MEDICINA Y SALUD
¡Qué gran error cerebral!
Por Enrique Coperías
Un grupo de científicos estadounidenses ha descubierto en un grupo de monos las áreas cerebrales implicadas en el reconocimiento de los errores. Detectar a tiempo una metedura de pata puede ser una cuestión de éxito o fracaso, e incluso de vida o muerte. Imagínese la siguiente situación: está jugando un partido de fútbol y lleva la pelota. Tras una serie de regateos, se acerca velozmente a la portería contraria perseguido por tres contrarios. Justo cuando se dispone a encarar la portería, dos defensas le cierran el paso, pero a pesar de ello se dispone a chutar el balón. En cuestión de milésimas de segundo rectifica la acción: pasa el esférico a un compañero, mejor situado y con mayores posibilidades de meter gol, que avanza por la banda derecha. ¿Cómo ha sabido su cerebro que iba a cometer un posible error? ¿Dónde se ha procesado la información?
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Errar no sólo es humano. Los animales también se equivocan: una mala decisión o un error de cálculo puede hacer que caigan en las fauces de un depredador o que se escape la ración diaria de comida. Para que esto no ocurra o, al menos, suceda lo menos posible, la evolución ha dotado a los seres vivos de mecanismos para la detección de los fallos y su corrección. Obviamente, estos sistemas de alerta son más complejos a medida que ascendemos en la escala evolutiva, alcanzando su máxima expresión en la especie humana. Como asegura el psicólogo Jeffrey Schall, uno de los autores del descubrimiento, la conducta inteligente requiere un autocontrol basado en la consecuencia de las acciones.
Ahora bien, las bases neurológicas de los procesos cognitivos constituyen una de las piedras angulares de las modernas neurología y psicología cognitiva. Pues, como asegura el catedrático de neurología Gerarld D. Fischbach, de la Facultad de Medicina de Harvard, el cerebro resulta difícil de comprender porque, a diferencia de un ordenador, su construcción no obedece a propósitos específicos ni atiende a principios concretos de diseño. La selección natural, fuerza motriz de la evolución, es responsable. El cerebro humano nos plantea de inmediato su gran complejidad: de sus 100.000 millones de neuronas encerradas en un volumen no mayor que el que ocupa un racimo de uvas emergen los anhelos, los deseos, los estados de ánimo, la toma de decisiones, los recuerdos, las forma de aprendizaje subconsciente y otros atributos de la mente. A pesar de que desde hace una década los científicos cuentan con los medios para explorar lo que ocurre dentro de nuestras cabezas sin necesidad de levantar la tapa de los sesos, gracias a los avances en imágenes médicas, existen tremendas lagunas -léase océanos- en la comprensión de los principales procesos cognitivos. Es por ello por lo que muchos expertos se preguntan si la neurología podrá algún día explicar la conciencia.
En palabras de Francis Crick, profesor del Instituto Salk, en San Diego, la mejor manera de abordar el problema de la conciencia es, en mi opinión, concentrarse en el hallazgo de los correlatos neuronales de la conciencia, los procesos del cerebro responsables y directos de ésta. La localización cortical de las neuronas que guardan relación estrecha con los procesos cognitivos y el descubrimiento de sus conexiones con las neuronas de otras partes del cerebro podrían darnos ideas clave relativas al modo en que las experiencias subjetivas surgen de los procesos cerebrales. Éste es precisamente el que David Chalmers, de la Universidad de California en Santa Cruz, denomina el problema duro de la conciencia: cómo surge ésta de los procesos físicos de la masa pensante.
El psicólogo Jeffrey Schall y sus colegas de la Universidad Vanderbilt, en Nashville (Tennessee, EE.UU.), acaban de aportar un grano de arena en la resolución del puzzle cognitivo. Éstos han localizado el grupo específico de neuronas implicadas en la detección de acciones erróneas en monos. Sin duda alguna, el área cerebral donde aparecen integradas estas células nerviosas forma parte de un sistema mucho más amplio y complejo relacionado con la toma de decisiones, la corrección de errores y la anulación de respuestas habituales. La utilización de monos en el experimento ha permitido al grupo de Vanderbilt monitorizar y registrar la actividad cerebral con una precisión que sería imposible alcanzar en humanos. El profesor Schall piensa que el hallazgo, que acaba de aparecer publicado en la revista Nature, constituye no sólo un avance significativo para desentrañar los oscuros mecanismos del error, sino que esconde importantes implicaciones para el conocimiento de las enfermedades mentales y neurológicas. A tenor de lo observado en sus macacos, este investigador se replantea una de las cuestiones básicas del comportamiento humano: ¿hasta qué punto somos dueños de nuestro libre albedrío?
No cabe duda de que las meteduras de pata son un producto inevitable de nuestros mecanismos de razonamiento. Incluso, el ensayo y error son una de las piezas claves del aprendizaje. Desde hace poco, los científicos saben que la corteza frontal media, juega un papel destacado en la supervisión del control de las acciones. Esto es así al menos en humanos. En monos, se sabe que el campo ocular complementario, que está localizado en la corteza frontal dorsomedial, participa activamente en el movimiento de los ojos, aunque su función precisa estaba sin clarificar. Ahora ya no es ningún secreto.
Para resolver el misterio, Schall y sus colegas implantaron a un grupo de macacos un sistema de seguimiento ocular, para así registrar con precisión el movimiento de sus ojos, y los sentaron frente a unas pantallas de ordenador. El experimento comenzaba con la aparición de un punto en el centro de las pantallas. Cuando la mirada del mono se fijaba en la mancha circular, ésta desaparecía e inmediatamente surgía una nueva, pero esta vez en la periferia del monitor. Cada vez que giraba su mirada hacia el punto periférico, el animal era recompensado con un zumo. Tras una fase de entrenamiento, los investigadores alteraron ligeramente las reglas del juego: a veces, el punto blanco volvía a aparecer justo en el instante que el ojo del animal se disponía a mirar al extremo de la pantalla. Como era de esperar, el cerebro del primate reconocía el error y enmendaba la trayectoria del órgano visual, para centrarlo en el inesperado punto central.
Durante el tiempo que duró el ensayo, los científicos registraron la actividad eléctrica de las neuronas del campo visual complementario de los macacos. Al analizar los registros, Schall observó tres tipos diferentes de neuronas en esta área cerebral. Un primer grupo se activaba cuando el macaco tomaba la decisión correcta y recibía una recompensa; el segundo grupo neuronal reaccionaba siempre que el animal tomaba conciencia de su error; y un tercero, se ponía en acción cuando el cerebro recibía instrucciones conflictivas.
El trabajo del equipo de Schall ha sido recibido con los brazos abiertos por parte de la comunidad científica. Michael Posner, de la Universidad de Cornell, en Nueva York, lo ha calificado de excitante, ya que constituye un gran avance en el esclarecimiento de las bases biológicas del sistema de regulación cerebral, que podría encontrar interesantes aplicaciones en los trabajos de desarrollo infantil, entre otras áreas.
Son legión los neurólogos que sostienen que la multimillonaria cantidad de neuronas enclaustradas en los muros del hueso craneal , del mismo orden de magnitud de estrellas de la Vía Láctea, no basta por sí sola para dar cuenta de la complejidad del cerebro humano. Como ya anunció hace un siglo el profesor Santiago Ramón y Cajal, parte de la complejidad cerebral reside en la diversidad de neuronas que puebla nuestra masa pensante, una células que el padre de la moderna neurología describió como las misteriosas mariposas del alma, cuyo batir de las alas quién sabe si esclarecerán algún día el secreto de la vida mental.