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18 de Mayo de 2001

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AL MICROSCOPIO

¿Se fía usted de su médico?

Por Jorge Alcalde

Pocos profesionales viven tanto de su imagen como los médicos. La relación entre el doctor y su paciente es tanto más eficaz cuanto más se basa en la confianza. Vamos al especialista y confiamos en que sabe de qué está hablando, en que va aplicar sobre nosotros toda su sabiduría, en que cuenta con las herramientas necesarias para diagnosticar y curar, en que no nos va a mentir, en que no se va a equivocar.
ME ATIENDE UN VENDEDOR DE COCHES DE SEGUNDA MANO

En Estados Unidos los vendedores de coches usados no tienen muy buena fama. En el lenguaje popular se utiliza la expresión “¿le comprarías a tal persona un coche usado?” para referirse a gente que no es de fiar. Sólo imaginemos por un instante que la profesión objeto de tan injusta fama fuera la de médico: ¿con qué congoja acudiríamos a la consulta, qué efectos tendría la desconfianza en nuestra curación? Sí, buena parte de la eficacia de la ciencia médica reside en que nos fiamos de ella. Es cuestión de autoridad moral.

Y ESO LO SABEN ELLOS

Los propios médicos son conscientes de que la sutil barrera de la confianza actúa como un fármaco más. Por eso cuidan su imagen, mantienen una apariencia ceremonial, conservan una iconografía universal hospitalaria que tiene que ver casi tanto con el rito como con la función. Son vendedores de salud en el mejor sentido de la palabra. Salud, eso sí, de primera mano. Pues he aquí que esta semana coinciden dos noticias médicas que tienen mucho que ver con todo esto y que, vistas al microscopio, podrían aportar buenas dosis de motivos para la reflexión.

LA PRIMERA

El editor del British Medical Journal (BMJ), Richard Smith, se ha visto obligado a dimitir de su puesto de profesor de periodismo médico en la Universidad de Nottingham. La razón: haber aceptado 3,8 millones de libras donadas por la industria del tabaco británica para la fundación en la Universidad de un centro de estudios internacionales sobre la responsabilidad social de los médicos. Las relaciones entre las tabaqueras y los investigadores de la salud han sido muy comentadas en los últimos años. Abundan las denuncias sobre financiaciones cuando menos dudosas de estudios que pretenden contrarrestar las informaciones científicas sobre los desastres que el hábito de fumar produce en la salud. En este caso, la relación no es tan directa. Pero no cabe duda de que al usuario de los servicios sanitarios no le gusta que los responsables de su bienestar anden coqueteando con los fabricantes de cigarrillos. Así lo ha demostrado con contundencia una encuesta digital que la propia revista BMJ ha realizado entre sus lectores.

LA SEGUNDA

Seguimos con el British Medical Journal, que ha propuesto a varios expertos que se sometan a un test de deontología. Tenían que enjuiciar el caso de una mujer anciana que falleció después de cinco días de fuertes dolores de pecho sin que los médicos pudieran diagnosticarle su verdadero mal, que era algo tan sencillo de detectar como un infarto de miocardio. Al parecer, todos los facultativos que la atendieron dieron por sentado que alguien había revisado ya el electrocardiograma de la paciente y, unos por otros, dejaron sin comprobar este test vital que dormía entre los papeles del historial clínico sin ser abierto siquiera. El “juego”, si puede llamarse así, ha permitido a varios expertos en bioética y en política sanitaria expresar lo que puede considerarse “opinión oficial” del estamento médico.

ALGUNAS FRASES SELECCIONADAS

”Los errores nunca desaparecerán de la práctica médica, nuestro objetivo es reducirlos al mínimo humanamente posible”. “La publicidad de los errores médicos puede causar un gran daño a la imagen de confianza de la ciencia”. “La ley consiste en impartir justicia; la medicina, es calibrar los daños y los beneficios derivados de una determinada acción. Los daños derivados de la publicación de un error médico suponen añadir más dolor a la familia del afectado al abrirse un duro proceso legal. Los beneficios de la transparencia son muy difíciles de calibrar, ya que nadie va a devolver a la vida a un paciente muerto”. (British Medical Journal. Vol. 322. 19 de mayo)

TRAS LOS PASOS DEL VENDEDOR DE COCHES

El lector es libre de extraer las conclusiones que crea pertinente pero no sería extraño que frases como éstas tuvieran un efecto devastador sobre la necesaria relación de confianza con la que se abría este artículo. Todos sabemos cuán difícil es enfrentarse al corporativismo médico cuando nos sentimos víctimas de un error o de una mala praxis. A todos se nos antoja imposible derribar el muro de silencio que suele cernirse sobre todo caso de negligencia hospitalaria. Pero que te lo digan a la cara duele. El paciente acude al médico, repito, con la confianza de que sabe de qué está hablando, que va aplicar sobre él toda su sabiduría, que cuenta con las herramientas necesarias para diagnosticar y curar, que no va a mentir, que no se va a equivocar. Y también con el convencimiento de que si comete un error irreparable lo va a pagar como todo hijo de vecino porque está sujeto a las mimas leyes que el resto de los ciudadanos. ¿O, no?
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