PRAGMATISMO SIN PRINCIPIOS
Terceras vías... muertas
Por Jesús Gómez Ruiz
Los falangistas decían "ni comunismo, ni fascismo; nacional-sindicalismo", expresando su voluntad de fundar una tercera vía entre dos extremos que sólo lo eran en apariencia, como Hayek demostró en Camino de servidumbre, desmontando el bulo propalado por los comunistas de que el fascismo era el coletazo final del capitalismo ante la "triunfante revolución proletaria mundial".
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Los nazis y los fascistas creían que sus regímenes reunían las mejores características del capitalismo y de socialismo. Los demócrata-cristianos, persuadidos de la supuesta derrota e inviabilidad del liberalismo, intentaron salvar a la Europa de la posguerra de los horrores del comunismo vacunándola con dosis de intervencionismo, dirigismo, sindicalismo y Estado del Bienestar, extraídas de la doctrina social de la Iglesia. La vacuna casi mata al paciente. Los socialdemócratas de anteayer pretendieron llegar al ideal comunista de una sociedad sin clases a través de los impuestos y de la redistribución de la renta, sirviéndose de las instituciones liberales y de las doctrinas de Keynes para conquistar el poder político y económico sin necesidad de hacer una revolución. Pero cometieron el error de confundir la sociedad con un panal de abejas, que se puede esquilmar impunemente sin que ello implique una merma en la producción futura. Nehru, Sukarno, Nasser y otros líderes del Tercer Mundo también intentaron poner sus terceras vías en práctica. No les resultó difícil achacar sus inevitables fracasos a la herencia colonial.
Los socialistas de hoy, huérfanos del desacreditadísimo referente soviético, se resisten a aceptar la derrota política e ideológica (muy anterior esta última, por cierto, a la política) del ideal socialista, refugiándose en las excrecencias parasitarias que un siglo de colectivismo ha dejado adheridas al cuerpo social occidental en la forma del llamado "Estado del Bienestar" y el Estado omnirregulador, principales causas del estancamiento económico, del paro masivo y de la inflación de dos dígitos en los años setenta y primeros ochenta. La excusa ha sido, es y será siempre la misma: los supuestos "fallos del mercado". Presentan como causa del subdesarrollo y la miseria del Tercer Mundo al capitalismo "salvaje" y "desregulado"·, cuando la realidad es que el verdadero capitalismo nunca ha tenido la más mínima oportunidad de funcionar aceptablemente en estos países, ex tiranías prosoviéticas y lugares donde los gobernantes nunca han tenido demasiado respeto por la vida, la libertad ni la propiedad de sus súbditos.
No caen en la cuenta los profetas de las terceras vías de que para juzgar si una institución tiene fallos, antes es preciso saber con seguridad si esos fallos se producen realmente, y si se deben a defectos inherentes a esa institución, o más bien a trabas impuestas coactivamente a su funcionamiento y justificadas con juicios de valor formulados en comparación con un modelo ideal cuya viabilidad teórica y práctica, por principio, jamás se cuestiona. En definitiva, para poder juzgar es preciso disponer de un criterio sólido, firmemente asentado en la realidad y en la naturaleza de las cosas; o lo que es lo mismo, de un criterio verdaderamente científico, no sentimental.
Cuando se observa un edificio con unas lentes distorsionadas, existe la tentación de tomar como reales las aberraciones provocadas por esas lentes. El siguiente paso es intentar modificar las líneas para que, torcidas en la realidad, aparezcan rectas a los ojos de quien mira con esas lentes. Naturalmente, las leyes de la física son insobornables, y el edificio acaba derrumbándose. El propietario de las lentes culpa entonces del desastre a los arquitectos por no colaborar o seguir sus directrices, o acusa al contratista de sabotaje.
En la esfera social, existen igualmente leyes insobornables como las de la física; leyes sociales, políticas y económicas que han sido cuestionadas sistemáticamente en el pasado S. XX por legiones de miopes irracionales y fanatizados que han provocado los mayores desastres que ha conocido la Humanidad. Lenin, Hitler, Stalin, Pol-Pot, Castro y un largo etcétera han acusado a sus respectivos pueblos, a la "judería internacional" o al "gran capital" de "sabotaje" o de "falta de colaboración y entusiasmo" por sus experimentos de arquitectura social "alternativa" cuando el edificio se les venía abajo. Tan ciertos estaban de lo justo y adecuado de sus construcciones que no vacilaban en eliminar físicamente a quienes pretendían corregirles los planos. Aunque, en cierto modo, actuaban de forma coherente, siniestra y atrozmente coherente, pero coherentemente al fin y al cabo.
Como el triunfo del mercado ha sido tan rotundo, y el hundimiento del socialismo real tan pavoroso, casi nadie se atreve hoy a cuestionar por completo el mercado. Se alaba, como hacía Marx, su capacidad para crear riqueza y progreso. Y también, como hacía Marx, se repite incansablemente que esa riqueza está mal distribuida. Pero ya no se habla de la teoría de la explotación capitalista de Marx. Desde que Böhm-Bawerk la refutara allá por finales del S. XIX en La conclusión del sistema marxiano, nadie que conserve un mínimo de honradez y pudor intelectual se atreve a citarla. El socialismo ya no es científico oficialmente (nunca lo fue en realidad). Ahora vuelve a ser oficialmente sentimental —dickensiano— , y por lo tanto incoherente y acientífico (nunca dejó de serlo en realidad).
La coherencia y el rigor —lastres pesadísimos para los intelectuales de la posmodernidad— exigen decantarse claramente por el estatismo socialista o por el liberalismo y el mercado. No es posible sostener, como hacen los profetas de las terceras vías, que el mercado produce bien y distribuye mal, y al mismo tiempo decir que el Estado distribuye bien. La producción y el consumo no pueden desligarse arbitrariamente. Se produce con el propósito de apropiarse de lo producido, ya sea para consumirlo directamente, o indirectamente recurriendo al intercambio; o bien para ahorrarlo. ¿Quién en su sano juicio seguiría esforzándose con el mismo ardor por mejorar sus condiciones de vida cuando ve que, sistemáticamente, se le arrebata el fruto de sus esfuerzos para "redistribuirlo" entre otros que no se han esforzado tanto sin que, además, siquiera se lo agradezcan?
No existen atajos ni terceras vías para salir de la pobreza y el subdesarrollo. Sólo la libertad individual, el mercado, el trabajo duro y el respeto sin ambages por la propiedad privada pueden hacer salir a los pueblos y a los individuos de la miseria. Cualquier restricción a estas premisas sólo conseguirá hacer más lento el progreso o detenerlo por completo.