![]() | Más del 80 % de los padres españoles solicita anualmente la enseñanza de la religión católica para sus hijos. El gobierno socialista de ZP, en cambio, está seguro de conocer lo que necesitan los niños españoles en esta materia, mucho mejor que sus progenitores. Aunque nuestro Consejo de Ministros cuente en su seno con la presencia de grandes estadistas de la solvencia intelectual de Doña Carmen Calvo, esta actitud no deja de ser un acto de soberbia injustificable.
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En este contexto, la enseñanza de la religión católica supone un cierto grado de amenaza para el único y último proyecto de la izquierda, pues no cabe duda de que la sólida tradición moral que encarna el cristianismo es ajena, cuando no abiertamente combativa, respecto al ideario socialista, especialmente en los aspectos que afectan a las libertades naturales del individuo —libertad de conciencia, libertad personal, libertad civil—. No es necesario insistir en el papel determinante del catolicismo —escolástica española de los siglos aúreos— para el desarrollo de las ideas seminales del liberalismo actual. Basta con repasar la situación actual de la libertad y la democracia en el mundo, para concluir que en los países cuya herencia histórica hunde sus raíces en el legado moral judeocristiano, han fructificado los sistemas democráticos respetuosos con las libertades naturales del individuo. Muy otra es la situación en los regímenes que combaten abiertamente el hecho religioso —los paraísos imaginarios del socialismo, marxista o no— o provienen de la tradición islámica, pues en ambos casos menudean las dictaduras totalitarias.
La irreflexiva decisión del gobierno ZP de relegar la enseñanza de la religión católica a un plano meramente accesorio en nuestra escuela pública, dudosamente constitucional, dicho sea de paso, podría justificarse como un sano ejercicio de laicismo educativo, a pesar de que, mientras se mantenga cautiva la voluntad paterna a través del nefasto sistema de educación pública obligatoria, cualquier medida que vaya en contra del sentir mayoritario de los contribuyentes ha de ser considerada, en rigor, como gravemente inmoral. Sin embargo, hasta el entramado de esta coartada se viene estrepitosamente abajo, cuando simultáneamente se anuncian todo tipo de facilidades para la enseñanza del Islam y su promoción en los medios de comunicación públicos, lo que se compadece escasamente con ese otro pintoresco proyecto educacional de reforzamiento «de los valores democráticos» y en general con el espíritu laicista del gobierno actual.