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15 de Junio de 2001

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"JOAQUINJOSEMANíA"

Razonamientos falaces

Por José Ignacio del Castillo

Las distorsiones, sofismas y medias verdades que se han repetido estos días con ocasión de la liberación de Joaquín José Martínez —el español que estuvo en el corredor de la muerte en Florida—, sobre el sistema penitenciario norteamericano, constituyen ya discurso habitual. La progresía ha conseguido cumplir una vez más el viejo objetivo de presentar el sueño americano como la peor de las pesadillas. El viejo mandato que el líder bolchevique Karl Radek encomendó a Willi Munzenberg a comienzos de los años 20 sigue vivo. Más vivo que nunca. “Consigamos que quien no apoye el socialismo sea considerado siempre por el común de las personas, como ignorante reaccionario o codicioso egoísta sin escrúpulos”.
Ya se sabe que hay dos formas de mentir. Con o sin estadísticas. Nuestros “amigos” utilizan las dos. Imagínense. “El 75 por ciento de la población reclusa americana pertenece a las minorías negra y latina que sólo constituyen el 20 por ciento de la población”. Ergo, el sistema es racista. Hay otras estadísticas que sin embargo, no se mencionan. Por ejemplo que, “el 90 por ciento de los presos son varones”. ¿Demuestra eso que el sistema está conducido por el feminismo más militante? Tengamos cuidado con las tonterías que decimos sobre discriminación, sexo y raza porque algunas conclusiones y propuestas pueden revolverse peligrosamente. Algún líder racista proponía que dado que el 80 por ciento de los crímenes violentos son cometidos por personas de raza negra y que los afroamericanos sólo constituyen el 14 por ciento de la población, los blancos tienen que empezar a matar negros para “acabar con las desigualdades”.

En realidad, la altísima densidad de población reclusa masculina y joven y la importante proporción de negros e hispanos es perfectamente explicable sin acudir al socorrido argumento de la malvada discriminación. Los altos niveles de testosterona y agresividad del sexo masculino en relación con el femenino, explican adecuadamente la estadística “sexista”. La alta criminalidad entre la minoría negra tiene mucho que ver con cuestiones como la proporción de nacimientos ilegítimos (más del 70 por ciento entre los negros frente a menos del 20 por ciento entre los blancos), o la cultura imperante en los ghettos.

El modelo masculino que se trasmite en el ghetto tiene bastante más relación con el “machito peleón”, promiscuo, irresponsable y carente de horizonte temporal, que con el buen padre de familia civilizado, trabajador y cumplidor de la ley. Los “progres” sostienen que la pobreza conduce a la delincuencia. Quizás eso pueda ser verdad en el caso del hurto famélico, caso que se me antoja extrañísimo en una sociedad desarrollada en la que hay centenares de lugares de asistencia en cada ciudad. Si bien es cierto que crímenes como el asalto, la violación y el robo tienen relación con la pobreza, la relación es inversa a la que suele creerse. No es la pobreza la que conduce a la violencia. De la pobreza se sale siendo honrado. En nuestros ascendientes familiares hay múltiples ejemplos. Más bien es allí donde impera la violencia, donde la pobreza tiende a perpetuarse. Carece de sentido producir en medio de la rapiña y la guerra.

Decía el gran economista de color Thomas Sowell, que el welfare había conseguido en treinta años, lo que no fueron capaces de lograr en dos siglos la esclavitud, la depresión económica y la segregación: Destruir absolutamente la familia negra. Es curioso que el nivel de criminalidad vaya creciendo conforme los socialistas van haciendo avanzar sus tesis sobre redistribución de la renta, control de alquileres, agresiones a la institución matrimonial, control de armas, planes de estudios multiculturales en escuelas públicas o guerra gubernamental contra las drogas. Seguro que eso sí que no es casualidad.
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