Renault ha dado un importante paso adelante con la segunda generación del Laguna. Si tenemos en cuenta que estamos hablando de un segmento del mercado muy importante para los que podríamos considerar
fabricantes generalistas, no es de extrañar que la firma francesa se haya esforzado al máximo para conseguir un coche que brille con luz propia.
La nueva carrocería deja claras sus pretensiones.
Ha crecido en todas las dimensiones, siete centímetros en longitud y nueve en la distancia entre ejes, algo que le otorga una gran envergadura. El estilo es bastante llamativo y, de alguna forma,
rompe con los patrones habituales.
GRAN EMPAQUEAdemás de ser
más coche que antes, Renault ha arriesgado bastante, sobre todo en el tres cuartos trasero donde su diseño provoca todo tipo de comentarios, tanto para lo bueno como para lo malo, pues a lo largo de nuestra prueba hemos escuchado las valoraciones en este sentido más dispares.
Una vez en su interior, enseguida apreciamos una
calidad de realización envidiable, más cercana a la de un fabricante especialista que a la de un generalista como es su caso. La habitabilidad, sin embargo, no es muy superior a la de su predecesor. Es más, la capacidad de carga del maletero es inferior a la de aquel y en este capítulo el
Ford Mondeo, uno de sus mayores rivales, vence sin discusión.
Tampoco pasa desapercibido el
gran despliegue tecnológico que Renault ha llevado a cabo en este modelo, con accesorios tan novedosos como el
sistema de arranque sin llave. Para realizar esta operación en el Laguna, sólo es necesario introducir una
tarjeta codificada y, después, pulsar el botón que se encuentra en el salpicadero. Esta misma tarjeta, y en el caso de nuestra unidad de pruebas —correspondiente al acabado alto de gama Privilege— también desbloqueaba las puertas con sólo tocar el tirador.
Pero eso no es todo. El
control de la presión de los neumáticos desde el interior, los
seis airbag, el
control de estabilidad ESP o el asistente de frenada BAS, todos ellos de serie, le sitúan claramente por encima de la media de su segmento, incluyendo en esta valoración al ya mencionado Ford Mondeo y al Citroën C5.
De las
cinco mecánicas disponibles, tres en gasolina y dos en Diesel, para nuestra primera prueba hemos elegido el dCi de 120 CV, un equilibrado e interesante turbodiesel que incluye una
inyección directa por raíl común más un turbocompresor de geometría variable.
MODERNO DESARROLLOEs, por tanto, un propulsor muy moderno que en marcha ofrece unas agradables sensaciones, ya sea por su
elástica respuesta o por su buena capacidad de aceleración. En estos brillantes resultados hay que destacar el acierto de Renault a la hora de incluir una
caja de cambios de seis relaciones con unos desarrollos muy acertados. Las cinco primeras marchas están muy “juntas” y la sexta se ha diseñado para rodar de forma desahogada y, en consecuencia, conseguir unos bajos consumos.
Equipado con una
plataforma completamente nueva, en materia de comportamiento pocos peros se le pueden poner al recién llegado. Tal vez la
excesiva asistencia de la dirección sea uno de ellos —los más exigentes pueden echar en falta también una
amortiguación algo más enérgica— pero de lo que no cabe ninguna duda es de su gran aplomo en curva y de unas reacciones muy fáciles de gobernar. El control de estabilidad ESP influye de forma positiva en su control y el equilibrio que reina entre los dos trenes rodantes permite un comportamiento impecable en todas las circunstancias.
Disponible
con tres niveles de acabado —Expression, Dynamique y Privilege— la versión más equipada roza los
4 millones, una cantidad nada desorbitada con relación a sus cualidades dinámicas y equipamiento de serie.