Parece una epidemia. Hay, en las Monarquías europeas —no en España, por supuesto—, unos cuantos Príncipes que no quieren serlo. Lo cual constituye una grave contradicción y una incoherencia personal, porque tienen muy fácil resolver tal laberinto: bastaría con que renunciaran a los derechos dinásticos que ostentan. Y ya está.
En ese grupo habría que situar a herederos tan conflictivos como Guillermo de Holanda (llegó a decir que prefiere el amor al Trono) o Haakon Magnus de Noruega, hoy unido a una madre soltera. Y también tendríamos que incluir al tímido Guillermo de Inglaterra. El hijo de Carlos de Gales ya pidió hace un año a los medios informativos que le concedieran un tiempo de tregua, que le dejaran en paz y —en lo posible— no se ocuparan de él, cosa que, por cierto, la mayoría de las publicaciones británicas han cumplido. Ahora ha vuelto a sorprender a propios y extraños con su decisión de no adoptar por ahora el título de Alteza Real.
“Llamadme simplemente Guillermo”, ha manifestado al “Times”, a través de un portavoz. Su Alteza Real el Príncipe Guillermo Arturo Felipe Luis de Gales, que ha insistido en renunciar al título hasta cumplir los dieciocho años, igualmente ha pedido que no le titulen “Sir” y que no se hagan ante él las protocolarias reverencias.
El muchacho, que es el vivo retrato de su fallecida madre, Lady Di, ya ha dado antes señales de falta de aguante, sobre todo con el año sabático que se ha tomado, es decir, un año sin estudios y sin hacer nada. Un auténtico lujo de privilegiados, en fin. Tras el curso perdido, en septiembre recomenzará estudios, de Historia del Arte, en la Universidad de Saint Andrews (Escocia), una carrera que durará cuatro años.
Aquí, en España, a nuestro Felipe de Borbón le tocó empezar a ser llamado “Alteza Real” cuando sólo tenía doce años. Y nadie le dio a elegir, ni a él se le ocurrió renunciar. Y después no demandó años sabáticos ni nada parecido.