Una de las noticias que más han llamado la atención en este mes de junio ha sido la discusión a golpes en la Duma o Parlamento, de la reforma sobre la propiedad de la tierra en Rusia. Lo curioso del caso es que la discusión no versaba sobre la privatización de la tierra agrícola, que representa el 98 por ciento del total y que queda para una discusión posterior, sino sobre el restante 2 por ciento de los inmuebles.
En el año 2.001, en la salvajemente capitalista Rusia, sigue estando prohibido comprar o vender tierra. Curioso este capitalismo, es tan salvaje que aplica a rajatabla uno de los puntos fundamentales del Manifiesto Comunista de Carlos Marx. Aunque ya se sabe que para atacar al capitalismo todo es lícito. Si se le culpa de la pobreza del mundo —quizás el mundo fuese extraordinariamente próspero antes de su advenimiento y quizás los países que no lo aplican nadan en la abundancia, en tanto que los que sí lo hacen están en la indigencia—, ¿por qué no culparle también de toda la herencia de violencia, corrupción, incapacidad para producir y destrucción moral que el comunismo ha dejado?
Que los diputados comunistas y los ultranacionalistas lleguen incluso a utilizar la violencia para impedir que la tierra sea privatizada es algo sobre lo que merece la penar reflexionar un poco. La primera lección de Economía es que los bienes son escasos en relación con los deseos que de ellos tienen los seres humanos. Ya se trate de los frutos silvestres y la caza en la Prehistoria, o de un buen inmueble, una playa o un banco de pesca hoy, no hay de todo para todos. Algunos han culpado al hombre y a su anhelo por mejorar su confort, de dicha realidad. Es celebre la frase de Gandhi: “Hay suficiente para satisfacer las necesidades de todos, pero no hay suficiente para satisfacer la codicia de todos”. Bonita necedad, aplicable quizás a título individual para evitar ser patológicamente desbordado por la natural ambición de mejora, pero absolutamente nociva si lo que se pretende es justificar un sistema político basado en la coacción ejercida por unos elegidos, para administrar la miseria perpetuada.
Respetando la realidad tal cual es, se plantea pues el problema económico. No me extenderé demasiado en explicar cómo se resuelve la cuestión en la selva. El primero que llega consume. Si llegan varios a la vez, consume el más fuerte. Conviene recordar que transformar los recursos para incrementar las posibilidades de consumo futuro significa renunciar tanto al presente como a otros posibles cursos de actuación. No tener garantizada la paz en el pleno dominio sobre los factores empleados en la producción implica vivir a merced de los piratas en un estado de permanente inseguridad en donde la creación de riqueza carece de sentido. Permitir el libre acceso común a los bienes escasos, por otro lado, quiere decir consumir sin producir, retirar sin reponer, en un fenómeno que acaba en lo que los economistas conocen como tragedia de los comunes.
Si la propiedad privada no es plural, sino exclusivamente gubernamental; si todos y cada uno de los ciudadanos no tienen reconocida la capacidad patrimonial, es decir el derecho a ir constituyendo, utilizando, trasmitiendo o ampliando un patrimonio personal; si sólo los gobernantes socialistas —aunque sean democráticamente elegidos— deciden qué se hace con todos y cada uno de los bienes y recursos, entonces es más preciso hablar de un sistema de apartheid bastante cercano al esclavismo. Uno de los principales miedos irracionales que el socialismo ha insertado en sus adeptos es el de la concentración de la riqueza en manos de unos pocos monopolistas. Evita Perón hablaba de las “cien familias”, aunque como decía Ludwig von Mises debería estar refiriéndose a la de los integrantes del Politburó.
Resulta chocante ver simultáneamente criticas a la distribución de la tierra en Brasil y elogios al régimen cubano y a la nacionalización de la tierras. Aunque la concentración de la tierra en Brasil no es un fenómeno que el mercado por si solo ha producido (el mercado distribuye más bien como en Suiza, Hong Kong o los Estados Unidos) y sería más exacto hablar de grandes concesiones gubernamentales en su origen, sí que conviene señalar algunos puntos destacables. En Brasil, aunque sólo el 1 por ciento de la población sea propietaria del 40 por ciento de la tierra, sigue siendo posible adquirirla y constituir un patrimonio. Incluso aunque no estuviesen dispuestos a vender, quedaría un 60 por ciento más, además de la nueva tierra que pudiese “crearse”. Incluso a la hora de emplearse en tierra ajena, un 1 por ciento sobre cien millones de brasileños quiere decir un millón de posibles empleadores donde elegir. En Cuba el 1 por diez millones de la población —Castro—, controla el ciento por ciento de los recursos naturales y humanos del país. Aunque sobre Los Sin Tierra de Cuba no verá usted reportajes. Son afortunados por vivir en un país tan socialmente avanzado y tan igualitario. Esto es lo que defendían los energúmenos parlamentarios.