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6 de Abril de 2001

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EXPOSICIONES

Rafael Canogar

Por Pablo Jimenez

El Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía acaba de presentar una exposición antológica de Rafael Canogar (Toledo, 1935), primera gran retrospectiva que se realiza de uno de los grandes representantes de la generación informalista que planteó, a finales de la década de los 50 la gran renovación de las corrientes artísticas en nuestro país y su incorporación a los circuitos internacionales donde gozaron de un importante protagonismo a través, fundamentalmente de las grandes exposiciones internacionales.
Canogar (en realidad Rafael Cano García) se había trasladado de niño a Madrid. Allí consiguió que Vázquez Díaz lo aceptara en su estudio, el más prestigioso y “moderno” por decirlo de alguna manera de esos años en los que la pintura más academicista era la que predominaba en un panorama tan mortecino como mediocre. La influencia de Vázquez Díaz es notable en sus primeras obras, paisajes y retratos, pero a través del estilo de su maestro empieza a interesarse por Picasso y los grandes maestros internacionales del arte.

En 1955 se produce un cambio brusco (el primero de una larga serie) y su estilo se inscribe ya dentro de una abstracción de fuerte componente expresionista de la que derivará directamente hacia el informalismo. En estos cuadros plantea la importancia de la textura de base sobre la que impone una serie de gestos de pretendido dramatismo. Son como estallidos de pintura que se estrellaran sobre el lienzo dentro de unos tonos de gran severidad: negros y pardos, tierras y blancos que conceden a la pintura una carga dramática llena de efectismo y muy del gusto de la época.

En 1957 es miembro fundador del grupo “El Paso” con cuyos miembros le une, como ya hemos visto el gusto por la materia, la expresividad del gesto y la reducción del color. Gracias a su vinculación a este grupo, fundamental a la hora de entender la transformación y la modernización del arte español de la segunda mitad de siglo, utilizado por el tardo franquismo para mostrar internacionalmente una apariencia de modernidad interior y de normalidad con el resto de Europa, Canogar participará en las grandes exposiciones internacionales de Venecia, Sao Paulo o Nueva York, llegando a obtener una importante reputación internacional.

En 1965, cuando el informalismo ya se cuestiona abiertamente en la escena internacional, y las posturas neofigurativas de todo tipo han tomado el relevo en la actualidad artística, Canogar da un cambio radical a su obra: lógicamente dirigiéndose hacia la figuración. Entonces le interesan los movimientos figurativos que durante la década de los 50, en clara contestación al propio informalismo y en línea con los más ortodoxos postulados del partido comunista, planteaban un lenguaje plástico de contestación al régimen franquista. Canogar utiliza las imágenes fotográficas como referencia de sus obras en la recreación de multitudes de manifestantes y otras escenografías de las protestas sociales.

Para conseguir un mayor efectismo en este tipo de representaciones colectivas, Canogar introduce la tercera dimensión con la traslación a la madera y el poliéster reforzado con fibra de vidrio de este tipo de representaciones.

En 1976, muerto Franco, estas representaciones resultaban un tanto fuera de lugar. Es por ello que el inquieto Canogar decide introducir un nuevo cambio de rumbo en su trayectoria artística: la representación de una iconografía de imágenes seriales en torno al tema de la cabeza humana. Es una pintura que entronca con una tendencia general de simplificación de las formas y regreso al color representada por lo que podemos entender como generación de los 80 y que tendría su exponente más conocido en Barceló.

Canogar parece intentar asimilar esos nuevos planteamientos desde una pretendida asepsia y elegancia que si bien contrasta con las ideas de fondo, si le confiere una cierta distancia con aquellos artistas de los que le separa más de una generación.

En la década de los 90 cuando esta corriente de vuelta a la pintura pasa por sus horas más bajas y la tendencia general se vuelve hacia un arte más reflexivo y frío, Canogar introduce un nuevo cambio y se vuelve hacia imágenes que son como fragmentos de pintura y que pretenden plantear una reflexión sobre el propio lenguaje pictórico.

Precisamente esta falta de un estilo propio es lo que los defensores de Canogar plantean como su propio estilo y que se adecua a la necesidad de cambio que está implícita en la propia idea de lo moderno. Los detractores denuncian la proximidad de estos cuadros de Canogar a otro artista concreto, dependiendo de cada una de las series.

La sensación general que transmite la exposición, posturas y gustos personales al margen, es la de un recorrido por determinados planteamientos estéticos que ya son historia y que marcaron distintos momentos de la actualidad artística. El que esto se pueda dar en un sólo artista y en un espacio de tiempo tan corto es lo que más sorprende y lo que confiere a la exposición un interés especial.

Canogar tal vez no es el gran artista de la pintura española de la segunda mitad del siglo XX, pero seguramente representa como ninguno las grandes transformaciones que ha vivido nuestra sociedad y el arte que ha intentado reflejarla. La falta de estilo como un estilo, es cierto que planteamientos más radicales y más claros, no deja de ser un planteamiento propio del arte de estos últimos años.
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