FUEGO AMIGO
Tolerancia y anomia
Por Antonio López Campillo
Con frecuencia se confunden. La tolerancia es respeto hacia las opiniones o practicas de los demás, según dice el diccionario. La anomia es la falta de leyes y normas. La diferencia es notable; la tolerancia tiene un limite: lo intolerable. La anomia no tiene limite. En la práctica la confusión existe. Soportar o aguantar actos inmorales suele pasar por tolerancia. Se habla de una sociedad tolerante en la que todo está socialmente permitido. Hace años un transportador de fondos se escapó con lo que transportaba, cuando fue capturado la mayor parte de la sociedad le rió el acto como si fuera una gracia y termino como cantante. Es que hoy lo importante es ser famoso, sin importar la causa de la fama.
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España es una nación tolerante, más tolerante que la mayor parte de las naciones europeas. Sólo nos gana la Rusia actual. En España tras la caída del régimen anterior se restableció la democracia y apareció la técnica del “pelotazo” que fue bien recibida por buena parte de la sociedad. En Rusia con el derrumbe del régimen comunista los pelotazos fueron la actividad social dominante. En ambos casos, los críticos, que detectan la evaporación de los valores sociales, atribuyen la degradación moral a la llegada de la democracia.
Todo cambio tiene una causa. Es el principio de causalidad. Encontrar la causa del cambio es el problema. Atribuir al cambio de régimen la degradación de la moral social implica suponer que se cambia de moral, socialmente hablando, como de chaqueta. En el caso de un individuo es posible y comprensible por eso de que “hay que vivir”. Pero socialmente es más complicado. Los ejemplos de Rusia y España nos dicen que antes del cambio, el régimen anterior era una dictadura, de signo distinto, pero dictadura en ambos casos. Lo que caracteriza una dictadura, seria, es que las decisiones las impone el estado. Las reglas sociales son estrictas e impuestas por la fuerza lo que hace que se pierda la costumbre de juzgar por si mismo, con lo que las reglas morales pierden importancia para los individuos, infantilizándose.
En las dictaduras, en los regímenes totalitarios más, el someterse a las normas exteriores, las impuestas, es la regla para vivir tranquilo, lo que implica la represión de la moral personal. Experimentalmente se traduce en que se puede vivir sin moral propia y está bien visto ser heterónomo, depender de un padre natural o de la patria, que resulta ser un estado que permite vivir feliz como un niño. “Las autoridades sabrán lo que hacen…”
La anomia de la sociedad actual hay que buscarla en la época en la que estaba mal visto ser autónomo, tener opiniones morales propias. La anomia de una sociedad es tanto mayor cuanto más largo fue el periodo dictatorial. Para que sus efectos se noten más tarde hace falta, probablemente, una dictadura que dure un mínimo de dos generaciones: la primera pierde el uso de la moral propia, la segunda, ya casi no tiene moral, pues no tiene de quien heredarla. Y así se preparan generaciones de tragadores de injusticias. La anomia es el terreno adecuado para el establecimiento las dictaduras. No las genera, las soporta.
La “desmoralización” actual tiene causas lejanas, la “remoralización” exige no sólo voluntad, requiere tiempo, bastante tiempo y no es un problema que las autoridades puedan resolver, pues sería actuar dictatorialmente, con las consecuencias conocidas. Asunto difícil y grave y no puede decirse: “El moralizador que nos moralice buen moralizador será”. Es un asunto colectivo a la vez que personal. Defender los valores perdidos puede parecer defender el pasado, pero defender el amoralismo actual es justificar un pasado que pocos aprueban.
Sin moral personal, no hay tolerancia, sólo anomia.

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