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23 de Febrero de 2001

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LA GUERRA CONTRA LAS DROGAS

“Tráfico”

Por Timothy Lynch

La película “Tráfico” muestra una imagen devastadora de la guerra contra las drogas. Su director, Steven Soderbergh, pone a un lado la hipócrita gazmoñería gubernamental y lanza rebeldemente esta pregunta: ¿contra quién va dirigida la guerra contra las drogas?
Michael Douglas hace el papel del recién nombrado zar de las drogas, Robert Wakefield. El reto de Wakefield es darle un nuevo empuje a la guerra. En una reunión privada con su antecesor, un general del ejército, Wakefield se sorprende al enterarse que todos los esfuerzos del general a lo largo de varios años no han logrado hacerle mella al narcotráfico.

El general le explica en privado a Wakefield cómo funcionan los acomodos y los reproches en Washington. Si surge un problema grave, échele la culpa a su antecesor. Si se repite el problema, consiga que lo transfieran a otro cargo. El director del cuerpo administrativo de la Casa Blanca y sus propios asistentes le aseguran a Wakefield que ellos siempre estarán preparados con sugerencias para darle un giro positivo a cualquier suceso, de manera que la cobertura periodística sea favorable y la gente no pierda la confianza en el avance de la guerra contra las drogas.

La película también nos muestra escalofriantes experiencias del narcotráfico en México. Vemos la corrupción reinante desde la perspectiva de un simple agente policial mexicano. Cuando las tropas de un general rodean el vehículo del agente, exigiendo que entregue el cargamento de droga que acaba de confiscar, no hay nadie que lo pueda ayudar. Ese agente honrado y valiente trabaja en un ambiente donde la raya que separaba a los policías de los ladrones se borró hace tiempo.

Lamentablemente, éste y muchos otros episodios en Tijuana no provienen de la imaginación de los escritores de Hollywood sino de la vida real. El gran impacto de la película es su realismo. Las inmensas utilidades generadas por el mercado negro han trasladado fortunas a las manos de gángsteres, las cuales se utilizan para corromper las instituciones latinoamericanas. Por ejemplo, funcionarios aduaneros de Estados Unidos fueron sorprendidos en 1991 cuando soldados del ejército mexicano tendieron una emboscada a un cuerpo policial mexicano que estaba a punto de atrapar un gran cargamento de drogas.

En diciembre de 1996, el zar estadounidense de la droga, el general retirado Barry McCaffrey, alabó públicamente los grandes méritos de su colega mexicano, el general José de Jesús Gutiérrez Rebollo, diciendo que gozaba de una “impecable integridad”. A los pocos días Gutiérrez fue arrestado y acusado de corrupción.

La Casa Blanca durante el gobierno de Clinton acomodaba y adornaba los desastres de la guerra contra las drogas de la mejor manera posible. Clinton dijo que el arresto de Gutiérrez era una buena noticia al ser una muestra de la lucha contra la corrupción por parte del gobierno mexicano.

Esta película enseña por una parte a las elites políticas en Washington hablando en los cócteles sobre el endurecimiento del combate contra las drogas y, por la otra, la labor policial en barrios convertidos en campos de batalla. Los agentes de la DEA arriesgan sus vidas penetrando a las mafias de la droga, mientras los políticos le sacan el cuerpo a las consecuencias del fracaso de la guerra.

Cuando la hija de 16 años de Wakefield es detenida, el zar se reúne privadamente con el fiscal y logra que se suspendan los cargos. Se trata de otro aspecto realista de la película que demuestra la hipocresía reinante. Ese fiscal nunca haría eso con una muchacha sin conexiones políticas. Tal comportamiento “enviaría el mensaje equivocado” a nuestra juventud.

La odisea de Wakefield termina al llegar a la conclusión de que la guerra contra las drogas es en realidad una guerra contra nuestras propias familias. El director de la película cuenta que entrevistó a muchos policías, a quienes les preguntó si acudirían al departamento de policía en caso de que una hija estuviera envuelta en consumo de drogas. Sin excepción, todos contestaron que no.

El consumo de drogas tiene que ser visto como un problema de salud y de entereza personal, no como un delito. Es decir, tenemos que acabar con la guerra.

© AIPE

Timothy Lynch es director del programa de Justicia Penal del Cato Institue de Washington.
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