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OLA DE VIOLENCIA EN FRANCIA

Primeras escaramuzas en la guerra civil de Eurabia

Según la Oficina de Turismo de Evreux, el gran acontecimiento del primer fin de semana de noviembre iba a ser la fiesta anual de la manzana, la sidra y el queso, en la Place de la Mairie. En lugar de ello, en esta encantadoramente ardiente ciudad catedralicia de Normandía fueron destruidos un centro comercial, una oficina de correos, dos escuelas, hasta 50 vehículos y, oh sí, la comisaría de policía. Destruidos por, ¿cuál es la palabra?, “jóvenes”.

Según la Oficina de Turismo de Evreux, el gran acontecimiento del primer fin de semana de noviembre iba a ser la fiesta anual de la manzana, la sidra y el queso, en la Place de la Mairie. En lugar de ello, en esta encantadoramente ardiente ciudad catedralicia de Normandía fueron destruidos un centro comercial, una oficina de correos, dos escuelas, hasta 50 vehículos y, oh sí, la comisaría de policía. Destruidos por, ¿cuál es la palabra?, “jóvenes”.
Uno de los miles de coches que han quemado los vándalos en Francia.
El alcalde, Jean-Louis Debré, parecía contrariado por que un soupçon de carnage alterara la cata de quesos. "Cientos de personas han hecho pedazos todo y extendido la desolación", declaraba a los reporteros. "Bien, ellos no forman parte de nuestro universo".
 
Quizá no; pero, por desgracia, tu sí formas parte del suyo.
 
Debré, un amigacho del presidente Chirac, estaba algo molesto con las cifras. Se estimaba que había 200 "jóvenes" comportándose violentamente por todo Evreux. Con bates de béisbol. Hirieron, por ejemplo, a una docena de bomberos. "Quiero decir a los responsables de la violencia: ¡Sed serios!", declaraba Debré a la emisora France Info. "Si queréis vivir en una sociedad más justa y fraternal, así no es como vais a lograrlo".
 
Oh, vaya. ¿Quién no está "siendo serio" aquí? En Normandía, el queso no es lo único blando. Vale que la esclerótica y sobrerregulada economía francesa obstaculiza profundamente la movilidad social de los inmigrantes, pero ni siquiera Debris –ups, perdón [1]–, ni siquiera el Sr. Debré puede ser tan ajeno a la realidad como para pensar "en serio" que los alborotadores están alborotando por "una sociedad más justa y más fraternal". Quizá él sí. La clase política y los medios parecen servir como refuerzos mutuos de sus obsoletas alucinaciones. O, como titulaba el otro día el Washington Post: "La ira de los jóvenes franceses es una lucha por el reconocimiento".
 
En realidad, son muy fáciles de "reconocer"; sólo mira por la ventana: son los que están metiendo fuego a tu Renault 5. Apostaría a que los "jóvenes" "franceses" encuentran ese titular ridículo; tanto como, hace medio siglo, las tentativas de la "sociedad" por "comprenderles" que los Jets de West Side Story reprochaban al oficial Krupke: somos depravados porque vivimos privados. Quizá algún empresario teatral de París monte una producción de West Eid Story [2], con pandillas de musulmanes norteafricanos bailando por la Place de la Republique e incendiando por doquier.
 
La "ira" parece ser lo de menos; es la "alegría" y el “desprecio” lo que sorprenden. Y la "ira", en el sentido de cólera espontánea, es una caracterización cogida por los pelos de lo que, después de dos semanas, parece una campaña bastante inteligente y disciplinada.
 
Esta historia de la quema de coches, por ejemplo. En Irak, los "insurgentes" cogieron al vuelo lo de prender fuego a algún Nissan de segunda mano para que la humareda fuera grabada convenientemente desde el balcón del hotel de la prensa y llegara a tiempo a los programas Today de la NBC y Good morning, America. Durante un rato, cada vez que cambiabas de canal en EEUU había algún presentador agorero largando en directo frente al escenario de un Honda Civic en llamas; tan seguro en su familiaridad como esa emisora local de una parte u otra de Norteamérica (Thunder Bay, creo) que solía mostrar una chimenea como carta de ajuste durante toda la noche. Lo que el crítico australiano Tim Blair llama la "barbacoa nocturna de coches en París" queda genial en televisión, pero sin ser lo bastante criminal como para forzar al Estado a reducir la insurgencia por la fuerza.
 
