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29 de Junio de 2001

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Tres (o cuatro) mujeres infieles

Por Agustín Jiménez

Ahora que se cumplen cien años desde la muerte de Clarín, no estaría mal rememorar en varias muertes novelescas cuyo interés él contribuyó a remover. Clarín , aunque el Espasa lo defina sólo como escritor “intencionado y ameno”, es, por supuesto, el autor de La Regenta, y La Regenta es, por supuesto, la mayor novela moderna compuesta en España. Prueba de que es un bestseller, es que su escultura sigue mirando a Oviedo desde una acera.
El pecado de La Regenta no fue un desliz provinciano aislado en su siglo. Contando a España, tres países consecutivos tuvieron una mujer célebre que —por aburrimiento, pues nunca se trató de amor— fueron infieles en el siglo XIX: Madame Bovary en 1857, Ana Ozores en 1857, Effie Briest —prácticamente una niña— en 1896. Lo de Ana Karenina, de cuya falta se supo en 1875, es un poco diferente: Ana es una señora de gran ciudad; la novela de Tolstoi abre dando cuenta de la infidelidad conyugal del hermano de Ana; el hermano de Ana es amigo de Vronski; Vronski es un tipo más interesante que los amantes de Emma, de la Regenta, de Effi Briest; Tolstoi pensó un tiempo que su personaje era demasiado simple; Tolstoi comenzó a divagar —algunos dicen a chochear— después de componer Ana Karenina... Pero si alguien aún no la ha leído debería apresurarse a hacerlo.

También debería leer la novela de Clarín y la historia de Effie Briest que escribió Theodor Fontane. Los cinéfilos, si es que queda alguno, a lo mejor recuerdan una película que le dedicó Fassbinder. Fassbinder fue un moderno, pero aun para los modernos, Effi Briest es una de las referencias mayores de la literatura alemana. Thomas Mann decía que no debería faltar en una biblioteca de seis libros. Si aún está ausente, en general, de las nuestras, es por la sencillísima razón de que raros son los editores españoles que han leído seis libros.

Adúlteros y adúlteras ha habido siempre. En la literatura caballeresca tuvieron mucha actividad. Isolda, la de Tristán, engañaba a su esposo y nuestro Tristán lo Blanc no paraba. Como tampoco las damas del Dacamerón. Pero hasta el siglo XIX no encontramos de protagonistas a mujeres infieles. ¿Una enfermedad francesa? Vigny les dedicó un poema célebre: “La femme adultère” ( “Mon lit est parfumé d'aloès et de myrrhe”) . Flaubert, Zola y Maupassant les dieron páginas y páginas. Mientras que la Teresa Raquin de Zola narra más bien las horribles consecuencias del adulterio y Bel Ami de Maupassant se concentra en el placer carnal y en el arribismo periodístico y financiero. Flaubert, como luego Clarín, como más tarde Fontane, introducen un tema mucho más hondo que la crítica feroz de un orden periclitado, mucho más lacerante que la posibilidad literaria de un alma femenina: el tema del aburrimiento y de la superación de la realidad gris. “Ennui” (tedio), decía Emma Bovary. “Sehnsucht” (nostalgia), repetía Effi. “La pobre Effi”, la llamaba Fontane. El tedio —o su correlato, la nostalgia— no es asunto exclusivo de las mujeres (Flaubert: “Madame Bovary, c'est moi”) ni, por descontado, del lejano siglo XIX.

Entre esas tres mujeres infieles hay similitudes y desemejanzas. Emma y Ana buscan inicialmente para sus congojas salidas místicas y literarias. De modo más permanente las busca doña Ana Ozores, tan española que, de niña, pretendía escaparse a tierra de moros (como Santa Teresa). Si la seduce un caballero a lo Tenorio (Clarín homenajeó conscientemente en su novela a don José Zorrilla), pero la persigue más un cura. Effi Briest pertenece a una tradición más ilustrada. La religión la menciona sólo de pasada. Tiene un trato fiel con la niñera de su hija, que la acompaña hasta el final, y que representa con desparpajo a la minoría católica de Pomerania. Bernanos (Le curé de campagne) pensará más tarde que la desesperación es catolicismo degradado.

Esa desesperación vulgar que a veces relacionamos con la hora de la siesta. “La heroica ciudad dormía la siesta”, arranca Clarín. Y, cuando Emma llega con su marido a su última residencia, el pueblo les parece un guardián de vacas echando la siesta. Las pasiones de Emma y de Ana acontecen en medios levíticos, que diría Baroja (los tocamientos en las visitas artísticas a las iglesias), pero indiscutiblemente Emma se mueve en un medio más industrioso. Su marido, médico, trabaja con las manos y en su entorno hay quien compone un tratado sobre la elaboración de la sidra (la francesa, no la asturiana). Las dificultades sórdidas del dinero son la clave última de la humillación y muerte de Emma. Más distante, Ana Ozores sólo entrevé a los trabajadores brevemente (una noche al volver de un paseo decidido en uno de sus repentes). La gente que la rodea desgrana su ritmo cansado en el casino o compone libros pomposos, libros plagiados, libros inútiles. De nuevo, Effi es la más ilustrada. El marido de Ana disfruta con los clichés de Calderón (y Clarín hace observar que el teatro está más presente en su novela que en la de Flaubert). Pero el amante de Effi —un simple militar— es capaz de glosar a Heine durante tres páginas. Desde Goethe (Las afinidades electivas), la literatura alemana nos gana en cuanto a conversaciones cultas.

Es la cultura —o la reflexión sobre las circunstancias— lo que, a la postre final, distingue a las tres mujeres. Después del duelo —en que, a diferencia de lo que se resuelve en La Regenta, sucumbe el amante—, Fontane, el marido de Effi, los padres de Effi, padres, sus conocidos y sus criados discurren sobre el concepto del honor. Eso hace de Effi Briest la novela más moderna de las tres. Cierto es que Flaubert escribe con una precisión visual aterradora. Nuestro Clarín es más carnal, más cinematográfico (el plano secuencia inicial con la cámara en el campanario), más complejo y también más brutal (el “beso de sapo” final).

El perro de Emma Bovary se le escapa al campo antes de un traslado. El de Effi la sobrevive y le guarda duelo. Nuestro Clarín es tan brutal, tan español, que Ana Ozores, la Regenta, es, de las tres mujeres infieles y provincianas, la única que no tiene perro.

Don Benito Pérez Galdós creía que La Regenta recogía una tradición de realismo extremo que retornaba desde Europa al país que la había inventado.

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