Sin embargo, estas celebraciones -que suelen ser bastante inútiles en sí, como toda efemérides- deben (y esperamos que así sea) tener un aspecto práctico de capital importancia: la recuperación del resto de la obra del homenajeado. Si la obra para guitarra del maestro Rodrigo es acogida siempre con éxito... ¿por qué no han de serlo el resto de sus producciones, de similar o superior interés y de idéntico atractivo inmediato?
Para ello se ha creado, con los apresuramientos típicos de las acciones emprendidas por los políticos patrios -tan abrumadoramente insensibles a la cultura en general y a la música clásica muy en particular-, una Comisión Nacional, que vayan ustedes a saber lo que hará a lo largo de este año; pero que, en este caso, ya se ha apuntado al primer logro del centenario: la recuperación de la única obra lírica escénica de Rodrigo, que es “El hijo fingido”.
Rodrigo no es, desde luego, Bach o Bruckner... pero no le hace ninguna falta. “Yo bebo en un vaso pequeño, pero es mi propio vaso”, dicen que dijo el maestro. Y esa es la principal característica de toda su obra. También de este “Hijo fingido”, una comedia lírica que ahora resucita gracias al empeño, más que de los políticos, de dos entidades musicales interesadas en la música española: el Teatro de la Zarzuela -donde la obra se estrenó en los años 60, y donde ahora se repondrá (la semana que viene les contaremos qué tal las representaciones)- y el sello discográfico EMI Odeón, que acaba de llevarla al disco.
Esta nueva producción fonográfica es muy modesta, pues cuenta con una orquesta (la de la Comunidad de Madrid) y una dirección (la de Miguel Roa) que se salvan sólo por los pelos; tampoco el sonido -por una mera cuestión de acústica- es maravilloso. Pero esto no empaña la magnífica actuación del Coro de la Comunidad y de unos solistas jóvenes y solventes, entre los que no hay ningún nombre estelar: el barítono Miquel Ramón, la soprano María Rodríguez, las mezzos Lola Casariego y Mª José Suárez y el tenor Emilio Sánchez defienden las partes protagonistas defienden las partes protagonistas con total dominio y propiedad. Pero, por encima de todo, lo que la modestia no puede ocultar, es que éste es un disco realizado con gran cariño por parte de todos los que intervienen en él. Y eso es lo que se necesita en conmemoraciones como la presente. Poder disfrutar de la música fácil, pero encantadora y refinadísima, de “El hijo fingido” es un fruto impagable. Para colmo de alegrías, EMI anuncia la edición en 20 compactos de una Edición Rodrigo que recogerá prácticamente toda su obra.
RECOMENDACIONES DISCOGRÁFICASDeutsche Grammophon golpea tres vecesMientras otras casas discográficas comienzan el 2001 con productos de “sólo márketing” (inventos infumables, promoción de artistas discutibles y reediciones a tutiplén), el sello alemán inaugura el milenio con nuevas grabaciones de alto nivel de un repertorio que, dentro de lo conservador, no deja de ser interesante.
MAHLER:
“La canción de la tierra”. Urmana, Schade. Orquesta Filarmónica de Viena / Pierre Boulez. 469 526-2. (60’31”).

Una magnífica manera de comenzar el milenio: una gran obra, una gran orquesta y un gran director. Boulez se sumerge en esta partitura oceánica dejándose llevar -cosa poco frecuente en él. A su proverbial sentido del equilibrio, a su transparencia casi analítica, le sumamos ahora un tono dorado y una pizca de regodeo que hacen de esta versión una de las mejores escuchadas en los últimos tiempos, aunque sin llegar a la altura de las míticas de Otto Klemperer o Bruno Walter. Lo malo son los solistas, porque el tenor Michael Schade no es nada del otro jueves -ni como voz ni como intérprete- y su parte es demasiado exigente como para cumplir con medianía; Violeta Urmana es una mezzo de muy bella y solvente voz y, además, una excelente artista, pero aún es joven y le falta algo de poso y solidez.
BRUCKNER:
Misa nº1 y Motetes. Orgonasova, Fink, Prégardien, Schulte. Coro Monteverdi, Orquesta Filarmónica de Viena / John Elliot Gardiner. 459 674-2. (66’01”).

Gardiner últimamente anda que no sabe muy bien en qué repertorio quedarse, pero como en este errabundeo se hace acompañar por “su” impresionante Coro Monteverdi, los resultados no son del todo malos. En Bruckner, Gardiner está algo perdido, pero en esta misa sabe llevar las cosas a su terreno: recogimiento, espiritualidad y un intimismo cercano a la blandura. Tal vez se aleje de lo que deba ser Bruckner, tal vez esto sea demasiado “light”, pero resulta exquisito. Además, la Filarmónica vienesa está superlativa y muy bien los solistas. Para los amantes del Bruckner más wagneriano, pueden encontrar, también en Deutsche Grammophon, la interpretación magnífica de Eugen Jochum.
SHOSTAKOVICH:
Sinfonías nºs 2 y 3 y Suite de “El perno”. Orquesta Sinfónica de Gotemburgo / Neeme Järvi. 469 525-2. (75’20”).

He aquí las dos sinfonía más breves, menos grabadas y menos interpretadas del gran compositor ruso. Por eso esta grabación tiene valor intrínseco en el actual panorama de novedades. La orquesta nórdica -que es una agrupación de provincias, pero de excelente nivel- nos da una interpretación, dirigida por su titular -que conoce muy bien y ama la música de Shostakovich- que es epítome de corrección y acierto. Puede faltar algo del toque genial de Rozhdestvenski o de la pasión de Rostropovich, pero ninguno de ellos grabó esta música con un sonido tan brillante. Además, es difícil encontrar estas dos obras sueltas. Pero donde Järvi y lo gotemburgueses están sensacionales es en la suite del ballet “El perno” Op. 27, obra también muy poco grabada.