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1 de Diciembre de 2000

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ESTADOS UNIDOS

Resistamos la presión a gastar el superávit

Por Gary S. Becker

Durante la campaña electoral, el gobernador George W. Bush y el vicepresidente Al Gore ofrecieron visiones diferentes sobre cómo manejar el superávit presupuestario que está siendo generado por una economía pujante, con crecientes ingresos fiscales. Cualquiera que gane enfrentará fuertes presiones políticas para gastar la mayor parte del superávit, ampliando los programas gubernamentales y creando nuevos programas. La realidad es que pocos políticos, de derecha o de izquierda, son capaces de resistir las presiones al gasto ejercidas por grupos de electores.
Tales grupos, durante tiempos de expansión económica, suelen conseguir aumentos en los subsidios gubernamentales que reciben. Mi colega Casey Mulligan y yo estudiamos el gasto público en muchos países que han gozado de aumentos inesperados en sus ingresos fiscales y concluimos que -sin importar el sistema político existente-, el gasto gubernamental tiende a aumentar en dos terceras partes de cualquier nuevo superávit.

Por ejemplo, cuando los precios del petróleo eran altos en los años 70 y comienzos de los 80, las principales naciones petroleras, incluyendo dictaduras como Arabia Saudita y democracias como México, canalizaron sus grandes superávit hacia inmensas compras militares o hacia gastos sociales. Esto ocurrirá de nuevo si persisten los precios del petróleo por encima de 30 dólares el barril.

Especialmente revelador para comprender las presiones que confrontará el presidente electo de Estados Unidos es el crecimiento del gasto federal desde 1995, año cuando las proyecciones presupuestarias cambiaron de ser deficitarias a indicar considerables superávit en el futuro. Se trata de un ejemplo apropiado porque los republicanos controlan el Congreso desde 1994 y el “contrato con América” anunciado por los líderes de ese partido en 1994 exigía una reducción del gasto.

Tal “contrato” pudo lograr cierta efectividad inicial, considerando que los gastos tanto en defensa como los demás gastos se redujeron en 1995 y 1996, a pesar de que el presupuesto continuaba siendo deficitario. Pero mientras los gastos militares se mantuvieron parejos por algún tiempo, en otras áreas comenzaron a surgir desde 1996, mucho antes de que se comenzara a calentar la retórica electoral. Los gastos gubernamentales en actividades nacionales se aceleraron a partir de entonces y los gastos militares a partir de 1998.

De hecho, aún excluyendo gastos militares y en derechos adquiridos -como Seguro Social y Medicare-, el nivel aprobado en el presupuesto del año 2000, combinado con los aumentos del año pasado, significa un aumento promedio anual de 5,2%, el mayor incremento experimentado desde 1974. El deseo de los republicanos de ser el partido del “gobierno pequeño” no logró derrotar a poderosos intereses políticos.

Algunos argumentan que los republicanos lograron desacelerar el aumento de los gastos, comparado con lo que hubiese sucedido de no tener ellos la mayoría. Quizá sea verdad. Pero tanto los republicanos como los demócratas están encantados con el jolgorio dispendioso permitido por la desaparición del déficit presupuestario.

Prueba de ello es que el número de congresistas de ambos partidos que votaron por reducir el gasto federal en 1997 cayó por debajo de 400, cuando habían sido más de 500 en los dos años anteriores. En 1998 y 1999, los que todavía apoyaban la reducción del gasto eran muy pocos. Para evitar ofender a diferentes grupos importantes de votantes, los republicanos han sido crecientemente receptivos a los grandes aumentos de gastos propuestos por el presidente Clinton este año. Es más, los republicanos aumentaron los fondos adjudicados a diferentes programas por encima de lo propuesto por la misma administración Clinton, incluyendo programas federales de educación, vivienda, agricultura y transporte.

Algunos institutos conservadores de estudios públicos han acusado al liderazgo republicano de desperdiciar una oportunidad de oro en frenar el crecimiento del presupuesto. Aunque tienen razón, la actuación de los líderes políticos respecto al creciente superávit es “normal” porque los políticos no pueden resistir gastar casi todo lo que reciben en impuestos.

La única manera como el electorado puede controlar el gasto gubernamental es castigando a los políticos que lo aumentan, en vez de reducir los impuestos. Esos votantes tienen que compensar las grandes presiones de grupos de interés que buscan favores políticos, ejerciendo su propia presión a los legisladores y a funcionarios para que se reduzcan los impuestos, especialmente en tiempos de jauja. Un Congreso bipartidario bajo el liderazgo del presidente Ronald Reagan sí logró instrumentar reformas impositivas considerables en los años 80, las cuales fueron muy populares, a pesar de los déficit.

Sin embargo, me siento pesimista en cuanto a que se logre frenar el gasto, cuando tantos grupos de interés exigen un gobierno más grande, más subsidios y más regalos. Aunque son posibles la estabilización del gasto e importante reducción de impuestos, las propuestas de Bush, y también la considerable reducción de la deuda pública propuesta por Gore, ambas ofertas políticas requerirían hábil liderazgo y mucha suerte.

© AIPE

Gary S. Becker fue premio Nobel en 1992 y enseña Economía en la Universidad de Chicago.
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