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CENTENARIO DE ORWELL

Silencio en la granja

Cuentan de la noche que se congelaron las cataratas del Niágara que todos los habitantes de las cercanías se despertaron alarmados; por primera vez en sus vidas, habían escuchado el silencio.

Con el centenario de George Orwell, que se debería estar celebrando estos días, algunos estamos experimentado esa misma sensación. El clamoroso silencio ante esa efemérides de los portavoces del ministerio de la Verdad que controla la industria cultural española, también ha retumbado súbitamente en nuestros oídos.

Y es que Orwell sigue siendo incómodo. La presencia de ese tipo enjuto, educado en Eton, que abandonó su puesto de oficial en la India para poder decir lo que pensaba sobre el colonialismo continúa importunando a los anticolonialistas. Tantos años después, aquel escritor que sinceramente quiso compartir la misma suerte que los obreros, que vivió con y como ellos, que muchas veces se tuvo que ganar la vida fregando platos en los restaurantes de Paris y Londres, y que murió en la pobreza más absoluta, aún irrita a los enemigos profesionales de la burguesía y del capitalismo. La sombra del único intelectual antifascista europeo que abandonó la España en guerra no con una foto dedicada en la cartera, sino con una bala en la garganta persigue y sobresalta a todos los antifascistas de nómina, ésos que siguen creyendo que una pluma siempre vale menos que una pistola. Porque, para la izquierda, nunca dejará de ser el invitado inoportuno con el que ninguno de los habituales de las recepciones se atreve a cruzar las rituales sonrisas de la complicidad sobreentendida. Orwell es siempre una presencia comprometedora e incómoda para todos; lo es para los menos de entre ellos que tienen un pasado, y también lo es para los más que, sin tenerlo, llevan media vida intentando labrárselo.

La elite intelectual y mediática que ahora controla ese pasado podría haber reescrito todas las páginas de su obra —como ha hecho con la de tantos otros— en la conciencia, fluctuante y volátil, de los nuevos proles, esa masa de recitadores de libros de texto, telespectadores, oyentes y lectores de titulares que, sin saberlo, siguen siendo el partido exterior del que se hablaba en 1984. Pero, en el caso de ese modelo prototípico de lo que todo el mundo quiere ver cuando imagina a un británico (y que, sin embargo, había nacido en Bengala y tenía el francés por lengua materna) prefiere el silencio.

Ocurre que, en los años treinta, Orwell sabía lo que toda la escoria moral de la intelectualidad europea que después se auparía al Olimpo de las Letras también sabía. Pero él lo contó. Antes de tiempo. Ése fue su pecado, el que hoy hace más pertinente que nunca el silencio. Porque, para que el fantasma del comunismo pueda seguir vagando indefinidamente por Europa como la utopía romántica y bienintencionada de una legión de idealistas, el guión transige con que los idealistas fuesen ingenuos, obtusos, exaltados y, si se quiere, hasta fanáticos engañados; pero todo el hechizo sentimental se vendría abajo si se pudiese demostrar que sus cabezas rectoras, desde el principio, fueron cómplices perfectamente conscientes de una banda de criminales. Y cada una de las páginas que escribió Orwell, demasiado tiempo antes de que el guión mandara escribirlas, lo demuestra. Por eso su centenario es tan inoportuno. Recuerda demasiado pronto que la verdadera realidad del comunismo también pudo ser conocida demasiado pronto. Por eso el silencio.

Demasiado lúcido, demasiado independiente y demasiado íntegro. Ésas fueron las tres taras de su personalidad que los supuestamente suyos nunca le pudieron perdonar. Por ejemplo, fue lo suficientemente lúcido como para ser uno de los pocos que, cuando en 1944 se difundía la primera edición de Camino de servidumbre, comprendió inmediatamente la importancia trascendental que iba a tener esa obra; a los pocos días de su aparición, publicaba una larga reseña en The Observer en la que, coincidiendo con Hayek, escribía: “En Alemania los nazis pudieron tener éxito debido a que los socialistas ya habían hecho la mayor parte del trabajo en su lugar: en especial el trabajo intelectual de debilitar el deseo de libertad”. Y también fue lo suficientemente independiente como para, sin dejar de definirse como un pensador de izquierdas, exponer en el mismo artículo que “no suele decirse demasiadas veces —en cualquier caso, no se dice con la frecuencia suficiente— que el colectivismo no es inherentemente democrático, que otorga a una minoría tiránica poderes tales que los inquisidores españoles jamás soñaron poseer”. Pero, además, tuvo la suficiente integridad como para atreverse a poner su firma debajo de párrafos como éstos, en los que se exponía a pagar el precio por la osadía de hacer público su pensamiento.

Y lo pagó. Pero no, por cierto, en el tiempo y la forma que habían decidido para él los inquisidores españoles. Porque unos años antes, en 1937, cuando el PSUC (los alguaciles catalanes del santo oficio soviético, la NKVD, luego KGB) puso en marcha el proceso de exterminio físico de toda la izquierda no sometida a las órdenes de Moscú, él también estaba sentenciado. En Homenaje a Cataluña recuerda como una anécdota el robo de sus cartas y documentos personales en la habitación de su hotel, en Barcelona; lo menciona sin darle la importancia que nunca sabría que tuvo, desde la ignorancia de que en el destino de esos papeles podría haberse escrito el de su vida. Pero, ahora, nosotros lo sabemos. Un legajo, con fecha 13 de julio de 1937, que resume el contenido de aquellas hojas desaparecidas acaba de ser descubierto en los archivos secretos de la sede central del KGB. “Trotskista manifiesto”, tecleó en él el probo funcionario soviético responsable del expediente. Era su condena a muerte. Se salvó porque consiguió salir de España cuando los comunistas ya le estaban pisando los talones. Otros tuvieron menos suerte, como su instructor en las milicias del POUM, George Kopp. La terrorífica escena final de 1984 no surgió de la prolífica imaginación de Orwell; por el contrario, está inspirada en hechos reales, en una de las formas de tortura que eligieron para Kopp, una vez capturado en Barcelona y enviado a Moscú; lo mantuvieron durante varios días encerrado en una pequeña habitación repleta de ratas.

Pero ésas son historias que no conviene recordar. Hoy, los orgullosos herederos del legado histórico del PSUC forman una parte importante del gobierno de progreso de Barcelona. Y, magnánimos, hasta han concedido levantar un pequeño monumento a Orwell. Está colocado detrás de la Plaza Real, en lo que antes había sido el barrio chino y ahora es el cuartel general de las nuevas brigadas internacionales de los sin papeles. Lo han ido a encerrar en el rincón más oscuro —y peligroso— de la ciudad. En el olvido. Donde siempre lo han querido ver los nuevos dueños del pasado.


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