Gracias a este libro, que fue publicado en 1916, con una tirada de apenas dos mil ejemplares, su autor alcanzó un vasto renombre. Y la verdad es que su personaje, transcurrido el tiempo, se convirtió en una figura más conocida que su creador. Esto no es nuevo en la literatura; ya sabemos que ocurrió con otros libros clásicos, y así, el Quijote sobrepasó a Cervantes, Holmes a Conan Doyle y el Martín Fierro a su creador, don José Hernández.
La novela de Güiraldes, cuyas páginas tienen encanto, cuenta las andanzas de un muchacho y su padrino y maestro, Don Segundo, un resero errante y taciturno, que se ha convertido en el arquetipo del paisano amoldado a la vida pacífica del siglo veinte.
Para conmemorar al escritor, a su memorable personaje, que sigue cabalgando a despecho del tiempo por aquellos parajes pampeanos, que tienen una presencia tácita, he preferido transcribir parte de una conversación que mantuve hace muchos años con Borges, a propósito de Ricardo Güiraldes y de este libro que, precisamente, regresa.
Como es notorio, bastaba estimularlo con una o dos palabras, para que Borges hablara y hablara, hilvanando recuerdos, desperdigando comentarios y anécdotas.
Transcribo aquellas palabras de Borges, quien me dijo: «Fue muy raro el destino de Güiraldes. Recuerdo que había escrito un verso en broma, imitando a Lugones…Y luego publicó
“Don Segundo Sombra” y recibió el espaldarazo de Lugones. Pero a él no le gustaba su libro. Decía: “Es una criollada y yo estoy harto de criollos”».
Cuando le pregunté por qué no le gustaba, Borges me respondió: «El decía: “este libro ha tenido mucho éxito porque habla de gauchos, pero yo estoy harto de gauchos y voy a hacer libros muy distintos”. Y entre ellos publicó una novela muy mala que se llamaba “Xaimaca”, y que todo el mundo trató de leer. El creyó que era su libro. Pero después vino la consagración con “Don Segundo Sombra” y esa canonización de Lugones y enseguida se fue a París y allá murió».
Proseguía Borges: «Una vez le pregunté a Güiraldes por qué había usado en el libro las palabras gaucho y pampa, que en el campo no se usan nunca. Y él me dijo que usó esas palabras porque escribía para porteños, no para peones». Y de inmediato, Borges recordó una frase, célebre, de Groussac, quien dijo que Güiraldes tenía que estirarse el poncho para que no le vieran la levita, y agregó: «En esa época nadie usaba levita. Yo creo que eso tiene que ser una broma hecha contra Hernández, que reeditó Groussac. De lo contrario es anacrónico que en el año 1926 se hable de levita. De modo que yo pienso que es una broma vieja, que Groussac aplicó a Güiraldes. Porque él dijo: “Es un libro cimarrón, escrito por un hombre de sociedad, pero tiene que estirar el poncho para que no le vean la levita”».
Por cierto,
“Don Segundo Sombra” legó a la memoria de los hombres un ayer en disolución. Y Ricardo Güiraldes, poeta, novelista y cuentista, nacido en Buenos Aires en 1886 y fallecido en 1927, sigue vivo no tanto por la incorporación de las técnicas de la vanguardia europea a su universo poético y narrativo, sino por la decantación lograda en este libro que escribió durante años. Es un clásico del criollismo, donde el lector, al abrirlo, recupera aquel gaucho manso, sus andanzas y melancolías.
Ricardo Güiraldes,
“Don Segundo Sombra”. Emecé. Buenos Aires, 2000.
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