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6 de Abril de 2001

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DRAGONES Y MAZMORRAS

Qué grande es Galdós

Por Julia Escobar

Acabo de recibir un correo electrónico, que reproduzco, con toda la frescura y espontaneidad del género, de una hermana en Galdós, que pertenece, como yo, a la Asociación de Amigos de Pérez Galdós, fundada hace más de diez años por don Pedro Ortiz Armengol, gran especialista y biógrafo del genial novelista.
“Querida Julia: Acabamos de regresar algunos miembros de la Asociación de Las Palmas del VII Congreso Internacional Galdosiano, en donde han participado especialistas de 15 países y de un nivel científico extraordinario. No sabes que decepción hemos sentido al poder comprobar el caso omiso (una columna por aquí otra por allá) en la prensa española. ¿Qué hacer? Ni siquiera parece importante periodísticamente el centenario del estreno de Electra. En fin, qué vamos a pedir si casi no se recuerdan el centenario del Maestro Rodrigo o de Clarín… El de Verdi sí, aunque haya sido por el fantasma de su casa. ¿Se puede enmendar esto? Un abrazo. Pilar”.

Confieso que esta misiva me llenó de vergüenza: tenía toda la razón. Ni siquiera yo, olvidando mis deberes con la Asociación, y con el periódico, he mencionado ninguna de ambas cosas. Tengo que añadir a mi descargo que el año pasado dediqué a Galdós tres series seguidas de mis “Lecturas de agosto”, pero tengo que admitir que olvidé, de la manera más vergonzosa, el aniversario de Electra y la celebración del VII Congreso en Las Palmas. Me culpa.

Por tanto, he puesto en danza a todos los dragones de mi mazmorra para desfacer este entuerto, sobre todo, cuando la semana pasada, un compañero de periódico descalificaba a nuestro genio inmortal, comparándolo con… ¡Balzac! De haber estado muerta, habría resucitado para contestarle. ¡Y yo que creía que la burda descalificación del genio de Galdós, procedente de un noventayochismo vergonzante, había quedado pulverizada por la multitud de pruebas en su contra! Pues, fíjense ustedes lo que me ha pasado: al buscar argumentos he caído en la cuenta de que es verdad que las comparaciones son odiosas. Odio tener que comparar entre sí a talentos tan convergentemente portentosos, de forma que he llegado a la conclusión de que en este caso, además de odiosa, la comparación resultaba ociosa. Y no digo más.

Y hablando de Electra ¿tengo que recordar que a su estreno en el Teatro Español, durante la noche del 30 de enero de 1901, asistieron todos? Y cuando digo todos, quiero decir Baroja, Azorín, Valle Inclán (de él viene lo de “garbancero” que yo creía felizmente olvidado), Maeztu. Y todos, encabezados por este último, se entusiasmaron e identificaron con el contenido liberal de la obra a la que convirtieron en el símbolo de los nuevos tiempos. Aunque al leerla ahora nos parezca imposible, en su momento provocó una verdadera revuelta anticlerical que dividió al país y que se comparó (este tipo de cosas sí pueden hacerse) con el estreno de Hernani en Francia, por sus repercusiones políticas y sociales. Ocurrió con esta obra, como con la Salambó de Flaubert o el Joven Werther de Goethe, que dejaron su sello en las costumbres de la época. Cito a la también galdosista Carmen Bravo Villasante: “Durante varios meses, el país vivió bajo el signo de Electra. Se vendían cigarrillos Electra, sombreros Electra, caramelos Electra y hasta el dueño de Lhardy escribió a Galdós pidiéndole permiso para bautizar un plato con el nombre de Electra. Alcalá Galiano escribía a su amigo llamándole Electrísimo Sr. El nuevo gobierno llamóse Gobierno Electra”.

En Madrid, esos mismos jóvenes que después le mirarían por encima del hombro publican una revista con el título de Electra y Galdós escribe el artículo inaugural, de 16 de mayo de 1901: “No me tengo por maestro de nadie, sino más bien por discípulo, poco aventajado ciertamente, de la realidad y de los hechos humanos”. ¡Poco aventajado! ¡Él, que ha dignificado y sublimado el realismo, abriendo perspectivas a la novela española todavía inexploradas! Pero sigamos: La recepción en el extranjero fue inmediata: se tradujo al alemán, al portugués y al holandés y en Estados Unidos se hizo una edición en español para uso de las universidades y escuelas de lengua española, con notas en inglés, aclarando puntos gramaticales y modismos. ¡Cálculese su influencia en la literatura mundial contemporánea! ¿Y el público español? Pues bien, al mes y medio de su estreno se habían vendido veinte mil ejemplares en toda España. ¿Cumple esto los requisitos del bestseller, querido Agustín ¿Sirve este artículo, querida Pilar, para perdonarme?

Termino este homenaje al indiscutible talento de este grandísimo creador, grande entre los grandes, reproduciendo un textículo, como dice Tournier, que pertenece a la serie que en su día publiqué en Revista de Occidente, con el título de La oración del lector, y que escribí pensando, sobre todo, en Fortunata y Jacinta:

«Mujeres bravas tuercen el gesto con el tacón. Viejas de manos asarmentadas llevan la sopa al niño chulo y refunfuñón. Ropa tendida en el balcón, donde residen la chica guapa y el usurero sin corazón. El calzonazos pide perdón a la tarasca, muy floreada y agasajada en el mantón. No nos olvides, bueno y bendito Pérez Galdós».
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