DRAGONES Y MAZMORRAS
Roma citta aperta
Por Julia Escobar
Las cosas de la vida me han llevado hasta esta ciudad en la que, sonrojo me produce confesarlo, nunca había estado todavía. Se imaginarán ustedes mi asombro cuando, creyendo estar cumpliendo con mi rutinario papel de turista ocasional, me topo de pronto, sin que nada ni nadie me hubiera advertido de que eso fuera a ocurrir, con Esperanza Aguirre en el mismísimo umbral de la Domus áurea. La Presidenta del Senado estaba en Roma -al igual que Luisa Fernanda Rudi que se hallaba en ese momento de visita en el Vaticano- cumpliendo con su deber, es decir asistiendo a una cumbre de presidentes de las cámaras parlamentarias de la Unión Europea que se celebraba antes bianualmente pero que, desde el año pasado, en Lisboa, se decidió que sería una reunión anual.
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Gracias a ellas y a Felipe Garín que acompañaba al director general de Bellas Artes, Joaquín Puig de la Bellacasa, también en misión especial por esos días en Roma (luego les hablaré de ellos), pude colarme a la visita especial que les habían preparado para ver a sus anchas los restos espectaculares de lo que, en su día, fuera la renovada mansión del, al parecer, injustamente difamado emperador Nerón. Porque sabrán ustedes, y si no se lo digo yo, que la historiografía moderna está revisando en profundidad ciertos malhadados aspectos de las actuaciones de este emperador de manera que los guionistas de cine van a tener que buscarse otro culpable del incendio de Roma. Si tenemos en cuenta que también la maldad de Mussolini está siendo muy cuestionada los italianos se van a quedar sin cocos. Lo que no parece que vayan a revisar es lo que pasó realmente durante el saco de Roma. Total, que siempre nos toca a nosotros cargar con el muerto.
Como les dije, estaban ahí Felipe Garín, director de la Academia de España y Joaquín Puig de la Bellacasa, director general de Bellas Artes que había venido, este último, a inaugurar una exposición en el Instituto Cervantes de Roma sobre pintura figurativa española de los años noventa, agrupada bajo el sugerente título de "Canción de las figuras", que estará abierta al público en la sede de exposiciones del Instituto, piazza Navona, del 21 de septiembre al 4 de noviembre. Los criterios que ha seguido el comisario de la exposición, Enrique Andrés Ruiz, son la juventud de los artistas y la temática italianizante, que resulta evidente a lo largo de toda la muestra. De Chirico, Morandi, Carrá son los inspiradores de estos pintores cuyos nombres no tardarán en ser conocidos: Dis Berlín, Belén Franco, Damián Flores, Pedro Morales, Marcelo Fuentes, María Gómez, entre muchos más.
Pero la cosa no terminó ahí. Precisamente en Roma se estaba celebrando el III encuentro María Zambrano, organizado por la Fundación del mismo nombre y la colaboración de la Academia de España, el Instituto Cervantes y el Ministerio de Asuntos Exteriores. Roma no es ajena a la vida de la filósofa española que pasó ahí muchos años de su exilio, rodeada de libros y de gatos. Aunque no se habló de eso en el coloquio, lo de los gatos de María Zambrano es digno de una larga ponencia. Su amor por los gatos fue origen de grandes disgustos ya que un vecino -fascista, según indica Jesús Moreno en la pequeña nota biográfica que repartieron en el Encuentro- la denunció y estuvo a punto de ser expulsada de Italia, de hecho acabó regresando a España un poco por ese motivo. Roberto Calasso, el director de la editorial Adelphi, contaba en Francfort cómo le comunicó María Zambrano, desconsolada, la enfermedad y muerte de una de sus gatas preferidas: "Estaba blanca -dijo la filósofa- estaba pitagórica".
El coloquio se inauguró el pasado miércoles y se clausuró el viernes y hubo de todo, desde la pintoresca intervención del presidente de la Fundación y alcalde de Vélez-Málaga (lugar de nacimiento de María Zambrano donde sólo vivió cuatro años) que destacó la impronta de los limones de su tierra en la obra de la filósofa hasta la intervención del catedrático de Filosofía de la Universidad de Venecia, y alcalde de esa ciudad, Massimo Cacciari, que explicó los puntos de unión entre Heidegger y Zambrano. El lugar donde se desarrollaron las ponencias, y donde se alojaban los ponentes, y una servidora, fue la Academia de España, una institución pionera en materia de política cultural en el exterior porque fue fundada por Emilio Castelar para alojar y atender a los cada vez más numerosos artistas españoles que peregrinaban a Roma por razones obvias, e inaugurada por Alfonso XII. Sus primeros directores fueron Eduardo Rosales y Casado del Alisal. Posteriormente estuvo dirigida por personalidades como Benlliure, Valle Inclán o el Marqués de Lozoya. En la actualidad su actividad se inscribe en la famosa unidad de acción cultural española en el exterior, reforzada ahora en Italia por la ya muy consolidada presencia del Instituto Cervantes. Si a ambas instituciones añadimos la existencia de la también señera Escuela Española de Historia y Arqueología podemos asegurar, sin temor a equivocarnos, que el peregrino (y somos muchos los que estamos en Roma estos días) que busque España en Roma, ahí la halla.