tarugos hasta llegan a comprender el mercado primario de emisión. De acuerdo, dicen, “no vamos a castigar la captación de fondos por las empresas —el motor que transforma el ahorro en inversión creadora de riqueza—, pero sí la especulación en los mercados secundarios de negociación”. Si sólo se tratase de captar fondos, bastaría hacer saqueos periódicos entre la ciudadanía y entregar posteriormente el botín a algún administrador de empresas licenciado. ¡Las ideas de Lenin otra vez!

En realidad, no es posible separar el proceso productivo de los anhelos y acciones de aquellos que lo financian. Es absurdo pensar que se puede arrasar al promotor sin afectar a la obra. El mercado secundario, al canalizar los cambios en la titularidad de la propiedad o de los créditos, cumple funciones indispensables.

Quien necesita consumir sus ahorros antes de que la inversión se transforme en renta puede intercambiar su posición con nuevos ahorradores en busca de prometedoras inversiones. Aquellos que no están sacando todo el partido a las posibilidades de la empresa, quizás por un escaso control sobre el equipo gestor, son sustituidos por nuevos propietarios más perspicaces que adquieren las participaciones a precios satisfactorios. Los acreedores más alerta se deshacen de aquellos títulos cuyo reembolso comienza a peligrar y con ello avisan a la vez a deudores y futuros prestamistas de prácticas intolerables que eventuales quebrados futuros han emprendido.

Se hace difícil de creer que todo esto pueda pasar desapercibido para tanta gente. Imperativo resulta pensar, por el contrario, que la envidia y el resentimiento contra fortunas hechas a través de las finanzas estén detrás de tales ataques. No resulta extraño. Cada vez que se rasca un poco en las ideas socialistas, nos encontramos los mismos patrones.
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