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30 de Marzo de 2001

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Una vuelta por ParísPor Fabián C. Barrio
¡Estos Príncipes!Por José Apezarena
La vida es un dramaPor Agustín Jiménez
Tipos de interés ceroPor José Ignacio del Castillo
Realmente fastuosoPor Carlos de Matesanz
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Claudio Magris y la modernidadPor Rubén Loza Aguerrebere
Por qué enriquezco a Bill GatesPor Manuel F. Ayau Cordón
Un año después de las eleccionesPor Víctor A. Cheretski
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La vida es puro teatroPor Carlos Pérez Gimeno
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La televisión en un cha, cha, chaPor Carlos Semprún Maura
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Semana del 24 al 30 de marzo del 2001Por I. González y Rosana Laviada

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MúSICA CLáSICA

Realmente fastuoso

Por Carlos de Matesanz

Realmente, por tratarse del último título estrenado en la temporada de Ópera del Real, una ópera —además— con la realeza como protagonista, y fastuoso por haber tenido uno de los montajes escénicos más imponentes y, a la vez, más atinados que se han visto en el coliseo madrileño. Se trata del “Don Carlo” de Verdi, ópera ambientada en Madrid, que se representa hasta el próximo día 16. La versión es la italiana, sin el acto I, pero con algunas escenas añadidas procedentes del original francés, como la escena de las máscaras que precede al terceto “A mezza note” y el concertante posterior a la muerte de Posa.
Bajo la dirección de un astuto experto, Antonello Allemandi, que no es un genio, pero que lo disimula magníficamente, la Sinfónica de Madrid, sonó adecuada y su Coro, también. En las partes vocales del primer reparto destacó claramente el Marqués de Posa del popular Dmitri Hvorostovsky que, sin unos medios espectaculares, pero sí muy cuidados y muy bonitos, hizo una bella creación. También fue notable la Éboli de la americana Carolyn Sebron, mezzo del segundo reparto, que resultó un calco absoluto pero logradísimo de lo que años ha hiciera su compatriota Shirley Verret en el mismo papel: y no sólo en lo expresivo, sino que hasta las voces se parecen horrores. Menos relieve tuvieron los bajos: Roberto Scandiuzzi sólo dio auténtica presencia a su papel en el dúo con el Inquisidor, que, cantado por Alexander Abrazakov, tuvo resonancia pero no fiereza ni el registro grave que requiere. La pareja supuestamente protagonista —soprano y tenor— estuvo encomendada a un Luis Lima potente y que se sabe el papel del infante Don Carlos al dedillo, pero cuya voz ya está afeada y deteriorada por la edad, y Norma Fantini, a la que le ocurrió todo lo contrario: buena, joven y sana voz —de momento— pero escasa identificación con la dulce Isabel de Valois.

Sin embargo, todas estas discretas excelencias musicales podrían haber sido inoperantes si no se hubiera contado con una producción escénica como la que se estrenaba. En colaboración con el Teatro Carlo Felice de Génova y el Mayo Musical de Florencia, el Real encargó no la escenografía, la dirección de escena y los figurines al cada vez más cotizado Hugo de Ana. Y, en este caso, dio en el clavo todavía más que en su anterior “Aida”. El decorado único, sobrio, con columnas corpóreas móviles, estaba concebido de tal modo que pudo recrear a la perfección todos y cada uno de los muchos ambientes que esta espectacular ópera requiere. Hubo intensidad en los momentos oscuros y fasto en la famosa escena “del Auto de Fé”, con un derroche de oros y oropeles absolutamente cegador. La dirección de escena —el movimiento de coros y solistas— fue, como es habitual en De Ana, un tanto ampulosa, pero creíble, y al vestuario, calificándolo sobre diez, sería merecedor de un diez y medio.

Puede que Hugo de Ana juegue sobre seguro, apostando por puestas en escena muy realistas, que llegan mejor a todo tipo de público; pero lo cierto es que es un hombre que conoce el medio en que se mueve a la perfección, sabe como crear ambientes, como seducir y es siempre respetuoso con la obra que monta. Suficientes méritos para que, cuando acierta, se lo reconozcamos tan ruidosamente como el público que sale totalmente fascinado de este “Don Carlo”, una de las óperas más interesantes y peor tratadas de Verdi.


Recomendaciones Discográficas


Dobles de Virgin: buenos, bonitos y baratos

Virgin Classics lanza en formato “doble cedé” (dos discos en el espacio de uno) algunas referencias sumamente interesantes, bien por el repertorio que ofrecen o bien por la calidad excelsa de sus interpretaciones. Además, estos álbumes pueden encontrarse en algunos comercios a un precio más que económico, con la falta que hace. De todas, reseñamos cuatro referencias: una por la música infrecuente y hermosa que contiene, las otras por las figuras magníficas que lo protagonizan.

