Entre los regalos de navidad del nuevo presidente de Estados Unidos se encuentra uno inesperado: la debilidad de la economía de la primera potencia mundial, por primera vez en ocho años de continuo crecimiento. La señal de alarma la ha dado, de nuevo, la Reserva Federal, el banco central de Estados Unidos, por boca de su presidente, Alan Greenspan. La “Fed” está más preocupada por la debilidad futura de la economía de EE.UU. que por los peligros de inflación, ya que opina que ha empezado el aterrizaje, como ya anticipamos en este mismo espacio hace quince días.
El dólar está bajando en picado frente al euro porque muchos economistas piensan que la próxima decisión de Greenspan será rebajar los tipos de interés, ya sea en la reunión de la Fed de enero o en la de marzo. La economía de Estados Unidos crecerá el 3,3 por ciento el año próximo, al mismo ritmo que en Europa, pero la caída es considerable después de haber crecido el 5,1 por ciento en el año que termina.
De todas formas, el próximo presidente ya ha anunciado que llevará a cabo sus promesas de recortar los impuestos en cuanto tome posesión de su cargo. Ello será posible gracias a que el presupuesto nacional ha arrojado un superávit de 237.000 millones de dólares en el año fiscal que termina: suficiente para pagar lo que se ahorran los contribuyentes.
Sin embargo, esta política fiscal generosa no acaba de convencer a Greenspan, quien ha aconsejado a Bush que recuerde las lecciones que el gobernador de la Fed le dio a su padre: primero rebajar la Deuda pública y luego, si sobra, rebajar impuestos. Bush hijo quiere establecer desde el principio una relación privilegiada con Greenspan y para ello va a dar plenos poderes a su vicepresidente, Dick Cheney, amigo de éste por haber sido ambos miembros del gobierno presidido por Gerald Ford.
El banco central de Estados Unidos se encuentra con la difícil misión de retirar el champaña nada más empezada la fiesta y quiere mantener la inflación bajo control en la difícil tesitura que se le presenta de mayor presión sobre los precios. Si los estadounidenses ganan más por pagar menos impuestos, la demanda privada aumentará y eso acabará trasladándose a una subida de precios que puede poner toda la estrategia en cuestión y obligar a la Fed a renunciar al final a bajar los tipos de interés para contrarrestar las alegrías presupuestarias del ejecutivo.
Para el presidente Bush, la rebaja de impuestos sería para sus administrados un paliativo ante el aterrizaje de la economía y los peores tiempos que se avecinan: la familia Bush no quiere ser recordada como la que asistió al primer episodio de recesión (George Bush padre, en 1991) y al final de la bonanza económica de la primera potencia mundial bajo el mandato del hijo. Además, el complicado proceso de acceso al poder de Bush ya le ha hecho empezar con mal pie su presidencia, ante las críticas por haber ganado con menos votos populares y por haberlo conseguido gracias a la intervención in extremis de la justicia.
El problema de la debilidad política de Bush está ligado al que he citado en primer lugar: el peor momento económico que vive el país. Si la economía cumple los peores presagios y cae en recesión, Bush tiene que actuar rápido para no perder aún más popularidad. Para complicar aún más la situación, la posibilidad de recesión daría al traste con el actual superávit de caja del presupuesto nacional, lo cual le impediría rebajar los impuestos, lanzar el programa de Seguridad Social y aumentar los gastos de defensa: las tres prioridades del gobierno de Bush. El nuevo presidente no puede permitirse fallos si quiere que el Parlamento apoye con votos su programa político, sencillamente porque la mayoría republicana en el Congreso será de sólo diez escaños en 2001 y en el Senado estará empatado con el partido Demócrata.
A pesar de que Bush ha intentado acercarse al partido opositor, todavía quedan muchas diferencias sobre la política que quiere llevar a cabo el nuevo gobierno por parte del partido de Clinton, que se opone a la política educativa, a las ayudas para medicamentos para los ancianos y, sobre todo, al programa de gastos de defensa. Los analistas políticos están convencidos de que Bush tendrá que sacrificar alguno de sus proyectos con tal de garantizarse el apoyo de las Cámaras a sus proyectos legislativos, aunque admiten que es lógico que insista ahora en su programa electoral para dejar tranquilo a su electorado.
El resultado será que Bush tomará algunos rasgos moderadamente intervencionistas del programa de sus rivales demócratas, sin abandonar por eso sus ideales de liberalismo a ultranza. Al final veremos como el programa de ayuda social ideado por Clinton acaba por implantarse, pero con otro nombre, con menos presupuesto y bajo el control de cada Estado y no del gobierno federal. En cuanto a la primitiva idea de Bush de que los empleados inviertan parte de las retenciones de las nóminas en fondos de pensiones ligados a la Bolsa, al final posiblemente se limitará a prometer una revisión periódica de los beneficios de la Seguridad Social.
Entre los regalos de navidad del nuevo presidente de Estados Unidos, se encuentra una carta de su padre con las siguientes palabras: “Clinton me ganó en 1992 por culpa de la recesión: en cuanto veas el menor signo, actúa rápido y fuerte para que no se repita la historia”.