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27 de Abril de 2001

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EL LIBRO DE LA SEMANA

Territorios imaginarios

Por Rubén Loza Aguerrebere

Los mares y continentes conocidos no han sido suficientes para servir como retablo de las diversas aventuras del hombre. Así lo hace notorio el libro, erudito y fruitivo a la vez, llamado “Breve guía de lugares imaginarios”, escrito a cuatro manos por Alberto Manguel y Gianni Guadalupi. Se trata, para decirlo en dos palabras, de la descripción de aquellos lugares que, inventados por los más diversos escritores, han alcanzado notoriedad a través de cuentos, fábulas, novelas. Los dos autores de la guía han cartografiado zonas tan numerosas como inverosímiles, que fueron fundadas nada menos que por personajes como, entre otros, Julio Verne, Tolkien, Stevenson, Kafka, H.G. Wells, Borges, Ray Bradbury, Umberto Eco, Michel Tournier y Salman Rusdhie.
La guía es vastísima; los territorios, incontables; sólo podemos sobrevolar sobre ellos, para destacar, a vuela pluma, algunas de las características más salientes. Son lugares donde poetas y novelistas han logrado que lo imposible y lo extraordinario confraternicen sin estridencias.

Por ello, entrando a traición en esta “Breve guía de lugares imaginarios”, nos encontramos, en los Cárpatos, cerca de la antigua ciudad húngara de Bistritz y al borde de un terrible precipicio, el Castillo de Drácula; en la capilla en ruinas están los ataúdes de los miembros de esa familia. (Este mundo fue una invención de Bram Stocker, en “Drácula”). Si damos un paso en otra dirección y otro sentido, podemos hallar la extraordinaria Cueva de Montesinos, situada en La Mancha; su único explorador fue el Quijote. A veinticinco metros de profundidad, quien se atreva a entrar en ella descubrirá que en la caverna hay un prado y un palacio cuyas paredes son de cristal transparente y es posible ver deambulando, encantadas, entre otras, a la reina Ginebra y a Dulcinea del Toboso. Cuando el viajero sale de la cueva tiene la sensación de haber estado allí tres días, pero en realidad apenas ha transcurrido sólo una hora. (Fue imaginada por Cervantes, naturalmente, en las páginas del “Quijote”).

En otros ámbitos se encuentra la “Selva de la Muerte”; no queda lejos de Basti; aquí el sol se filtra entre las ramas y sus habitantes, los gorbuses, son un pueblo de caníbales de piel muy clara y larga melena blanca. Nada se sabe acerca de su origen. Esta zona fue debida a la fantasía de Edgar Rice Burroughs, autor de “Tarzán”, está emparentada con la peligrosa selva de “Minuni”, donde conviven los hombres/hormiga y las mujeres gigantes.

En la curiosa “Isla del Realismo”, de ubicación desconocida, hay un castillo rococó, con cuellos de jirafas, una cúpula semejante a una tortuga y un pináculo que parece un mono cabeza abajo. (El famoso G.K. Chesterton, creador del padre Brown, detective, lo imaginó). Al “País de los Deseos”, creado por André Maurois, sólo tenemos una forma de llegar: cuando tratamos de aprender de memoria el poema de La Fontaine titulado “La zorra y el cuervo”. Una vez allí, en el llamado Campo Mágico, el señor “llenodevuerguenzayconfusión”, el zorro, somete al viajero a un examen y, en caso de ser aprobado, le permitirá recibirse de hada de segundo grado. De esta forma, ingresará a este país está lleno de hadas, y donde el palacio de la reina es una casa de vidrio sobre columnas de cristal cubiertas de rosas. La reina de las hadas (que es tan loca como hermosa) lleva un vestido hecho de cables que semeja la torre Eiffel. Debemos recordar que este país es inalcanzable para los mayores de doce años. En cambio, para todos es accesible Kled, una extensa jungla perfumada que está situada en el País de los Sueños; aquí, el viajero encontrará silenciosos palacios e inviolados palacios donde una vez moraron monarcas de tierras olvidadas. (Este país fue descubierto y bien pintado, por así decirlo, por Howard Phillips Lovecraft). Y, en fin, para terminar el brevísimo recorrido por estos inabarcables territorios imaginarios, recordemos el pueblo de Macondo, fundado por José Arcadio Buendía, en “Cien años de soledad”, de García Márquez. Allí, hay que decirlo, ninguna casa recibe más sol que otra. Y, como recordarán los lectores, tuvo lugar una larga epidemia de insomnio que obligó a los pobladores a escribir el nombre de los objetos para no olvidarlos (”cacerola”, “mesa”, “vaca”), e incluso debieron colgar, a la entrada del pueblo, un cartel que decía “Macondo” y, luego, en la calle central, otro donde se leía “Dios existe”.

Si es cierto lo que decía don Camilo José Cela en cuanto a que los caminos no son para llevar a ninguna parte, sino para caminarlos, peregrinar por las zonas inverosímiles de este libro tan singular, resulta una seductora aventura para los más arriesgados viajeros inmóviles.

Alberto Manguel y Gianni Guadalupi, Breve Guía de Lugares Imaginarios, Alianza Editorial, 2000.
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