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30 de Marzo de 2001

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Tipos de interés cero

Por José Ignacio del Castillo

El Banco del Japón decidió hace un par de semanas rebajar el tipo de interés interbancario —el que tienen que pagar los bancos por tomar dinero a crédito de otros bancos incluido el emisor— del 0,15 al ¡0%!. Los keynesianos no ocultan su satisfacción pues la abolición del interés o usura (no tener que pagar por usar lo recibido en préstamo) ha sido históricamente el sueño de socialistas y proyectistas de todo cuño. Los planes de crédito gratuito de P.J. Proudon, Silvio Gessel y del propio John Maynard Keynes son buen ejemplo de ello.
Para un observador superficial el fenómeno del interés es una cuestión de índole monetaria. Por ejemplo, los periódicos económicos hablan equívocamente del "precio del dinero" cuando se refieren al mismo. La conclusión que de ello se deriva es que nacionalizando la emisión de moneda e incrementando la cantidad de dinero ofrecido en préstamo, es posible rebajar el tipo de interés hasta llegar a eliminarlo. Desaparecidos los costes financieros "las horcas caudinas de la usura"—, la inversión se
multiplicará exponencialmente creando a un tiempo riqueza y empleo sin límite. Para su desgracia, un millón de veces se ha intentado eliminar o rebajar el tipo de interés mediante el artificio inflacionario y un millón de veces ha reaparecido o repuntado aquél con inusitada fuerza.

Por un lado existen multitud de bienes que reportan utilidad a su dueño sin desgastarse. Bienes que no necesitan ser amortizados como obras de arte, diamantes y metales preciosos, plazas de aparcamiento, propiedad inmueble rústica en general, etc. La implicación lógica del crédito gratuito significa considerar que no es necesario pagar para disfrutarlos dado que es posible comprarlos con dinero prestado, tenerlos durante el tiempo que dura el crédito y devolver éste, bien vendiendo los citados bienes al final del periodo o bien entregando el dinero obtenido con un nuevo crédito gratuito. Esta conclusión constituye una imposibilidad lógica pues la primera premisa es que éstos bienes son escasos: no hay seis mil millones de colecciones Thysenn, ni tampoco de diamantes o de hectáreas de tierra fértil para cultivar viñas en La Rioja.

Por otro lado está la cuestión del tiempo en la producción. La influencia de la duración de una inversión sobre la productividad material fue analizada magistralmente por el economista austriaco Eugen von Böhm-Bawerk. Böhm subrayó el hecho de que existen multitud de procesos que son materialmente más productivos, pero que tardan más tiempo en concluirse. Un habitante de una aldea muy atrasada puede abastecerse de agua, yendo a beber al río cada vez que tiene sed, empleando en ello una hora. Puede cortar un árbol, vaciar el tronco y fabricar un bidón. Finalmente puede cortar y vaciar varias docenas de árboles y construir una cañería que le abastezca permanentemente.

Una joven puede emplearse como partera en poco tiempo o como médico ginecólogo tras ocho años de estudios y prácticas no retribuidas. Ocurre que si siempre se eligiesen los procesos materialmente más productivos sin reparar en el tiempo que se tarda en concluirlos, desaparecería la producción de bienes para consumo inmediato al destinarse todos los recursos a inversión en capital, investigación y desarrollo. Dicha escasez de bienes de consumo presente haría que éstos subiesen de precio respecto de los mismos bienes de consumo en el futuro. Böhm-Bawerk llamó a este fenómeno "ley de la preferencia temporal". Obsérvese que esta ley tampoco puede ser soslayada con artificios monetarios.

En Japón durante los años 80 se llevó a cabo una política crediticia altamente inflacionista. Fue entonces posible observar los dos fenómenos que aquí hemos descrito. Las obras de arte y la propiedad inmueble alcanzaron precios récord. Otro tanto ocurrió con las acciones —los títulos que representan las inversiones en capital—. La cantidad de dinero necesaria para poder pagar y mantener dichos precios fue siendo cada vez mayor.

Intoxicada con la fiebre alcista, la gente se endeudó para comprar estos activos en la seguridad que su precio no descendería. Pisos cuyo alquiler reportaba 2 millones de pesetas al año se vendían en 400 millones. Lo mismo cabe decir del precio de las acciones y su relación con los beneficios anuales (PER). Como todos eran más ricos, todos compraban más y trabajaban menos. En cuanto se frenó el continuo incremento del crédito, se produjo la debacle. Durante un decenio acciones y propiedad inmueble han cotizado a menos de la mitad de lo que lo hicieron.

Hartos de esperar la recuperación de los precios de los activos y fracasada completamente la política de gasto y déficit público desbocado, las autoridades monetarias han decidido inflar sin límite. El Nikkei ha recuperado un 8% en una semana. Ponerse "corto" en yenes y "largo" en acciones parece una apuesta segura. Se aplica la misma política de los 80 para salir de sus consecuencias de los 90. Desde luego es posible relanzar los precios prestando gratis. Lo que no es posible es hacerlo permanentemente sin destruir la moneda. ¿Quién va a conservar su riqueza en papeles que se multiplican, cuando tiene la seguridad de que cualquier cosa va a subir? Krugman, Villacís y sus amigos no parecen haberse enterado de lo que ocurrió en el mundo en los 70.

Entonces la gente huyó a los bienes reales obteniendo grandes beneficios. Los tipos de interés alcanzaron los dos dígitos y la producción se desmoronó ante tanta descoordinación. Crisis e inflación aparecieron al mismo tiempo en un fenómeno que los keynesianos no pueden explicar. La llamada "inflación de costes" no fue otra cosa que la desmonetización por parte del mercado del dinero de papel. Algo con lo que han vivido permanentemente Iberoamérica y África. ¿Qué van a proponer cuando vuelva ese escenario? ¿Controles de precios, racionamiento y nacionalización de industria para evitar el supuesto "agotamiento" de las materias primas? Un poco de seriedad señores.
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