CRóNICAS COSMOPOLITAS
Sabor y sinsabores
Por Carlos Semprún Maura
Desde 1991, las Editions de Seuil, que nada tiene que ver con F. Umbral, aunque signifiquen lo mismo, encarga cada año a un escritor famoso redactar un diario sobre el año en curso. Para el año 2000, le tocó a Jean-François Revel: (Les plats de saison” ).
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Entes, ya había ojeado el de François Giroud (sin interés), y leído el de Philippe Sollers (1998. El año del tigre), interesante a ratos, con alguna sandez, como cuando afirma tranquilamente que el Gobierno socialcomunista debería disolver el Frente Nacional, ya que no le gusta. Pero descuidé el “Adiós al siglo” (1999) de Miguel del Castillo, que por lo visto está muy bien. No estoy de que sea una buena idea, me parece más bien una “falsa buena idea”, como se dice en Francia. Los diarios íntimos de los buenos escritores me resultan interesantes precisamente porque son íntimos, lo cual no excluye necesariamente el pudor; constituyen un puente entre la obra y la vida, esclarecen facetas ocultas que pueden ser interesantes, si el autor lo es. Por lo que sea, consejos de la editorial o autosugestión de los escritores elegidos, los libros que he leído de esta colección, y según me dicen, también los otros, son crónicas periodísticas de los “eventos que acontecen en la rúa” ese año, y entre lo que, en principio, interesaría al lector y lo que le interesa al autor afirmar sobre su persona y opiniones, no siempre se compaginan las cosas. Un verdadero diario íntimo, sin contrato, es más libre. Al final de su libro, Revel escribe algo parecido: no he escrito un diario íntimo, sino un diario personal. Pero Revel, siendo además de inteligente ensayista, un buen periodista, cada uno de sus libros constituye un acontecimiento.
Como antiguo y fiel lector suyo, yo me pregunto si este libro no sufre, indirectamente, y debido a los azares de la producción editorial, de la salida tan cercana (2000) de su “La grande parade”, en el que analiza mucho más a fondo, cómo sobrevive la ideología del crimen organizado comunista, tras la bienvenida catástrofe del “socialismo real” aunque el análisis de los comentarios que acogieron dicho libro, sean particularmente sabrosos.
Y por cierto, el sabor y la gastronomía están muy presentes en este libro. Tres cosas, por lo menos, de lo que hace y dice José Bové, indignan a Revel: su chauvinismo gastronómico, según el cual, todo lo que se produce en Francia, los tan loados, y no sólo por Bové, “productos del terruño” francés, pierden su valor cuando no enferman a los consumidores. Su odio y vandalismo contra los productos transgénicos, cuando dichos productos no sólo son mortíferos, al revés, y da, entre otros, el ejemplo de India, donde un arroz transgénico ha salvado del hambre a millones de personas. En realidad, si hay un problema con los transgénicos, es el sabor, yo comí maíz transgénico que no sabía a nada. También protesta por la caradura y apoyo que reciben Bové y sus amigos cuando destruyen McDonalds, arrasan cultivos transgénicos y desarrollan todo tipo de acciones violentas e ilegales, y se indignan cuando se les lleva ante los tribunales. Como asimismo se indignan los líderes de los partidos que forman el gobierno, en principio encargado del respeto de las leyes. Pero Bové siendo antiyanqui y anti mundialización, se sitúa más allá de las leyes.
