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27 de Abril de 2001

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MEDICINA Y SALUD

¿Somos realmente monógamos?

Por Enrique Coperías

Junto con la postura erguida y el tamaño del cerebro, la sexualidad completa la trinidad de rasgos decisivos en los que divergieron nuestros predecesores y los grandes simios, hace unos siete millones de años. Mientras que la evolución de nuestra marcha bípeda, así como del aumento de volumen cerebral, se puede seguir con mayor o menor dificultad en los huesos fósiles, los orígenes de la compleja sexualidad humana han quedado enmudecidos para siempre en los sedimentos. Las conductas no fosilizan. Nada o poco sabemos acerca de cómo se organizaban socialmente nuestros ancestros. No obstante, la clave para comprender la sexualidad humana es, como afirma Jered Diamond en su libro ¿Por qué es divertido el sexo?, reconocer que se trata de un problema de biología evolutiva. Nuestro sexo, sin parangón en el reino animal, es fruto de una serie de adaptaciones para asegurar la perpetuidad de los genes, dicen los biólogos. La herencia, el ambiente y los hábitos de vida hicieron que nuestra anatomía sexual divergiera de nuestros parientes más cercanos, los chimpancés.
Los humanos somos animales excepcionales en que los padres y madres permanecen con frecuencia juntos después de copular, estando ambos implicados en la cría de los niños resultantes. Los vínculos de pareja ofrecen, al menos a priori, la mejor garantía de que la descendencia va a recibir alimento y educación durante su largo periodo de dependencia. Incluso a algunos antropólogos les gusta completar esta hipótesis postulando una conexión entre la monogamia y la existencia de lo que algunos expertos denominan base-hogar. De este modo, se presupone que la mujer y la prole permanecen cerca de este dominio, mientras que el padre sale de cacería y regresa cada noche para compartir sus cacerías. Llevada a un extremo esta hipótesis, algunos antropólogos afirman que la hembra homínida permaneció junto al macho sólo por seguridad y este último mantenía los vínculos con su compañera a cambio de sexo. Ciertamente, se trata de una visión cínica de las relaciones humanas, pero los científicos aseguran ahora que estos intereses fueron los que propiciaron la aparición de la monogamia y que fue precisamente la mujer la que propició este tipo de relación. Los zoólogos saben que en las especies de animales monógamas, como ocurre con el puercoespín y algunas aves, las hembras esconden su periodo fértil y ofrecen a los machos sexo durante todo el año, lo que hace que éstos no se alejen de sus compañeras.

En la mayoría de los animales, las hembras sólo practican el sexo cuando están fértiles, que se manifiesta por el celo. Para atraer al macho, recurren a señales externas, ya sean químicas, caso de las feromonas, o físicas. Pero tras la cópula, los vínculos de pareja se deshacen: si te he visto, no me acuerdo. La mayoría de los mamíferos no tienen ninguna implicación con su prole, ni con la madre de sus hijos después de inseminarla; están demasiado ocupados buscando otras hembras en las que depositar su semilla. Los animales macho en general, no sólo los mamíferos, proporcionan muchos menos atenciones parentales que las hembras. No obstante, siempre hay excepciones en las que se puede observar al papá incubando los huevos, vigilando a la prole o acarreando comida a la familia durante un periodo de tiempo.

Para no perder al compañero, las hebras de algunos animales desarrollaron una insólita estrategia: esconder la ovulación y ser sexualmente accesible al macho durante todo el año. ¿Fue así como apareció la monogamia en nuestros antecesores? Los zoólogos Magnus Enquist, de la Universidad de Estocolmo, y Miguel Gironés, del Netherlands Institute of Ecology, en Nieuwersluis, han echado mano de los modelos matemáticos para intentar confirmar esta posibilidad. Los resultados del estudio acaban de aparecer en la revista Animal Behaviour. La pareja de investigadores partió de la idea de que las hembras de las especies monógamas tienden a ser sexualmente más activas que las hembras de otras especies con diferentes estrategias reproductivas. Como puede leerse en el artículo, Enquist y Jirones contemplaron la posibilidad de que la hembra sexualmente activa evolucionó porque cuanto más activa se mostraba mayor era el número de atenciones que recibía de su compañero. "Desarrollamos un modelo en el que los machos eran
incapaces de reconocer de forma directa cuándo las hembras eran fértiles", dice Gironés. Y añade: "En lugar de esto, los machos podían responder al comportamiento sexual femenino de un modo indirecto. Esto último podía favorecer un aumento de la sexualidad femenina, siempre que los machos permaneciesen más tiempo con las hembras sexualmente más activas. Nuestros resultados muestran que la conducta sexual de la hembra puede tener un gran impacto en el comportamiento social y que las hembras sexualmente receptivas y que las conductas sexuales fuera de los periodos fértiles pueden evolucionar bajo determinadas circunstancias".

Hasta ahora la mayoría de las hipótesis que defienden la monogamia en los seres humanos se habían centrado en el papel que había jugado el hombre en su aparición. Sin embargo, este estudio sitúa como protagonista a la mujer. Existe una plétora de teorías para explicar la ovulación oculta y sus beneficios para la especie que la practica. No obstante, hay dos que atraen la atención de la mayor parte de los científicos. Una de ellas es la denominada teoría "papá en casa", desarrollada por los biólogos Richard Alexander y Kathwerine Noonan, de la Universidad de Michigan. Éstos proponen que la ovulación oculta evolucionó para promover la monogamia, para obligar al hombre a quedarse en el seno familiar y reafirmar así su seguridad acerca de la paternidad de los hijos de su compañera. De este modo, la mujer gana reclutando un coprogenitor activo. Pero el hombre también sale favorecido, siempre y cuando coopere en la sustentación de su propia prole, cosa que se asegura no perdiendo de vista a su consorte. En palabras de Noonan y Alexander, "la ovulación oculta de las féminas y la constante receptividad evolucionaron para promover la monogamia, el cuidado paternal y la confianza del padre en la paternidad".

La segunda hipótesis que goza de predicamento en la comunidad científica es radicalmente opuesta. Ha sido bautizada como "muchos padres". Ésta propone que el encubrimiento de la ovulación evolucionó para dar a al mujer acceso a muchos compañeros sexuales y dejar así a muchos hombres con la incertidumbre de la paternidad de sus hijos. Su mentora es la antropóloga Sarah Hrdy, de la Universidad de California en David. Esta estretegía reproductiva surgió para evitar el infanticidio, una práctica muy común entre los mamíferos, desde los gorilas y chimpancés hasta los leones. Hrdy ha observado que el
infanticidio duele ser cometido por machos adultos contra los cachorros de hembras con las cuales nunca han copulado. De esta forma, el "asesino" sabe que las crías eliminadas no son las suyas. Al dejar de amamantar a la prole, la madre que ha perdido los hijos vuelve a ovular, circunstancia que aprovecha el intruso para copularla.

La estrategia "muchos padres" previene esta situación. Si la hembra tiene ovulación oculta y constante receptividad sexual, puede explotar esta ventaja para copular con muchos machos de forma solapada, cuando su consorte no preste atención. La estratagema da resultado: muchos machos reconocen así que podrían ser los papás de la eventual cría de la hembra, lo que aplaca sus instintos infanticidas. Para Hrdy, la ovulación oculta de la madre serviría también para disminuir las peleas entre machos adultos dentro del grupo, ya que cualquier copulación aislada no es muy probable que acaba en concepción, y de ahí que no merezca la pena luchas por ello.
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