DVORÁK, DOHNANYI, KODÁLY, SUK, MARTINU: Obras de cámara. Conjunto Domus. 5 61904 2. (117’07”) 2 CD.

En unas interpretaciones llenas de transparencia sonora , Krysia Osostowicz (violín), Thimoty Boulton (viola), Richard Lester (cello) y Susan Tomes (armonio y piano), nos ofrecen un programa bien infrecuente: dos obras para trío de cuerdas de autores húngaros: la Serenata del postromántico Ernö von Dohnanyi y el breve Intermezzo de Kodály, más dos obras checas: las Tres Bagatelas Op. 47 de Dvorák, con el peculiar sonido del armonio, y el Cuarteto con piano Op. 1 de su yerno Josef Suk. El segundo compacto está dedicado monográficamente al más moderno —estética, que no cronológicamente, de los autores: Bohuslav Martinú, con su Trío de cuerdas nº 2, los Tres Madrigales para violín y viola y el Cuarteto con piano nº 1. Ya les digo: un montón de obras bien difíciles de encontrar en disco, juntas en un coherente programa y con una interpretación excelente.

VARIOS: Música para los Reyes Españoles. Hespèrion XX / Jordi Savall. 5 61875 2. (103’12”) 2 CD.

El primero de los dos compactos del álbum se divide en música para las cortes de Alfonso I y Fernado I de Nápoles (el Nápoles español), con obras de autores tan poco frecuentados como Ghizeghem, Cornago, Cornazano y Ebreo da Pesaro, y música para el reinado de Carlos V, con obras de Gombert, Ortiz, Valente, Willaert y otros. El segundo es un monográfico Antonio de Cabezón, en versiones instrumentales de obras que son, en gran parte, originariamente organísticas o para vihuela. Aquí la selección, a pesar de lo variado de sus orígenes, es también sólida y coherente. Pero adquiere aún mayor unidad en la interpretación del siempre alabado y alabable Jordi Savall, único en este repertorio, al frente de su Hespèrion XX, conjunto en el que nos encontramos a nombres tan señeros, en el mundo de la música antigua, como Hopkinson Smith (laúd), Montserrat Figueras (soprano) o Paolo Pandolfo (viola). Las grabaciones originales son de 1983.

BERLIOZ, MENDELSSOHN, BRAHMS, RESPIGHI: Canciones de concierto. Janet Baker (mezzo), Coro Sinfónico de Londres. City of London Sinfonia / Richard Hickox. VIRGIN 5 61469 2 (138’33”). 2 CD.

Siempre es una garantía contar con el nombre de la eximia mezzo británica Dame Janet Baker —aunque aquí, en grabaciones de 1990 esté ya bastante mayor de voz— porque su arte es incombustible. No es recomendable este álbum por las interpretaciones de las “Noches de estío” de Berlioz, ni de la Rapsodia Op. 53 de Brahms, que grabó en plena y radiante juventud con Barbirolli y Boult respectivamente, pero sí por las infrecuentes obras de Mendelssohn (Salmo 42 y aria de concierto “Infelice” Op. 94) y, sobre todo, por el delicioso ciclo de canciones “La sensitiva” de Ottorino Respighi, donde la no muy suntuosa batuta de Richard Hickox se encuentra, además, muy a sus anchas. Se incluyen, además, 3 canciones de Berlioz (“La bella viajera”, “La cautiva” y “Zaïde”, y cuatro coros de Brahms (los Op. 17).

BACH / FRESCOBALDI: Obras para clave. Scott Ross. 5 61869 2. (146’37”) 2 CD.

No dudamos en calificar de auténtico tesoro musical, digno de figurar en un rincón de honor de cualquier discoteca que se precie, a este álbum que incluye, en su primer disco, uno de las más soberbias interpretaciones de las Variaciones Goldberg BWV 988 de Bach que conserva la fonografía. Decir que Scott Ross fue un auténtico genio del clave es un lugar común; escuchar su interpretación es comprobarlo. Pero mucho más lo es aún oyéndole en las piezas de Girolamo Frescobaldi del segundo disco, pues reviste de las imaginación, variedad y exuberancia a la sobria música frescobaldiana que, sencillamente, no puede pedirse más. Además los discos, de excelente sonido —grabados en 1988 y 1989—, están muy aprovechados, así que ni se lo piensen.
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