Jacques Chirac.De hecho, es una táctica casi perfecta si tu objetivo es tener a todo el establishment francés inquieto hasta que le hayas sacado tantas concesiones políticas como puedas. Míralo de esta forma: pasado todo este tiempo, ¿qué prestigio ha quedado más realzado? ¿El de los alborotadores? ¿El del alcalde Debré? ¿El del presidente Chirac? ¿El del primer ministro Villepin? El Estado francés ha sido puesto a prueba, y sólo ha transmitido debilidad.
 
En cuanto a los "jóvenes" "franceses", un lector de Antibes me advierte contra la caracterización de los desafectos como "islamistas". "Mire las fotografías de los jóvenes –me aconseja–. Parecen gangstas de Los Ángeles, no profetas de medio pelo con turbante".
 
Dejando a un lado que lo que me llega de las calles es poco más que unos gritos de "Alá Akbar!", mi corresponsal está en lo cierto. Pero ésa es la idea. El primer país en abrazar formalmente el "multiculturalismo" –hasta el punto de concederle un puesto de Gabinete– fue Canadá, en donde se vendió como una forma benigna de polinización cultural cruzada: lo mejor de todos los mundos. Pero en la práctica totalidad de las ocasiones nos da lo peor de todos los mundos. Hace más de tres años escribía, acerca de la "tournante", o "coge la vez" (la violación en grupo, que se está convirtiendo en el rito de iniciación a la adolescencia en los barrios musulmanes de las ciudades francesas), y de fenómenos similares registrados por todo Occidente:
 
"Multiculturalismo significa que los peores atributos de la cultura musulmana, la subyugación de las mujeres, se combinan con los peores atributos de la cultura occidental, la licencia y la autosatisfacción. Las pandillas de cabezas rapadas paquistaníes tatuados y con piercings armando follón por las calles de las zonas del norte de Inglaterra son tan producto del multiculturalismo como el sij con turbante de la escolta virreinal".
 
El propio islamofascismo es lo que dice: una fusión de la identidad islámica con la vieja escuela del totalitarismo europeo. Ya sea con turbantes o con cadenas gangsta, el islam es hoy, igual que el comunismo en su momento, la ideología preferida de los descontentos del mundo.
 
Algunos creemos que estamos ante las primeras escaramuzas de la guerra civil en Eurabia. Si los insurgentes salen reforzados, ¿qué queda? En cinco años habrá aún más, y aún menos resolución por parte del Estado francés. Es probable que eso, a su vez, acelere el declive demográfico. Europa podría afrontar una versión del fenómeno "white flight" observado en las ciudades americanas corroídas por el crimen durante los años 70, mientras daneses y holandeses huyen despavoridos a América, Australia o cualquier parte que los acoja.
 
En cuanto a dónde cae Gran Bretaña en este difícil panorama, hace unos meses observé que los lectores del Telegraph habían comenzado a cerrar sus melancólicas misivas destinadas a mí con las palabras: "Afortunadamente, no viviré para verlo". Esta despedida es tan habitual ahora en mi buzón que asumí que era la versión británica del "que tenga un buen día". Pero ése es un consuelo falso. Como Francia nos recuerda esta última quincena, los cambios en Europa están teniendo lugar mucho más rápido de lo que pensaba la mayoría de la gente. Ése es el problema: a menos que planees palmarla inminentemente, vivirás para verlo.
 
 
© Mark Steyn, 2005.
 
Este artículo fue publicado en el Daily Telegraph el pasado día 8.
[1] Juego de palabras entre "debris" (escombro) y Debré, el apellido del alcalde.
[2] Juego de palabras mediante la sustitución de "Side" por "Eid", el último día del Ramadán.
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