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16 de Marzo de 2001

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Sigfrido Martín BeguéPor Pablo Jimenez

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EXPOSICIONES

Sigfrido Martín Begué

Por Pablo Jimenez

Sigfrido Martín Begué (Madrid, 1959) presenta en las salas del Centro Cultural Conde Duque una primera revisión completa de lo que ha dado de sí hasta ahora su producción artística. Un conjunto de casi 70 cuadros, una cincuentena de dibujos y una treintena de diseños ofrecen una visión muy ajustada a las creaciones de uno de los artistas más singulares de la escena española de los últimos años.
Lo que seguramente más ha perjudicado a su carrera artística ha sido precisamente lo que más se precian los críticos en valorar: su valentía a la hora de haber planteado un lenguaje perfectamente personal. Y es que la propuesta de Martín Begué es especialmente insólita y se encuentra totalmente al margen de lo que ha sido el devenir de la actualidad artística en los últimos años. Se trata la suya de una pintura fundamentalmente narrativa apoyada en su gran capacidad para la creación de escenarios y su concisión para la obtención de figuras simbólicas que le permiten la creación de cuadros que el espectador puede “leer” con facilidad.

En general son cuadros que hablan de asuntos que tienen que ver con la propia historia de la pintura moderna y los problemas y conceptos de la representación artística. Eso sí, todo ello planteado desde un descarado y fino sentido del humor que encaja bien en el sentido ilustrativo general de la obra.

Es, por lo tanto, una pintura tremendamente intelectual que plantea recorridos por los grandes tópicos del arte moderno, sin más propósito que el de desembocar en pequeños chistes visuales que rescatan un aspecto humorístico que nunca ha estado demasiado alejado de la propia historia y construcción de la vanguardia artística.

La exposición se estructura en torno a una serie de temas: arquitecturas, figuras, sentidos (pequeña miniserie sobre el asunto clásico de los sentidos humanos), los autómatas, a las que se añaden otros dos apartados de su trabajo como son las escenografías y decorados para el teatro y los diseños de joyas, muebles, montajes de exposiciones e incluso de fallas.

El reducido número de temas nos da también lo que tiene este trabajo de variaciones sobre una serie de fórmulas en sí mismas seductoras y divertidas pero que, vistas en conjunto corren el riesgo de resultar excesivamente reiterativas en unas mismas fórmulas de representación y estructuración.

Con todo, hay que reconocer que nos encontramos con un pintor especialmente bien dotado y con una inteligencia que incluso a veces desborda un poco las posibilidades de sus recursos. Todo ello se combina con una visión luminosa y amable de lo moderno que no deja de tener alguna deuda con la ilustración para libros infantiles y juveniles. Es el carácter frío y recortado que recuerda los dibujos de cómics famosos como los de Tintín a los que se impone una fortísima carga simbólica de conocedor del mundo de las vanguardias históricas creando con ello una obra que sorprende poderosamente —sobre todo por su contundencia expresiva— al tiempo que divierte.

También es importante señalar el nexo que le une con los pintores llamados metafísicos y con sistemas de acentuadas perspectivas y recursos representativos muy utilizados por el mejor De Chirico, así como, en general, con una pintura narrativa que ha conocido una importante descalificación durante el siglo XX, pero, que sin embargo, está en algunos episodios claves incluso para la propia génesis del arte más de vanguardia como puede ser la todavía denostada corriente simbolista.

La visión fundamentalmente formalista del arte tan desarrollada por la historiografía contemporánea ha tenido que abrirse en los últimos años a concepciones más generosas del arte para poder explicar planteamientos artísticos fundamentales como pueden ser el tan en boga arte conceptual.

Precisamente una de la reivindicaciones de esta pintura de Martín Begué es la de un arte narrativo e intelectual. Un arte que se puede leer y que no sólo no esconde, sino que reivindica su proximidad con el mundo de la ilustración gráfica y, en general, de la representación de la realidad como elemento al servicio de una determinada idea o propósito.

Así, la brillantez del conjunto, la grandiosidad de su capacidad en la creación de escenografías y su talento a la hora de encontrar elementos simbólicos especialmente fecundos y eficaces en sus riquísimas cargas de significados no evita el que muchas veces el conjunto tenga algo de repetitivo y de ejercicio de mera pirueta formal sin más alcance que el de su propia y efímera brillantez.

El peligro está en la autosuficiencia de muchos de los cuadros que corren el riesgo de terminar siendo un poco cargantes para el espectador que aspire a encontrar algo más tras la circense demostración de inteligencia y de brillantez de resolución.

Pero con todo y eso, Sigfrido Martín Begué sigue siendo uno de los nombres de referencia dentro de un panorama general excesivamente uniforme en sus propuestas y especialmente inclemente y duro con todo aquello que se aleje de la norma internacional de lo vanguardísticamente correcto si se me permite la expresión. Su pintura contribuye a aportar unas notas de inteligencia y brillantez y favorece, lo que siempre es saludable, una lectura irónica y divertida por los grandes tópicos de la excesivamente sacralizada historia del arte contemporáneo.
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