No insistiré sobre la actualidad política francesa vista con tanta agudeza por Revel, no porque no tenga interés, sino porque trato y trataré el tema en mis “Cartas de París”, salvo para notar un punto de discrepancia, que pese a ser francés es universal ya que trata de censura. Revel apoya inteligente y firmemente a Alain Finkielkraut, cuando éste, al mismo tiempo que critica los párrafos antisemitas de un libro (otro diario) de Renaud Camus, se indigna, a contra corriente, por la campaña desatada contra el autor, exigiendo no sólo la prohibición del libro, sino el envío del autor ante los tribunales. Odio al antisemitismo, pero también odio la censura, declaró Finkielkraut. Revel aplaude, y yo por supuesto. La censura se ejerció en este caso de forma “casera”, el libro fue retirado de las ventas por la editorial y reeditado, sin los párrafos antisemitas, que toda la prensa había publicado, y todo este antiburrillo aumentó probablemente las ventas de este libro mediocre. Pero resulta que Revel aplaude la censura a una película: “Baise-moi” (¡Fóllame!), que según me dicen, yo no la he visto ni pensaba verla, es mala, pornográfica y violenta. ¡Violenta! Pero si la violencia y el sexo chorrean de todos los canales de televisión, medio de expresión preferido de los niños, dicho sea de paso. Lo que yo quisiera decir, no sólo a Revel, sino a los millones de internautas que me están leyendo, es lo siguiente: la censura, como la pena de muerte, constituyen principios absolutos que no admiten excepciones. No se puede estar en contra “salvo” en este u otro caso, porque este “salvo” introduce una selección que anula el principio mismo de la libertad de expresión, como el que “no matarás”. La libertad y el respeto a la vida tiene sus inconvenientes, no cabe duda, pero constituyen lo que se podría calificar de fundamentos de una civilización posible.
Revel dedica páginas apasionantes a la trágica situación en África y a contracorriente de una opinión bastante difundida, según la cual todas las desgracias de ese continente, tan rico y miserable a la vez, serían los resultados persistentes de la colonización, señala la responsabilidad concreta de los dirigentes africanos dictatoriales y corruptos, quienes ejercen un permanente chantaje a los países occidentales: “si estamos en la miseria es culpa vuestra, por lo tanto pagar”. Y dichos países y el FMI, y todo tipo de organizaciones internacionales efectivamente pagan, subvencionan, conceden créditos millonarios, y ese gigantesco caudal, se convierte en fortunas personales, o sirven para alimentar guerras y masacres, todo lo cual convierte la tragedia africana en un triste cuento de nunca acabar. Sin embargo, y a mi modo de ver, no resalta suficientemente el nefasto papel de Francia, y por ejemplo, de ELF, en este juego sucio, cuyas primeas víctimas son los africano más humildes.
Notaré de paso que Revel nos dice que ha leído el manuscrito de la biografía que Olivier Todd dedica a Malraux. Habrá grandes sorpresas, anuncia. Y, por lo visto, Revel se extraña al descubrir hasta donde había llegado el apoyo fanático de Malraux al estalinismo (que compara a Sartre, más tarde). Pues, yo no. Espero que el libro de Todd destruya también la leyenda de Malraux “heroico combatiente antifascista” durante nuestra Guerra Civil. Ya va siendo hora.
A propósito de España, país que conoce y donde es conocido, si Revel se muestra, una vez más, firme y categórico contra el terrorismo de ETA, el ultranacionalismo en general, observo una postura ambigua en relación a Cataluña: es muy amable con Jordi Pujol (quien, desde luego, no es Arzalluz) y al mismo tiempo se alegra de que el catalán, pese a todas las subvenciones y pensiones oficiales, no haya logrado destruir al español. Pues ese era, y sigue siendo, uno de los objetivos fundamentales del señor Pujol, amigo Revel. Y, a propósito de amigos y de guerra lingüística en Cataluña, cuenta como su très cher ami, Xavier Domingo, había intentado lanzar un semanario en catalán, Set dies, con el que había colaborado, pero que no duró dos años. Esta anécdota me atañe, porque Xavier Domingo, también amigo mío, me pidió colaborar con ese mismo semanario. (Nos traducía, claro). Recuerdo que cuando Xavier me llamó para pedirme colaboración, comenzó diciéndome: “¡No imaginas cuanto me alegra oírte y saber que vas bien, me habían dicho que estabas en las últimas!”. Ni Xavier, ni yo, sabíamos entonces que quien estaba en las últimas era él. Bona nit, Xavier. Pero bueno, estoy de acuerdo con Revel, el catalán no tiene que desaparecer, no destruir o arrinconar al español, que le duela o no a Pujo.