Muchos años después leí la aguda definición de Fréderic Bastiat (1801-1850) sobre el Estado: “La gran ficción por la cual alguien busca vivir a expensas de alguien más”. Al cumplirse 200 años del nacimiento de Bastiat, la ficción del Estado pródigo sigue gozando —por desgracia— de envidiable salud. Basta escuchar o leer las noticias.
Más de la mitad de las “noticias” cuentan de una u otra forma la misma historia que genialmente describió Bastiat. Siempre se trata de alguien buscando, a través de esa entidad fantástica (gobierno, Estado), vivir a expensas de otro.
Los argumentos ni siquiera son novedosos. Bastiat satirizaba a los negociantes que en su tiempo demandaban del gobierno protección frente a la “competencia desleal”, con el ejemplo de los fabricantes de velas que tenían que enfrentar “la ruinosa competencia de un rival extranjero que trabaja bajo condiciones muy ventajosas respecto de las que tienen nuestros productores locales de luz, inundando el mercado nacional con su servicio a un precio increíblemente bajo”. Tal competidor odioso no era otro que el sol.
Pero la misma tontería se sigue repitiendo todos los días. El fabricante de chocolates exige al gobierno que se impongan aranceles elevados a las “ruinosas” importaciones de chocolates suizos. El dueño de ingenios azucareros demanda que el gobierno le compre, a precios “justos”, por encima de los del mercado.
Se me ocurre, a la vista del gobierno munificente, que también quienes escribimos artículos de opinión y crítica merecemos ser atendidos. Propongo un mecanismo similar al que utiliza la industria azucarera.
Así, la banca de desarrollo debería crear un “fondo de garantía” que nos garantice el pago oportuno —o adelantado— de nuestros productos. Esto permitiría que las empresas periodísticas con apuros de liquidez —casi todas— emitan certificados sobre los artículos publicados o por publicar, nos los entregan a los autores y nosotros acudimos a “descontar” esos documentos ante la banca gubernamental.
Eso sí, para darle un mayor “efecto social” a la medida, algunos colegas deberían ponerse sus más proletarios harapos, presentarse vociferantes ante el ministerio o ante la mismísima residencia presidencial, bloquear algunas avenidas y portar mantas que digan: “Tenemos hambre”, “Nuestros hijos no tienen qué comer”. Ah, y también podríamos quemar un monigote que represente a la “ruinosa competencia de la prensa extranjera”.
Ridículo, ¿verdad? No más ridículo que la retórica que por años nos ha tratado de convencer de que es justo, lógico y correcto que nos mantenga el gobierno.
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AIPERicardo Medina Macías, mexicano, es analista político.