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DRAGONES Y MAZMORRAS

Tristuras

He pasado una temporada de gran ajetreo intracultural, pues sólo así puedo calificar aquellos actos que, sin apenas proyección pública, tienen gran repercusión en la imagen externa de la cultura, como puedan ser la asistencia a jurados literarios, proyectos editoriales, etc, sobre los que hay que correr un tupido velo de discreción, aunque luego siempre haya alguno que se desmande, como Juan Marsé en el caso del último premio Planeta.

Marsé, justamente avergonzado por el resultado (ganó la impresentable Lucía Etxebarría con una novela abominable), supongo, ha dicho a quien le ha querido oír que esa novelista es un bluff. Me imagino la vergüenza que estarán pasando sus compañeros de jurado, solo con que sean mínimamente discretos. Pienso en particular en eruditos tan sesudos como Alberto Blecua, Antonio Prieto, o en poetas tan exquisitos como Pere Gimferrer o Carlos Pujol, que también formaban parte de ese jurado y en lo que habrán tenido que tragar para premiar una novela impregnada de oxitocina, estimulante sustancia que segregan las parturientas y sin la cual Etxbarría ni hubiera sido madre, ni hubiera podido escribir este libro, sobre todo ante imágenes como la de "estaba más pelada que el chocho de la Nancy" y de ahí para arriba. Excluyo a las otras dos componentes del mismo, Rosa Regás y Carmen Posadas, no porque las equipare a Etxebarría (incluso Posadas es mejor escritora que la premiada) pero digamos que están más cerca de entender su sensibilidad, como mujeres, madres y abuelas que son. Mas no quiero anticiparme porque dentro de poco se presenta el premio ante la sociedad lectora y prefiero contarles lo que pienso de la novela (que me he tenido que leer por motivos profesionales) cuando les haga la crónica del evento.
 
Les confieso que la lectura de esta novela ha contribuido a aumentar la tristeza que me acompaña desde que, la semana pasada, me enterara por pura casualidad de la muerte de Eduardo Naval, quien haría al respecto jugosos comentarios. Tristeza, por no haber podido expresar a tiempo mi dolor, pues ninguno de sus amigos nos enteramos hasta varios meses después. Tal como me contó el portero de su finca, ya tuve que acudir a su casa para enterarme de algo, Naval falleció en la soledad de su piso madrileño, víctima de una grave afección pulmonar que arrastraba desde hacía años y que le había convertido en "un crónico", como decía con su gran sentido del humor. Sólo su madre (de 90 años) y sus sobrinos, que viven en México fueron avisados cuando su cadáver fue descubierto por su asistenta al día siguiente. Ni la asociación de traductores a la que pertenecía, ni, que yo sepa, las editoriales en las que trabajaba se enteraron. Si alguna lo supo, no tuvo la consideración de comunicarlo de ninguna manera, al menos en su momento. En particular pienso en Alfaguara para quien Eduardo había traducido la obra de José Saramago, así como la de muchos otros autores portugueses, porque Naval era absolutamente bilingüe y en Portugal le consideraban el mayor lusista español, honor que compartía con José Antonio Llardent, fallecido hace ya muchos años. Personajes con menor trascendencia en la vida cultural española han merecido al morir al menos unas líneas en la sección de necrológicas de los periódicos. No así Naval cuya imagen literaria era lo suficientemente significativa como para dedicarle bastante más que un faldón. Eduardo no era solamente un excelente traductor del portugués, que ya bastaría, sino un escritor (articulista agudo, letrista de la cantante de fado Missia), un editor (fue uno de los fundadores de la editorial Alfaguara), un librero (fundó la librería madrileña El Galeón, todavía abierta) y un hombre bueno e ingenioso. Muchos de esos amigos que nos hemos enterado tan tarde de su muerte, tenemos pensado un acto de recuerdo y de desagravio por esos largos meses en que nos faltó, sin nosotros saberlo, pues todos estábamos acostumbrados a sus largas y voluntarias ausencias y respetábamos su asilamiento y su silencio. Tan importantes son los duelos y los ritos de transición que creo que sólo después de eso podremos asimilar definitivamente su muerte. Descanse en paz.
 
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