![]() | Una de las funciones del coro en la tragedia griega consistía en relatar lo obsceno, es decir, aquello que no podía aparecer en la escena, lo que no podía ser técnicamente representado ni humanamente soportable más que a través del desplazamiento que la palabra permite. Así, Edipo sacándose los ojos y Yocasta ahorcándose, o lo que es lo mismo, la criatura humana ante el carácter insoportable de la verdad.
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–Filip Müller [Sonderkommando en Auschwitz)]: Esto les estaba pasando a mis compatriotas... Y me di cuenta de que mi vida ya no tenía valor alguno. ¿Para qué vivir? ¿Por qué? Entonces entré con ellos en el interior de la cámara de gas, y decidí morir. Con ellos. De repente vinieron hacia mí unos que me habían reconocido. Porque en varias ocasiones, con mis amigos cerrajeros, habíamos ido al campo de las familias. Un pequeño grupo de mujeres se acercó a mí. Me miraron y me dijeron.
–Claude Lanzmann: ¿Ya dentro de la cámara de gas? ¿Ya estabas dentro?
–F. M.: Sí. Una de ellas me dijo: "Así que quieres morir. Pero no tiene ningún sentido. Tu muerte no nos devolverá la vida. Esto no es un acto. Tienes que salir de aquí, debes ofrecer un testimonio de nuestro sufrimiento, y de la injusticia que nos han hecho".
Lanzmann filma la palabra, y los lugares del Acontecimiento tal como hoy quedan son desmentidos plano a plano por los protagonistas, cuyo relato de los hechos destruye esa placidez inocente, ese olvido inexorable, esa belleza inerte y cruel. No hay resquicio para el pasado en el escrupuloso trato de la imagen. El pasado no se toca. Está en la memoria de los que lo vivieron, en sus palabras ahora. La narración, ese temblor continuado, esa agonía incontenible, esa vergüenza por seguir vivo, es toda la presencia que se precisa, y procede, con timidez y sin retórica, al desmentido de cuanto la imagen puede contener. Las palabras de Müller, por ejemplo, nos remiten a los confines del horror, al destino trágico de ser humano, al interior de la cámara de gas. La secuencia, sin embargo, nos muestra unas ruinas en mitad de una abundante vegetación, otra falacia de los sentidos, otra artimaña del tiempo.–C. Lanzmann: ¿Puede describirlo con precisión?
–Abraham Bomba: Describir con precisión... Esperábamos... De repente el transporte... Mujeres y niños, una riada... Nosotros, los barberos, empezábamos a cortar los cabellos y algunas, yo diría que todas, ya sabían lo que les ocurriría. Intentábamos hacerlo lo mejor posible... Ser tan humanos como fuera posible.
–C. L.: ¡Perdón! ¿Cuando entrabais en la cámara de gas, vosotros ya estabais allí o entrabais detrás de ellas?
–A. B.: Ya lo he dicho: nosotros estábamos primero. Las esperábamos.
–C. L.: ¿Dentro?
–A. B.: Sí, dentro de la cámara de gas.
–C. L.: ¿Y de repente llegaban ellas?
–A. B.: Sí, entraban.
–C. L.: ¿Cómo eran?
–A. B.: Estaban desnudas, sin ropa, totalmente desnudas.
–C .L.: ¿Totalmente desnudas?
–A. B.: Totalmente desnudas. Todas las mujeres y niños.
–C. L.: ¿Los niños también?
–A. B.: Los niños también, porque salían de los barracones después de desnudarse, y debían sacarse la ropa antes de ir a la cámara de gas.
–C. L.: ¿Qué sentisteis la primera vez que las visteis desnudas?
(...)
–C. L.: Os he preguntado qué sentisteis la primera vez que visteis a esas mujeres desnudas y a los niños. No me habéis contestado.
–A. B.: Sabéis, allí no "sentíamos" nada... Era muy duro tener sentimientos: imagínese, trabajar día y noche entre los muertos y los cadáveres. Tus sentimientos desaparecen. Eres como muerto al sentimiento, muerto a todo. Os explicaré una cosa: durante el período que fui barbero en la cámara de gas, llegaron unas mujeres en un transporte procedente de mi ciudad, Czestochowa. Yo conocía a muchas de ellas.
–C. L.: ¿Las conocíais?
–A. B.: Sí, las conocía, vivía en la misma ciudad, en la misma calle. Algunas eran amigas cercanas. Cuando me vieron, todas se aferraron a mí. ¿Abe, qué haces aquí? ¿Qué nos harán? ¿Qué podía decirles? ¿Qué podía decir? Uno de mis amigos estaba conmigo, también era un buen barbero de mi ciudad. Cuando su mujer y su hermana entraron en la cámara de gas...
–C. L.: Continúe, Abe. Tiene que hacerlo. Es preciso que lo haga.
–A. B.: Demasiado horroroso...
–C. L.: Os lo ruego, tenemos que hacerlo. Ya lo sabéis.
–A. B.: No podré.
–C. L.: Hay que hacerlo. Ya sé que es muy duro, lo sé, perdóneme.
–A. B.: No lo prolonguéis. (...) Lo metían todo en sacos y lo enviaban a Alemania.