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25 de Mayo de 2001

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DRAGONES Y MAZMORRAS

Realidad transmutada

Por Julia Escobar

Como ya les conté la semana pasada he tenido recientemente la ocasión de visitar muy de cerca las instituciones culturales más importantes de Madrid. No hay como enseñar tu ciudad a un forastero para empezar a conocerla: jamás había yo entrado en ninguno de esos recintos más allá de las salas de actos y de su infraestructura sanitaria. El recorrido me dejó a mí transpuesta y admirada a la amiga de la que les hablé. No teníamos mucho tiempo —ella sólo se quedó tres días— así que el jueves callejeamos en pos del pasado literario y el viernes lo dedicamos a la visita institucional; el sábado volvimos a la calle y terminamos el día en El Español viendo la admirable obra de Enrique Jardiel Poncela, Eloísa está debajo de un almendro, función que me dejó muy claro por qué prefiero el teatro leído a representado. A mi amiga todo le pareció estupendo porque cuando una está en tierra extraña, y más siendo periodista, cualquier cosa deviene tema.
Lo más divertido de todo es que después de que yo afirmara que la vida cultural madrileña se desarrollaba principalmente en el Círculo de Bellas Artes y en la Residencia de Estudiantes, porque del Ateneo sólo quedaba la gloria, fue en éste donde, pasadas las diez de la noche, encontramos un atisbo de actividad literaria. Yo no pude acompañar al Círculo a mi amiga pero me consta que le enseñaron hasta el casco de la Minerva. Como supondrán ya la había yo aleccionado sobre lo que representó el Círculo en tiempos pasados y su actual destino así como la prestigiosa historia de la Residencia de Estudiantes, ahora tan bien restaurada que no hay quien la reconozca. No soy persona que se complazca en la mugre ni en los interiores a lo Antoñito López, pero se me rompió el corazón cuando vi el salón principal de la Residencia sin sus coloniales y anticuados ventiladores de techo, convertido en una sala ultramoderna y aséptica donde dudo que pueda tener cabida el legítimo piano de Lorca cuando lo hayan reparado.

Como era viernes, ninguno de los dos centros tenía actividad alguna y aprovechando que el Ateneo tiene un generoso horario (hasta la una de la madrugada) ahí entramos después de cenar en el Callejón del Gato, para no perder ambiente. Si la llevé a la “docta casa” en el crepúsculo, fue para que admirara mejor la melancólica decadencia del deslavazado caserón. A esa hora “entre perro y lobo”, como dicen los franceses o entre “lusco y fusco” como dicen los portugueses y que nosotros llamamos más desabridamente “entre dos luces”, es cuando la majestuosa biblioteca y el inquietante salón decimonónico sacan mayor provecho de su ajada belleza, alcanzando cotas de penumbra dignas de ser incluidas en El elogio de la sombra, ese portentoso tratado de estética del japonés Tanizaki, de tan sólo 50 páginas, que traduje en su día para la editorial Siruela y que va ya por su 10ª edición.

Pero no fue ahí, ni tampoco en la galería de retratos, sino en la sala llamada “La cacharrería”, donde nos topamos con una insólita e inesperada lectura de poemas, a cargo de Rosana Acquaroni. Yo recuerdo a esa chica, que fue accésit del Adonais hace algunos años y que pertenece a un grupo poético, formado, si no me equivoco, por otras tres poetisas y que se llama “transilium”, ya saben, como aquella medicina milagrosa. Rosana no sólo leía los poemas con una hermosa voz de morena clara, sino que de vez en cuando nos regalaba con sonidos extraordinarios que sacaba de sorprendentes artilugios creados para lograr impactantes efectos espacio-temporales, entre otros, un cuenco tibetano que simulaba el sobrecogedor sonido del espacio sideral. Fue eso que los modernos llaman una “experiencia mística”, pura realidad transmutada.
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