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8 de Diciembre de 2000

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ESTADOS UNIDOS

Revolución educacional

Por Carlos Ball

Si usted tuviese la opción de ir a unos grandes almacenes como Sears, Wal-Mart o El Corte Inglés para obtener su permiso de conducir o la licencia de ingeniería municipal requerida para añadirle una habitación a su casa, seguramente que preferiría hacerlo, en lugar de acudir al pequeño infierno, largas colas y mal trato a que estamos acostumbrados en las oficinas del gobierno.
Ese mal ambiente burocrático ha contagiado las escuelas públicas, donde cada día nuestros niños reciben más adoctrinamiento sobre lo que es políticamente correcto y menos educación básica en lectura, escritura, matemáticas y ciencias. Y de disciplina, ni hablar. Los maestros no se atreven a imponer disciplina ni respeto en la clase, como tampoco a ser exigentes con los jóvenes, para lograr que hagan el máximo esfuerzo posible en prepararse para la vida y para aportar a la sociedad. La nueva función del maestro en las escuelas del gobierno es manejar una especie de gran estacionamiento de jóvenes, donde estos se sientan a gusto, manteniéndolos más o menos supervisados y fuera de peligro durante la jornada laboral de sus padres. Los altos impuestos que permiten esa “educación gratuita” obligan también a las madres a trabajar a tiempo completo fuera del hogar.

Abundan los graduados de bachilleratos públicos que jamás han leído un libro completo, no son capaces de expresar sus pensamientos oralmente y mucho menos por escrito, como tampoco pueden realizar cálculos aritméticos elementales. Y en cada uno de esos jóvenes la sociedad estadounidense ha invertido unos 70 mil dólares en “educación pública”, desde la guardería al 12° grado.

Nuestros hijos han sufrido las consecuencias de un indeseable monopolio estatal, pero la libertad de elegir está implícita en el funcionamiento del mercado y este otoño unos 100 mil jóvenes norteamericanos, de un total de más de 50 millones, se inscribieron en colegios que funcionan como empresas con fines de lucro. Esto es, ni más ni menos, una revolución educacional que va mucho más allá de las tradicionales escuelas privadas.

El Cato Institute acaba de publicar un estudio realizado por Carrie Lips, titulado “La nueva tendencia en la educación: colegios con fines de lucro”. Los socialistas de todos los partidos verán tal tendencia como una verdadera blasfemia, pero las fuerzas del mercado pronto llenan los espacios creados por el fracaso oficial en servir adecuadamente a la ciudadanía. El mercado funcionando en el ámbito educacional significa, pura y simplemente, que los estudiantes aprenderán lo más posible, al costo más bajo.

Los padres estamos cada día más convencidos de la importancia del capital humano en un mundo globalizado. Las empresas americanas con tecnología de punta dependen crecientemente de mano de obra extranjera porque las escuelas y universidades americanas no están graduando a todos los ingenieros, técnicos y científicos que la industria requiere.

El fracaso de la educación del gobierno fue documentado por la revista The Economist (1° de abril de 2000, p. 17) de la siguiente manera: mientras un niño americano promedio, de 10 años (4° grado), califica por encima de niños de otros 20 países en matemáticas, para cuando llega al último año de bachillerato está por detrás del 95% de los jóvenes de otros países. Esto comprueba que mientras más tiempo está expuesto el joven a una escuela pública, peor le va.

Imaginemos, entonces, el potencial que el mercado educacional ofrece a las nuevas generaciones. Pensemos que futuros genios empresariales tipo Bill Gates, Rupert Murdoch o Michael Dell se dedicarán a ofrecer servicios de educación, una nueva industria abierta a la libre competencia, en lugar de que nuestra juventud continúe bajo las cadenas mentales impuestas por los sindicatos de maestros y los burócratas del ministerio y de las oficinas de educación del estado y del condado.

Empresas como National Heritage Academies, Sabis International y Bright Horizon Family Solutions están abriendo colegios “con fines de lucro” en diferentes regiones. Esto significa el principio del fin de la imposición del mismo patrón educacional para todos los jóvenes. Sólo a una mente burocratizada se le puede ocurrir que la misma talla o el mismo programa de estudios o la misma bibliografía le sirve a todos los jóvenes. El mercado ofrecerá tan variada oferta educativa como la demanda requiera.

© AIPE

El venezolano Carlos Ball dirige desde Miami la agencia de prensa AIPE y es académico asociado del Cato Institute.
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